| De
qué extrañas maneras percibimos los humanos
la muerte. Dicen los ‘expertos’ que los
animales sí entienden que morir es algo natural;
por eso era tan fácil cazar bisontes, no huían,
no se asustaban cuando un compañero se desplomaba
falto de vida. Los humanos, sin embargo, percibimos
la muerte como una injusticia, aunque este concepto
sea inaplicable al caso, dado que se trata de un hecho
necesario y universal y no exclusivamente humano ni
dependiente de una decisión -pero en algunos
casos sí-. Así pues, quizá lo que
percibimos como injusticia no sea el hecho de morir,
sino la inanidad de la vida vivida. Esta es una de las
tenebrosas reflexiones que despliega Philip Roth en
Elegía, sucinta novela de consumación
-por oposición a la Bildungsroman mucho más
común-.
No falta el pensamiento narrativo en
la obra del gran escritor de Newark, pero en Elegía
ocupa la práctica totalidad del relato. De hecho,
ha sacrificado algunas de sus mejores virtudes -como
la tensión y el pulso narrativo- en beneficio
de una fría y profunda reflexión en torno
a una muerte, que es la de cualquiera -el título
en inglés, Everyman, hace referencia a esto-
y que poco a poco se va asumiendo como hecho orgánico
y poco más. Ello arroja un resultado, si bien
magnífico, no tan poderoso como pueden ser sus
obras mayores -como Pastoral americana, La mancha humana,
La contravida o la asombrosa Operación Shylock-
y que parece una obra ‘de paso’, un relato
catártico que purgue los fantasmas y angustias
provocados por la despedida de algunos amigos -el sepelio
con que arranca la novela está inspirado en el
de su amigo y maestro Saul Bellow-, pero no destinada
a ocupar un lugar relevante en el corpus del autor.
El protagonista es un anciano cuyo
relato se va enhebrando en el hilo central de los momentos
‘mortales’ de su vida, aquellos en los que
la muerte le rondaba: el hallazgo de ahogados en la
playa, enfermedades propias o ajenas, fallecimientos
próximos. Como advierte el autor, es una historia
clínica, algo comprobable en el tono aséptico
o el campo semántico más empleado, el
médico. La vida, en la ancianidad, deja de ser
historia viva para ser una historia clínica y
una historia vivida, y esto es lo que hay en Elegía,
recuerdos y enfermedad, y reflexión en torno
a esto, cuántas veces ha estado próximo
el acabamiento, y especialmente, qué inane es
la existencia, qué elecciones tan equivocadas
ha realizado en su vida. El hombre es, realmente, un
ser-para-la-muerte, pero en ese ‘todavía
no’ podemos intentar algo, quizá no hollar
el mundo, más bien dejar que nos huelle a nosotros
y que lo haga bien y profundo.
Así pues, desde el óbito
del protagonista el narrador los pasa la película
de su vida, componiendo una novela de consumación
que cuenta cómo se va asumiendo que “la
vejez ni es una batalla, es una masacre” y que,
al final, uno se puede sentir “libre de seguir
siendo”. Mediante una shakesperiana escena -un
enterrador le explica el proceso de inhumación,
probablemente la mejor de la novela, la más intensa
y poéticamente evocadora- el espíritu
queda limpio y libre, despojado de miedo, asumiendo
que la muerte es una circunstancia orgánica.
Algo que un autor tan materialista -en el mejor de los
sentidos, y nada simple además- como Roth no
podía dejar de concluir. Bien parece que Elegía
sea un fin de trayecto, el desenlace natural de una
parte del pensamiento que el autor ha desarrollado a
lo largo de toda su obra, su concepción eminentemente
física del ser humano y que se ha expresado en
su alabado erotismo. La muerte es sólo otra faceta,
tan real y humana, del mismo concepto. |

|