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EL HOMBRE QUE COMPRÓ UN AUTOMÓVIL
Wenceslao Fernández Flórez (Editorial Anaya)

Hay un consenso ridículo entre los impostores intelectuales acerca del humor en la literatura. Ésta debe ser desgarrada, desesperanzada, nunca ceder ante el natural impulso de los buenos sentimientos o deseos, y por supuesto evitar a toda costa la risa, que es una forma de expresión baja y vulgar, propia de la plebe intelectual pero no de la aristocracia. A lo más, se permite la sonrisa sardónica que puede provocar la burla descarnada o la humillación del oponente. Afortunadamente, no todos los escritores siguen los dictados de los impostores, y menos lectores aún. El humor es una faceta de la inteligencia, y la risa natural, franca, un indicativo de cordura. Si bien es cierto que el verdadero humor inteligente es escaso, ello lo hace más apreciable y apreciado, y distingue a quienes saben valorarlo de los legos, igual que es fácil distinguir al enólogo del borrachín de tetra-brik.

Así pues, el recurso a la carcajada no desdora una novela, ni siquiera cuando la intención que motivó al autor fue casi exclusivamente la de hacer reír. Antes bien la enriquece; si Fernández Flórez se hubiera limitado a componer una fábula moral sobre el maquinismo y la deshumanización de la sociedad contemporánea, quizá hubiera resultado una novela fría, del gusto de los impostores, pero incapaz de provocar el placer de la buena literatura. El hombre que compró un automóvil fue enriquecida con un humor absurdo, muy próximo al de Tiempos modernos de Chaplin, y no sólo temáticamente. La primera escena de la novela es un buen botón: en un océano de automóviles, el protagonista a duras penas consigue alcanzar una isleta, donde encuentra a otro náufrago que, como él, intuye que muy difícilmente podrá escapar del aislamiento. Los robinsones llegan a considerar la antropofagia como única esperanza de supervivencia, y es que los semáforos estaban por inventar.

No voy a extenderme aquí, como en otras ocasiones, en un estudio pormenorizado de la obra, dado que una de las ventajas de que haya sido considerada una obra juvenil es que ha podido publicarse en la colección Tus Libros, uno de los grandes hallazgos de la edición para jóvenes. Una colección que enseña a leer y a disfrutar de la lectura, que incluye un estudio de la obra, generalmente bien hecho (como es el caso), y notas y aclaraciones que ayudan a progresar a los menos avezados. Los lectores de Cuanto y porque tanto no lo necesitarán, pero nunca estará de más cuando prestemos el libro al sobrinillo y, seamos sinceros, muchas veces las indicaciones del editor son bienvenidas. Todas las obsesiones del autor, la simbología de la novela y los contextos genéticos aparecen en el estudio final, por lo que huelga repetirlo aquí.

Por ello, quiero hacer un elogio de la carcajada, sin más. Una carcajada que fluirá en diversos momentos de la lectura, de manera incontenible. No sintamos vergüenza, en el metro o el autobús, o en el banco del parque, cuando Fernández Flórez nos provoque un acceso de estrepitosa felicidad porque la combinación de dos placeres básicos en una persona inteligente y cuerda, reír y leer, no se da muchas veces. McEwan dice algo parecido de follar y leer en Amor perdurable, pero reír podemos hacerlo en cualquier parte, y sin más ayuda que el libro que tenemos en las manos.