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Lumen reedita oportunamente “Últimas tardes
con Teresa”, al poco de que Juan Marsé
obtuviese merecidamente el premio Cervantes. Un excelente
excusa para reencontrarse con un escritor singular que
hace valer la idiosincrasia del mundo que le rodea como
seña de identidad literaria, con una sinceridad
que ha calado hondo en multitud de lectores.
Ya en el prólogo de la séptima
edición, diez años después desde
la primera edición, Marsé afirmaba que
“La novela ha pasado a ocupar el rincón
menos sobresaltado de mi conciencia”. Más
de treinta años después, “Últimas
tardes con Teresa” es ya uno de los referentes
literarios de Marsé y probablemente de esa generación
de escritores de los años cincuenta que despuntaban
en Barcelona.
La novela hoy sigue teniendo encanto,
fuerza y si no vigencia por lo apegado a una época
y a una tesitura ahora deglutida por el paso del tiempo
y la globalización, queda como un fresco de esa
España de mediados de los sesenta en una ciudad
como Barcelona. La distancia entre el mundo obrero y
la burguesía urbana se hacen evidentes en esta
historia de pasión entre dos muchachos de cada
clase. Esa mitificación de las revueltas estudiantiles
frente al régimen, tiene aquí un contrapunto
visto desde una perspectiva crítica hacía
las revoluciones de los burgueses enmascaradas en progresía
“¿Qué otra cosa
podía esperarse de estos jóvenes universitarios
en aquel entonces, si hasta los que decía servir
a la verdadera causa cultural y democrática del
país eran hombres que arrastraban su adolescencia
mítica hasta los cuarenta años?.
Con el tiempo, unos quedarían
como farsantes y otros como víctimas, la mayoría
como imbéciles o como niños, alguno como
sensato, generoso y hasta premiado con futuro político,
y todos como lo que eran: señoritos de mierda.”
Esa conciencia de clase expresada en
el marco evocador, reconocible y definitorio como es
la Barcelona de los sesenta, esta articulada por una
historia lograda al máximo por la nitidez con
la que Marsé compone a sus personajes. Manolo,
“El Pijoaparte”, “el murciano”,
el “charnengo” que vino del sur en busca
de fortuna, esquivando el vulgar trabajo y con el objetivo
de hacer realidad el romántico sueño adolescente
de salvador de guapas burguesitas que caigan rendidas
en sus brazos para, de paso, salvarle a él de
su miseria. Y Teresa, la niña bien, la universitaria
comprometida con algo que desconoce pero que defiende
con vehemencia, sin calibrar las consecuencias ni saber
si está dispuesta a pagar el precio; la chica
que ve en su clase los vestigios de un mundo caduco
y que mitifica a los desarraigados dotándoles
de actitudes, ideas y valores, que poco tienen que ver
con el real instinto de supervivencia que ocupa la vida
de la mayoría de ellos. Ese juego de espejos
deformantes sobre una base de realismo social, juega
un papel preponderante en la novela, que sin embargo
no renuncia a la exploración psicológica
de los personajes, en los que se muestran hallazgos
francamente brillantes.
Marsé nos atrapa en este eterno
verano en el que los anhelos lo nublan todo y ni siquiera
los rayos del amor pueden atravesar barreras insalvables.
Un relato conmovedor.
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