| Auster
sigue empeñado en contar historias, muchas, diferentes,
conectadas por débiles hilos; historias tocadas
por el azar, excepcionales, posibles e imposibles y
que siempre encuentran un enfoque diferente para mostrarnos
distintas facetas de la vida. En esta novela realidad
y ficción vuelven a entrecruzarse en el marco
de una invención adherente. Se trata de otro
ejercicio de malabarismo literario del escritor neoyorquino
que vuelve a atrapar al lector, que lo hace participe
de esta ficción envolvente gracias a una táctica
construida a base de un puñado de historias que
se ciernen sobre el incauto lector.
Tomando como excusa la teoría
de los mundos infinitos del hereje y compañero
de destino de Galileo, Giordano Bruno, Auster vuelve
a tejer historias que se entremezclan aunque habiten
en planos distintos como son el del autor y el de los
personajes que éste crea. Sólo que esta
vez la historia del plano literario adquiere ribetes
kafkianos lo que contribuye a que, apelando al título
de la novela, quizás este sea el libro más
oscuro de Auster, donde sus historias son secas, y las
circunstancias de sus personajes poco ayudan a romper
esa tendencia. La parte del soldado que se ve inmerso
repentinamente en una batalla surrealista es angustiante,
en ocasiones parece una pesadilla de la que es difícil
de despertar. Y el otro protagonista de la novela (August
Brill, que por supuesto es escritor), pese a una actitud
vital positiva, no puede evitar que las circunstancias
en que lo encontramos pongan coto a esa visión
de la vida optimista que aparecía en anteriores
novelas como Brooklyn Follies. De ahí reflexiones
tan desgarradoras y tan poco austerianas como la de
que “La gente se muere de pena. Ocurre todos los
días, y seguirá sucediendo hasta el fin
de los tiempos”.
Con todas esas tramas Auster vuelve
a enredar al lector y de paso le cuenta historias, le
traslada reflexiones e incide en las cosas que a él
le interesan, como por ejemplo el cine. Auster muestra
de nuevo su amor por el séptimo arte, al igual
que lo hiciera en novelas anteriores como en “El
Libro de las Ilusiones”, donde el acto de ver
películas cómicas cambia para siempre
al profesor deprimido por una reciente pérdida.
El cine que aparece en esta novela es cine que sale
del patrón del consumo, con un gusto muy europeo.
A pesar de ese interés por las películas,
el protagonista de la novela se encarga de razonar las
diferencias con la literatura: “No es lo mismo
evadirse en una película que en un libro. Los
libros obligan a dar algo a cambio, a utilizar la inteligencia
y la imaginación, mientras que una película
puede verse –e incluso disfrutarse- en un estadio
de irreflexiva pasividad”. No obstante el cine
tiene un gran protagonismo en esta novela, el cine como
género narrativo, como privilegiado soporte para
contar historias en la que los detalles forman parte
sustancial de las mismas, y sólo un ojo perspicaz
y analítico, como de Brill o su nieta, o como
sucedía con la querida portera de “La elegancia
del Erizo”, pueden rescatar su significado e incorporarlo
al conjunto de la trama para poder admirar toda su dimensión.
En el libro también hay espacio
para la crítica a la política norteamericana
de Bush, esa mirada crítica del intelectual neoyorquino
que con una mentalidad cosmopolita es capaz de hacer
autocrítica y cuestionar abiertamente la actuación
del nefasto presidente americano.
En definitiva nos encontramos al Auster
de siempre, pero quizás en una clave más
oscura, con una novela que encierra cierta crudeza y
que rompe con algunos convencionalismos de sus novelas
anteriores. Llama la atención como Auster es
capaz de prescindir en un momento dado de las historias
que él crea, y que pese a ser instrumentales,
atrapan al lector. También en ese aspecto aflora
cierta crueldad.
Aprovecho estas últimas líneas
para reivindicar a Auster como un excelente narrador.
No creo que “Un hombre en la Oscuridad”
sea su mejor novela, como algunos han querido sugerir,
pero obviamente se trata de una buena novela. Lo que
no entiendo es cierta tendencia de parte de la intelectualidad
que ahora cuestiona al escritor neoyorquino, que quizá
esté empezando a pagar el tributo de su éxito
en los círculos literarios, pero su obra le avala
y sus críticos pueden contrastar sus argumentos
negativos en un puñado de excelentes novelas
de Auster.
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