| La
conferencia que dio el profesor de ciencias informáticas
Randy Pausch en la Universidad Carnegie Mellon, trascendió
de las aulas y se convirtió en un fenómeno
social, en parte gracias al canal de internet, pero
sobre todo por el tema de esta “Última
Lección”. Randy Pausch comienza su charla
poniendo al corriente a todos los presentes sobre su
situación: tiene más de diez tumores en
el páncreas y a penas le quedan unos meses de
vida. Advierte que no va a hablar del cáncer,
tampoco de realidad virtual, el campo de la informática
en el que es experto. Su lección girará
entorno a la vida vista desde la perspectiva de un optimista
empedernido, incluso al borde de la muerte, y por tanto
los temas de esta lección trascienden del academicismo
y hablan de cosas que tienen que ver más con
el alma que con la ciencia. Así Pausch nos habla
sobre la lealtad, sobre la necesidad de recuperar los
sueños de la infancia, de divertirse en la vida,
sobre la importancia de la familia, los amigos…
Ese es el valor de la conferencia y
del libro que ha recogido esta lección de vida.
Más que de una visión especial de la vida
ante la perspectiva de la muerte, se trata de una memoria
vital cercana, emotiva, sincera, de un hombre que luchó
por lo que quería y creía. Randy Pausch
habla de experiencias, de actitudes, de valores con
los que él personalmente intentó alcanzar
la ansiada felicidad. En ese sentido el libro se convierte
en un manual vital muy personal, que puede que no llegue
a todos los lectores por igual, pero que sin duda contiene
interesantes reflexiones que bien pueden justificar
la etiqueta, en otras veces manida, de “libro
de autoayuda”.
Como visión personal, Pausch
tiene sus propios puntos de vista sobre la vida, también
expone su propia moral y su sentido religioso, lo que
puede que no convenza a todos, pero sus planteamientos
carecen de dogmatismo y son presentados a través
de cercanas ejemplificaciones en la vida de Pausch.
Una vida que es analizada con alegría, sin atisbo
de dramatismo por el hecho perturbador del inminente
final. Y aunque tampoco escatima ni elude la reflexión
sobre la muerte acechante, ésta no logra acaparar
el protagonismo de la historia, ni tampoco condicionar
de manera hegemónica el tono del libro. Pausch
ha evitado hacer un discurso sensiblero y aunque el
contexto es un factor determinante, el optimismo y el
apego a la vida superan con creces a la sombra del fin.
“La última lección”
recoge creencias bien expuestas, interesantes reflexiones
y también algunas falaces, pero siempre denotan
el resultado de un ejercicio de sinceridad expuesto
sin pretensiones mesiánicas. Hay también
frases que muchos se dedican a coleccionar, como la
que inaugura la charla: “No podemos cambiar las
cartas que se nos reparten, pero sí cómo
jugamos nuestra mano”. A mi me llamaron la atención
otras, que provienen del autoanálisis de la propia
personalidad del Randy Pausch, como cuando dice “me
gusta pensar que mis defectos pertenecen más
al terreno social que a una categoría moral”,
pero a buen seguro que cada lector subrayará
o seleccionará alguna que tomará como
propia.
También hay reflexiones para
compartir y para discrepar. Desde luego coincido en
la parte referida a la reflexión sobre la educación
de su infancia, austera, despojada de valores materiales
y encauzada hacia el conocimiento. Randy detesta a los
niños mimados porque su infancia austera no fue
infeliz, como dictaría un relato de Dickens,
y además está satisfecho de su resultado.
Es sin duda una de las reflexiones a tener en cuenta
en estos momentos. Hay más y todas están
expuestas de un modo sencillo, sin pretensiones literarias,
sino más bien divulgativas, como debe ser una
lección y más si tiene la importancia
que esta. |
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