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ELEGÍA
Philip Roth (Editorial Mondadori, 2006)

De qué extrañas maneras percibimos los humanos la muerte. Dicen los ‘expertos’ que los animales sí entienden que morir es algo natural; por eso era tan fácil cazar bisontes, no huían, no se asustaban cuando un compañero se desplomaba falto de vida. Los humanos, sin embargo, percibimos la muerte como una injusticia, aunque este concepto sea inaplicable al caso, dado que se trata de un hecho necesario y universal y no exclusivamente humano ni dependiente de una decisión -pero en algunos casos sí-. Así pues, quizá lo que percibimos como injusticia no sea el hecho de morir, sino la inanidad de la vida vivida. Esta es una de las tenebrosas reflexiones que despliega Philip Roth en Elegía, sucinta novela de consumación -por oposición a la Bildungsroman mucho más común-.

No falta el pensamiento narrativo en la obra del gran escritor de Newark, pero en Elegía ocupa la práctica totalidad del relato. De hecho, ha sacrificado algunas de sus mejores virtudes -como la tensión y el pulso narrativo- en beneficio de una fría y profunda reflexión en torno a una muerte, que es la de cualquiera -el título en inglés, Everyman, hace referencia a esto- y que poco a poco se va asumiendo como hecho orgánico y poco más. Ello arroja un resultado, si bien magnífico, no tan poderoso como pueden ser sus obras mayores -como Pastoral americana, La mancha humana, La contravida o la asombrosa Operación Shylock- y que parece una obra ‘de paso’, un relato catártico que purgue los fantasmas y angustias provocados por la despedida de algunos amigos -el sepelio con que arranca la novela está inspirado en el de su amigo y maestro Saul Bellow-, pero no destinada a ocupar un lugar relevante en el corpus del autor.

El protagonista es un anciano cuyo relato se va enhebrando en el hilo central de los momentos ‘mortales’ de su vida, aquellos en los que la muerte le rondaba: el hallazgo de ahogados en la playa, enfermedades propias o ajenas, fallecimientos próximos. Como advierte el autor, es una historia clínica, algo comprobable en el tono aséptico o el campo semántico más empleado, el médico. La vida, en la ancianidad, deja de ser historia viva para ser una historia clínica y una historia vivida, y esto es lo que hay en Elegía, recuerdos y enfermedad, y reflexión en torno a esto, cuántas veces ha estado próximo el acabamiento, y especialmente, qué inane es la existencia, qué elecciones tan equivocadas ha realizado en su vida. El hombre es, realmente, un ser-para-la-muerte, pero en ese ‘todavía no’ podemos intentar algo, quizá no hollar el mundo, más bien dejar que nos huelle a nosotros y que lo haga bien y profundo.

Así pues, desde el óbito del protagonista el narrador los pasa la película de su vida, componiendo una novela de consumación que cuenta cómo se va asumiendo que “la vejez ni es una batalla, es una masacre” y que, al final, uno se puede sentir “libre de seguir siendo”. Mediante una shakesperiana escena -un enterrador le explica el proceso de inhumación, probablemente la mejor de la novela, la más intensa y poéticamente evocadora- el espíritu queda limpio y libre, despojado de miedo, asumiendo que la muerte es una circunstancia orgánica. Algo que un autor tan materialista -en el mejor de los sentidos, y nada simple además- como Roth no podía dejar de concluir. Bien parece que Elegía sea un fin de trayecto, el desenlace natural de una parte del pensamiento que el autor ha desarrollado a lo largo de toda su obra, su concepción eminentemente física del ser humano y que se ha expresado en su alabado erotismo. La muerte es sólo otra faceta, tan real y humana, del mismo concepto.