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No conozco las islas griegas, aunque he leído
varias cosas sobre ellas y hasta visionado alguna película.
Especialmente narraciones antiguas, mitos de los llamados
fundadores de nuestra civilización occidental
-aunque nada más falso-. Debían ser, en
aquellos tiempos homéricos, buen lugar para vivir;
al menos mientras no desembarcase una tropa de broncíneos
guerreros sedientos de botín y vírgenes,
aunque tampoco es que hubiera muchos rincones seguros
entonces. Tampoco se estaba a salvo de los caprichos
de los dioses, pero generalmente no molestaban si no
se era excepcionalmente bello y se cumplía con
los preceptivos sacrificios.
Las islas griegas, el Levante donde
las galeras del Rey y de la Religión combatieron
al sultán de la Sublime Puerta siglos después,
son hoy destino turístico preferente. Tanto que,
quienes no hemos estado allí pertenecemos a algún
tipo de paria de baja estofa, sólo comparable
a unos recién casados que han preferido Benidorm
a la Riviera Maya, destino por cierto tan cutre y manido
como el Manhattan ye-yé. Lo cierto es que las
imágenes que las agencias de viaje difunden son
muy atractivas: el mal azul turquesa acariciando los
tobillos de una aldea de paredes encaladas que trepan
ladera arriba, alegremente, hasta rematar en las coloridas
cúpulas de una iglesia ortodoxa.
Las islas que puede ver el protagonista
de La amante prohibida son más bien grises, pues
más bien gris es el corazón que guía
su mirada. Ese corazón guarda un secreto que
lo devora, pero que el autor administra mal y falla
en su labor de prestidigitador, pues el truco se le
ve a la legua, casi desde las primeras páginas.
Ahora bien, precisamente los griegos decían que
lo importante de un viaje era su transcurrir, y no la
meta, ni siquiera conseguir llegar a la meta. No opinaría
lo mismo Odiseo, pero en este caso lo mejor de la novela,
que no es demasiado, está en el discurrir, en
lo que rodea al viaje de Carlo y Paula hacia y en la
isla de Sérifos, porque la meta estropea un punto
el viaje.
Pese al tiempo que el autor confiesa
haberle dedicado, hasta estar seguro de su estructura
y desarrollo, y pese a los galardones cobrados, esta
es muy evidentemente una primera novela. Eso sí,
una apreciable ópera prima, pese a sus defectos.
Al ya mencionado se suma lo inverosímil de los
personajes. Dejemos de lado a los habitantes de esas
islas que muchos lectores desconocerán de primera
mano, parias ellos; su exotismo bien puede ser verídico
y, tal como aparece en la narración, seguramente
lo es. Los personajes principales resultan difíciles
de tragar en cuanto personajes realistas, aunque no
en cuanto personajes míticos, integrantes de
una tragedia.
La estructura, que por su solidez está
bien conseguida, no es, en cambio y como se pretende,
una estructura de tragedia, que está bien determinada
desde muy antiguo y requiere una mudanza emocional que
aquí no se da: Carlo es gris en la página
13, en la página 64 y sigue síendolo en
la 141. Sólo hay un natural atisbo de alborozo,
y es cuando Senia y Carlo se bañan desnudos,
pero es tan sólo un atisbo. En cambio, el tema
de la novela -que no revelaré- y los personajes
son propiamente trágicos, pues son movidos por
unos hilos tendidos desde el pasado. Por otro lado,
el desenlace, aunque ineluctable, tampoco es trágico.
Quizá lo mejor de la novela,
junto con el paisaje y la estructura, sea el erotismo
que recorre su casi centenar y medio de páginas.
Al mismo tiempo, el retrato de la fragilidad de la pareja
y del sentimiento que debería servir de firme
argamasa está tratado con delicadeza y esperanzado
optimismo. Palmese demuestra con ello una sensibilidad
clásica, en cuya expresión demuestra más
destreza que en la creación de personajes, debido
a su previa y mayor experiencia poética. Se trata,
en conjunto, de un texto regular pero cuyas virtudes
hacen de él una lectura atractiva y sensual.
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