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LA AMANTE PROHIBIDA
Massimiliano Palmese (Lengua de Trapo)

No conozco las islas griegas, aunque he leído varias cosas sobre ellas y hasta visionado alguna película. Especialmente narraciones antiguas, mitos de los llamados fundadores de nuestra civilización occidental -aunque nada más falso-. Debían ser, en aquellos tiempos homéricos, buen lugar para vivir; al menos mientras no desembarcase una tropa de broncíneos guerreros sedientos de botín y vírgenes, aunque tampoco es que hubiera muchos rincones seguros entonces. Tampoco se estaba a salvo de los caprichos de los dioses, pero generalmente no molestaban si no se era excepcionalmente bello y se cumplía con los preceptivos sacrificios.

Las islas griegas, el Levante donde las galeras del Rey y de la Religión combatieron al sultán de la Sublime Puerta siglos después, son hoy destino turístico preferente. Tanto que, quienes no hemos estado allí pertenecemos a algún tipo de paria de baja estofa, sólo comparable a unos recién casados que han preferido Benidorm a la Riviera Maya, destino por cierto tan cutre y manido como el Manhattan ye-yé. Lo cierto es que las imágenes que las agencias de viaje difunden son muy atractivas: el mal azul turquesa acariciando los tobillos de una aldea de paredes encaladas que trepan ladera arriba, alegremente, hasta rematar en las coloridas cúpulas de una iglesia ortodoxa.

Las islas que puede ver el protagonista de La amante prohibida son más bien grises, pues más bien gris es el corazón que guía su mirada. Ese corazón guarda un secreto que lo devora, pero que el autor administra mal y falla en su labor de prestidigitador, pues el truco se le ve a la legua, casi desde las primeras páginas. Ahora bien, precisamente los griegos decían que lo importante de un viaje era su transcurrir, y no la meta, ni siquiera conseguir llegar a la meta. No opinaría lo mismo Odiseo, pero en este caso lo mejor de la novela, que no es demasiado, está en el discurrir, en lo que rodea al viaje de Carlo y Paula hacia y en la isla de Sérifos, porque la meta estropea un punto el viaje.

Pese al tiempo que el autor confiesa haberle dedicado, hasta estar seguro de su estructura y desarrollo, y pese a los galardones cobrados, esta es muy evidentemente una primera novela. Eso sí, una apreciable ópera prima, pese a sus defectos. Al ya mencionado se suma lo inverosímil de los personajes. Dejemos de lado a los habitantes de esas islas que muchos lectores desconocerán de primera mano, parias ellos; su exotismo bien puede ser verídico y, tal como aparece en la narración, seguramente lo es. Los personajes principales resultan difíciles de tragar en cuanto personajes realistas, aunque no en cuanto personajes míticos, integrantes de una tragedia.

La estructura, que por su solidez está bien conseguida, no es, en cambio y como se pretende, una estructura de tragedia, que está bien determinada desde muy antiguo y requiere una mudanza emocional que aquí no se da: Carlo es gris en la página 13, en la página 64 y sigue síendolo en la 141. Sólo hay un natural atisbo de alborozo, y es cuando Senia y Carlo se bañan desnudos, pero es tan sólo un atisbo. En cambio, el tema de la novela -que no revelaré- y los personajes son propiamente trágicos, pues son movidos por unos hilos tendidos desde el pasado. Por otro lado, el desenlace, aunque ineluctable, tampoco es trágico.

Quizá lo mejor de la novela, junto con el paisaje y la estructura, sea el erotismo que recorre su casi centenar y medio de páginas. Al mismo tiempo, el retrato de la fragilidad de la pareja y del sentimiento que debería servir de firme argamasa está tratado con delicadeza y esperanzado optimismo. Palmese demuestra con ello una sensibilidad clásica, en cuya expresión demuestra más destreza que en la creación de personajes, debido a su previa y mayor experiencia poética. Se trata, en conjunto, de un texto regular pero cuyas virtudes hacen de él una lectura atractiva y sensual.