| Un
outsider literario puede serlo por su incorrección
política o por su auténtico carácter
de solitario de las letras, inasimilable por las corrientes
vigentes en su época. El primero va a tener éxito,
aunque su único valor sea el apuntado. El segundo
lo tendrá difícil aunque sus virtudes
sean grandes, pero es probable que a la larga perdure
y termine por hacerse un hueco fijo en la constelación
artística. Tal es el caso de Manuel Mújica
Láinez.
Realmente Mújica Láinez
lo tuvo difícil, pues pertenece a una generación
de escritores argentinos mayúsculos: Borges,
Cortázar, Bioy Casares, Sábato o Arlt;
y sin embargo, apenas puede ser relacionado con ellos
porque ni se sintió seducido por las vanguardias
ni por las tendencias de la crítica social. Por
ser fiel a sí mismo, Manucho caminó junto
a, pero no entre, los grandes escritores de su generación;
manejó temas alternativos y un estilo inhabitual,
pero no por ello su obra desmerece sino que, al contrario,
se ve potenciada por su especificidad. Descendiente
de Juan de Garay, fundador de la ciudad de Buenos Aires,
pertenecía a la decadente aristocracia bonaerense
cuya caída narró y, llegando más
lejos, le llevó a reflexionar a través
de su obra sobre el tiempo y la permanencia en él
de caracteres y estirpes. Confesó que escribía
para huir del tiempo que, al menos dentro de los muros
de su narrativa, consiguió dominar y moldear.
La memoria sanguínea, los recuerdos
de una estirpe y la propia permanencia del alma en el
mundo en virtud del proceso infinito de la reencarnación:
así se sobrevive al tiempo. En ésta, como
en otras de sus novelas, aparecen personajes ancestrales
como el conde de Saint-Germain o Juan Espera-en-Dios,
el Judío Errante, que representa el tipo de alma
inmortal y vagabunda que el propio Manucho encarnó.
En su obra literaria se plasma una realidad total que
abarca lo tangible y lo intangible. Lo imaginado cobra
una existencia real en una cuarta dimensión temporal
en la que existen seres que, para nuestra limitada percepción,
aún no habrían sido creados; así,
cuando el Escarabajo recala en la isla de Avalón
junto a Roldán, se encuentra con caballeros legendarios
que aún no habían sido creados por las
plumas de sus escritores. Manucho tuvo una visión,
cuando visitó las ruinas del jardín de
Bomarzo, el Bosque de los Monstruos; allí sintió
que su alma era inmortal y tenía una existencia
previa al nacimiento. Su mundo, pues, se tiñe
de espiritualidad, sea cual sea, cristiana o pagana,
mítica. De ello hablan sus novelas: del tiempo,
de la inmortalidad y del destino.
El Escarabajo nace marcado por un destino
mágico. En la corte de Ramsés y Nefertari
un niño-mago dota a la benigna joya del halito
de la vida y, con ello, de un destino errático.
Marcado igualmente por el amor a la reina de Egipto,
su existencia será la búsqueda de la espiritualidad
allí donde esta se encuentre. Recorrerá
así la historia de la humanidad durante tres
mil años: la Atenas de Aristófanes y la
Roma de César (cuya sangre le hará sentir
la trascendencia de la muerte humana); el Éfeso
de Teodosio, el Aquisgrán de Carlomagno y el
Roncesvalles de Roldán; la mítica isla
de Avalón, donde vive entre hadas y conoce a
Orlando, a Arturo; la Venecia de los Polo, Florencia
y Roma junto a Miguel Ángel; Santillana del Mar
y Madrid en los años de gloria de los Habsburgo;
Nápoles con los oscurantistas Saint-Germain,
Cagliostro y Casanova; Buenos Aires, donde perece una
etapa de la historia y otra se abre camino; el París
de la Bohemia, con Sarah Bernhardt y un fugaz Marcel
Proust; el lujo hortera de los nuevos ricos; el fondo
del Egeo y las turísticas islas griegas; y por
fin llega a las manos de un escritor argentino, con
quien establece un curioso vínculo.
Durante este viaje espacio temporal
el Escarabajo conocerá, de primera mano –nunca
mejor dicho- las pasiones que animan al ser humano.
Los personajes de Mújica Láinez suelen
pertenecer a aristocracias decadentes, aunque también
trata a pícaros y granujas, vistos generalmente
con compasión, si bien no deja de criticar o
ridiculizar a quien lo merece. Estos personajes son
definidos por sus acciones y emociones, que el autor
percibe y expone con grandes perspicacia y sutileza;
el amor –esta es una novela de amor, de amor sublimado
y eterno- del Escarabajo por Nefertari, la envidia entre
Mrs. Brompton y Mrs. Vanbrck, el poder que ambiciona
Quadrato, la codicia incontenible de los muchos personajes
que le roban, el placer que persigue Febo di Poggio…
En El escarabajo encontramos la comedia humana al completo,
no hay pasión sin reflejar, desde las más
puras de un Mr. William Low hasta las más abyectas
que, no obstante, siempre se muestran desde las motivaciones
y circunstancias que las provocan.
Manucho tiene bien aprendida la lección
de Aristóteles: la ficción debe enseñar
deleitando; para ello mezcla géneros con consumada
habilidad, historia, ficción, fantasía
y ensayo, porque ensayísticas son las numerosas
observaciones críticas de que su obra está
plagada. Su profunda cultura, el amor por el arte de
los clásicos, se acompañan de un estilo
arcaizante, barroco y exquisito necesario por la temática
que acomete y los personajes que intervienen. Pocos
escritores de nuestra época exhiben un conocimiento
tan amplio y detallista del lenguaje, pocos se atreven
a emplear una sintaxis tan compleja y rica. Al principio,
sus tremendos párrafos pueden desanimar pero,
conforme el lector penetra en el universo que con tanto
mimo y pasión teje Manucho, queda atrapado sin
remisión. El narrador, en este caso un escarabajo
de lapislázuli –son habituales los narradores
exóticos, una joya, un muerto o un hada-, nos
embruja con su tono melancólico y risueño
y nos arranca una sonrisa con su ironía elegante.
El universo al que nos invita es ancho
y mágico, porque “el hambre por lo sobrenatural”
nos salva del olvido y de la “podredumbre destructora
que produce la monotonía de la vida sin horizonte
y sin aventura”; por eso Manucho se aplicó
en reconstruir los paraísos verdaderos, los paraísos
perdidos donde habita el alma inmortal de la belleza.
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