| La
historia de las religiones está íntimamente
relacionada con la historia de la humanidad de tal manera
que, probablemente, no se pueda entender esta última
sin la primera. Lo que nos cuenta en este magnífico
ensayo Stefan Zweig es una parte de la historia de la
Reforma protestante, el ascenso al poder de Calvino
en la ciudad de Ginebra y de cómo fue imponiendo
sus tesis teológicas de manera autoritaria hasta
acercarse a las prácticas de la Iglesia Católica
frente las que se rebeló Lutero. En el camino
sólo encontró un obstáculo, un
humanista, un intelectual que rompió el silencio
entre los suyos para acusar a Calvino de ejercer un
dogmatismo impuesto por la fuerza.
Zweig se convierte en un cronista apasionado
de la lucha entre dos hombres que trascendía
del mero enfrentamiento personal para, como recuerda
el subtítulo del ensayo “conciencia contra
violencia”, reflejar la lucha por una visión
de la religión que modificaría el mundo.
En un prodigioso prólogo, Zweig
es capaz de resumir hábilmente el contenido de
su tratado, introduciéndonos los principales
actores de esta historia, las ideas enfrentadas en sus
posturas y las consecuencias que derivarían del
triunfo de cada una de ellas. Y todo esto lo hace de
un modo seductor, apuntando un estilo narrativo capaz
de interesar al lector menos motivado para adentrarse
en una polémica de hace cinco siglos.
Ese estilo perdura durante todo el
ensayo y va impregnando toda la narración, que
adopta así la forma de historia novelada. Una
historia en la que entra en juego Miguel Servet, cuyo
asesinato es el detonante de la polémica entre
ambos eruditos. Servet es un aragonés que primero
huye de la inquisición Española y después
provoca varios revuelos en la Europa protestante con
sus teorías teológicas. La historia de
Servet, no menos apasionante que el duelo entre los
protagonistas, es narrada con detalle por Zweig, añadiendo
un nuevo punto de interés en este ensayo: la
figura de un hombre impulsivo, quijotesco y sorprendente,
que se convirtió en la primera victima del protestantismo
más dictatorial.
Resulta emocionante observar como la
figura del humilde Castellio, del hombre débil
pero pertrechado de conciencia y un valor inaudito,
se alza para escupir al poderoso, para mostrarle sus
errores, su hipocresía, su deriva hacia al fanatismo
inquisitorial del que supuestamente huía la nueva
iglesia, para espetarle que “matar a un hombre
no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”.
La reacción es feroz y condicionaría la
vida de este sabio que tuvo que pasar el resto de sus
días con estrecheces y sufriendo el cerco de
su poderoso enemigo. Su contribución a la libertad
en mayúsculas es propia de alguien que bien merecería
el título de “héroe”, pero
al que sin embargo, como se queja amargamente Zweig,
la historia ha hurtado ese reconocimiento, aunque la
figura de Castellio ha ido acrecentándose a lo
largo de los siglos.
Es cierto que Zewig no se muestra imparcial,
no ejerce de historiador con pretensiones de objetividad,
y su desprecio por la figura de Calvino es evidente
y palpable en cada uno de los calificativos que le atribuye.
Pero en su mirada pesa más la visión del
hombre del siglo XX, de quien ha vivido en primera persona
el horror de la guerra y el auge del totalitarismo más
despiadado, que el de alguien marcado por una opción
ideológica o religiosa determinada. Pero sobre
todo es loable actitud de intelectual comprometido en
transmitir al lector de manera atractiva acontecimientos
históricos relevantes con los que comprender
un poco mejor el mundo en el que vivimos. No en vano
Zweig fue un escritor tremendamente popular en su época,
y leyendo libros como este, no cabe más que pensar
en la justicia de este reconocimiento.
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