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un consenso ridículo entre los impostores intelectuales
acerca del humor en la literatura. Ésta debe
ser desgarrada, desesperanzada, nunca ceder ante el
natural impulso de los buenos sentimientos o deseos,
y por supuesto evitar a toda costa la risa, que es una
forma de expresión baja y vulgar, propia de la
plebe intelectual pero no de la aristocracia. A lo más,
se permite la sonrisa sardónica que puede provocar
la burla descarnada o la humillación del oponente.
Afortunadamente, no todos los escritores siguen los
dictados de los impostores, y menos lectores aún.
El humor es una faceta de la inteligencia, y la risa
natural, franca, un indicativo de cordura. Si bien es
cierto que el verdadero humor inteligente es escaso,
ello lo hace más apreciable y apreciado, y distingue
a quienes saben valorarlo de los legos, igual que es
fácil distinguir al enólogo del borrachín
de tetra-brik.
Así pues, el recurso a la carcajada
no desdora una novela, ni siquiera cuando la intención
que motivó al autor fue casi exclusivamente la
de hacer reír. Antes bien la enriquece; si Fernández
Flórez se hubiera limitado a componer una fábula
moral sobre el maquinismo y la deshumanización
de la sociedad contemporánea, quizá hubiera
resultado una novela fría, del gusto de los impostores,
pero incapaz de provocar el placer de la buena literatura.
El hombre que compró un automóvil fue
enriquecida con un humor absurdo, muy próximo
al de Tiempos modernos de Chaplin, y no sólo
temáticamente. La primera escena de la novela
es un buen botón: en un océano de automóviles,
el protagonista a duras penas consigue alcanzar una
isleta, donde encuentra a otro náufrago que,
como él, intuye que muy difícilmente podrá
escapar del aislamiento. Los robinsones llegan a considerar
la antropofagia como única esperanza de supervivencia,
y es que los semáforos estaban por inventar.
No voy a extenderme aquí, como
en otras ocasiones, en un estudio pormenorizado de la
obra, dado que una de las ventajas de que haya sido
considerada una obra juvenil es que ha podido publicarse
en la colección Tus Libros, uno de los grandes
hallazgos de la edición para jóvenes.
Una colección que enseña a leer y a disfrutar
de la lectura, que incluye un estudio de la obra, generalmente
bien hecho (como es el caso), y notas y aclaraciones
que ayudan a progresar a los menos avezados. Los lectores
de Cuanto y porque tanto no lo necesitarán, pero
nunca estará de más cuando prestemos el
libro al sobrinillo y, seamos sinceros, muchas veces
las indicaciones del editor son bienvenidas. Todas las
obsesiones del autor, la simbología de la novela
y los contextos genéticos aparecen en el estudio
final, por lo que huelga repetirlo aquí.
Por ello, quiero hacer un elogio de
la carcajada, sin más. Una carcajada que fluirá
en diversos momentos de la lectura, de manera incontenible.
No sintamos vergüenza, en el metro o el autobús,
o en el banco del parque, cuando Fernández Flórez
nos provoque un acceso de estrepitosa felicidad porque
la combinación de dos placeres básicos
en una persona inteligente y cuerda, reír y leer,
no se da muchas veces. McEwan dice algo parecido de
follar y leer en Amor perdurable, pero reír podemos
hacerlo en cualquier parte, y sin más ayuda que
el libro que tenemos en las manos.
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