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través de los ojos de un niño de 8 años
Mario Benedetti nos enseña el paso del tiempo
en las calles de Montevideo. Su nombre no importa, solo
lo que sus recuerdos nos enseñan paso a paso,
palabra a palabra.
El autor juega con la voz del narrador
en primera persona cuyo vocabulario, sencillo y asequible
contrasta con el narrador omnisciente que desde las
vivencias del niño nos cuenta sus creencias y
sueños relevantes, personas que conoce y son
importantes junto a los sucesos que le ocurren a la
sociedad de diversos barrios en los que reside, en su
largo peregrinar por una y otra casa.
Su cambio de registro es visible en
su juego aparente, para contar la vida de un muchacho,
como si de cualquiera de nosotros se tratara, en el
seno de una familia media de cuatro miembros itinerantes
por diversos barrios, llevados de un lugar a otro por
el trabajo del padre. Los diversos sucesos que marcan
su niñez se unen a las experiencias que desde
la lejanía llegan de la Europa de la II Guerra
Mundial. La literatura y el arte se mezclan con la vida
política de un país, de un ser ávido
de conocer todo aquello a lo que alcanza y mucho más.
A esto hay que sumar la historia que vive con su grupo
de amigos de la niñez, con el hallazgo de su
primer muerto, el trágico suceso que marcará
su paso a la madurez, su primer beso de una borrosa
niña, la despedida de sus amigos, su primera
y fortuita práctica sexual, la llegada del amor
y un intrigante suceso con nombre de mujer que se reitera
en el cambio de generación, con persistencia,
en la misma familia y que se dibuja en los posos del
café, poco a poco.
Su narración es dinámica
y divertida, con sus vocablos propios de la tierra,
que consigue atraparte y no dejarte hasta que formas
la vida que el autor dibuja en cada uno de los personajes,
dando una unión temporal y locativa con una trama
fluida aportando su característica sencillez
y cercanía al lector.
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