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EL ESCARABAJO
Manuel Mújica Láinez (Editorial Belacqua, Barcelona, 2006)

Un outsider literario puede serlo por su incorrección política o por su auténtico carácter de solitario de las letras, inasimilable por las corrientes vigentes en su época. El primero va a tener éxito, aunque su único valor sea el apuntado. El segundo lo tendrá difícil aunque sus virtudes sean grandes, pero es probable que a la larga perdure y termine por hacerse un hueco fijo en la constelación artística. Tal es el caso de Manuel Mújica Láinez.

Realmente Mújica Láinez lo tuvo difícil, pues pertenece a una generación de escritores argentinos mayúsculos: Borges, Cortázar, Bioy Casares, Sábato o Arlt; y sin embargo, apenas puede ser relacionado con ellos porque ni se sintió seducido por las vanguardias ni por las tendencias de la crítica social. Por ser fiel a sí mismo, Manucho caminó junto a, pero no entre, los grandes escritores de su generación; manejó temas alternativos y un estilo inhabitual, pero no por ello su obra desmerece sino que, al contrario, se ve potenciada por su especificidad. Descendiente de Juan de Garay, fundador de la ciudad de Buenos Aires, pertenecía a la decadente aristocracia bonaerense cuya caída narró y, llegando más lejos, le llevó a reflexionar a través de su obra sobre el tiempo y la permanencia en él de caracteres y estirpes. Confesó que escribía para huir del tiempo que, al menos dentro de los muros de su narrativa, consiguió dominar y moldear.

La memoria sanguínea, los recuerdos de una estirpe y la propia permanencia del alma en el mundo en virtud del proceso infinito de la reencarnación: así se sobrevive al tiempo. En ésta, como en otras de sus novelas, aparecen personajes ancestrales como el conde de Saint-Germain o Juan Espera-en-Dios, el Judío Errante, que representa el tipo de alma inmortal y vagabunda que el propio Manucho encarnó. En su obra literaria se plasma una realidad total que abarca lo tangible y lo intangible. Lo imaginado cobra una existencia real en una cuarta dimensión temporal en la que existen seres que, para nuestra limitada percepción, aún no habrían sido creados; así, cuando el Escarabajo recala en la isla de Avalón junto a Roldán, se encuentra con caballeros legendarios que aún no habían sido creados por las plumas de sus escritores. Manucho tuvo una visión, cuando visitó las ruinas del jardín de Bomarzo, el Bosque de los Monstruos; allí sintió que su alma era inmortal y tenía una existencia previa al nacimiento. Su mundo, pues, se tiñe de espiritualidad, sea cual sea, cristiana o pagana, mítica. De ello hablan sus novelas: del tiempo, de la inmortalidad y del destino.

El Escarabajo nace marcado por un destino mágico. En la corte de Ramsés y Nefertari un niño-mago dota a la benigna joya del halito de la vida y, con ello, de un destino errático. Marcado igualmente por el amor a la reina de Egipto, su existencia será la búsqueda de la espiritualidad allí donde esta se encuentre. Recorrerá así la historia de la humanidad durante tres mil años: la Atenas de Aristófanes y la Roma de César (cuya sangre le hará sentir la trascendencia de la muerte humana); el Éfeso de Teodosio, el Aquisgrán de Carlomagno y el Roncesvalles de Roldán; la mítica isla de Avalón, donde vive entre hadas y conoce a Orlando, a Arturo; la Venecia de los Polo, Florencia y Roma junto a Miguel Ángel; Santillana del Mar y Madrid en los años de gloria de los Habsburgo; Nápoles con los oscurantistas Saint-Germain, Cagliostro y Casanova; Buenos Aires, donde perece una etapa de la historia y otra se abre camino; el París de la Bohemia, con Sarah Bernhardt y un fugaz Marcel Proust; el lujo hortera de los nuevos ricos; el fondo del Egeo y las turísticas islas griegas; y por fin llega a las manos de un escritor argentino, con quien establece un curioso vínculo.

Durante este viaje espacio temporal el Escarabajo conocerá, de primera mano –nunca mejor dicho- las pasiones que animan al ser humano. Los personajes de Mújica Láinez suelen pertenecer a aristocracias decadentes, aunque también trata a pícaros y granujas, vistos generalmente con compasión, si bien no deja de criticar o ridiculizar a quien lo merece. Estos personajes son definidos por sus acciones y emociones, que el autor percibe y expone con grandes perspicacia y sutileza; el amor –esta es una novela de amor, de amor sublimado y eterno- del Escarabajo por Nefertari, la envidia entre Mrs. Brompton y Mrs. Vanbrck, el poder que ambiciona Quadrato, la codicia incontenible de los muchos personajes que le roban, el placer que persigue Febo di Poggio… En El escarabajo encontramos la comedia humana al completo, no hay pasión sin reflejar, desde las más puras de un Mr. William Low hasta las más abyectas que, no obstante, siempre se muestran desde las motivaciones y circunstancias que las provocan.

Manucho tiene bien aprendida la lección de Aristóteles: la ficción debe enseñar deleitando; para ello mezcla géneros con consumada habilidad, historia, ficción, fantasía y ensayo, porque ensayísticas son las numerosas observaciones críticas de que su obra está plagada. Su profunda cultura, el amor por el arte de los clásicos, se acompañan de un estilo arcaizante, barroco y exquisito necesario por la temática que acomete y los personajes que intervienen. Pocos escritores de nuestra época exhiben un conocimiento tan amplio y detallista del lenguaje, pocos se atreven a emplear una sintaxis tan compleja y rica. Al principio, sus tremendos párrafos pueden desanimar pero, conforme el lector penetra en el universo que con tanto mimo y pasión teje Manucho, queda atrapado sin remisión. El narrador, en este caso un escarabajo de lapislázuli –son habituales los narradores exóticos, una joya, un muerto o un hada-, nos embruja con su tono melancólico y risueño y nos arranca una sonrisa con su ironía elegante.

El universo al que nos invita es ancho y mágico, porque “el hambre por lo sobrenatural” nos salva del olvido y de la “podredumbre destructora que produce la monotonía de la vida sin horizonte y sin aventura”; por eso Manucho se aplicó en reconstruir los paraísos verdaderos, los paraísos perdidos donde habita el alma inmortal de la belleza.