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VIERNES 19: FIESTA DE PRESENTACIÓN
Me pareció
una buena idea programar una
fiesta de presentación,
y encima gratuita. El cartel
podría haber sido de
saldo pero, dentro de las posibilidades
y dadas las circunstancias,
pienso que tenía bastante
atractivo. Además de
algún grupo novel como
Extrema, teníamos a los
siempre emergentes y efectivos
Angelus Apátrida, a los
suecos Bullet, y a dos pesos
pesados para los jurásicos
como Obús y Ángeles
del Infierno. Para cerrar, a
la banda que más conciertos
ha debido dar en la historia
de un único festival:
The Highway to Hell Band, el
tributo a AC/DC. Desgraciadamente,
la salida del trabajo desde
Madrid se complicó un
poco más de lo necesario,
privándonos de llegar
a las primeras descargas. En
particular, me apenó
perderme a los manchegos Angelus
Apátrida, que seguro
reventaron el recinto de Valdespartera.
NOTA: Reseñar
que todos los errores, fallos,
cancelaciones, opinión,
anécdotas fuera de lo
musical, etc. las podéis
ver en la sección “El
otro Metalway”, un artículo
descarnado de lo que allí
ocurrió.
BULLET:
HACIA ARRIBA
Cuando accedimos
a las instalaciones del Metalway
Festival, el quinteto escandinavo
estaba a mitad de actuación.
Es curioso porque en ocho meses
han visitado nuestro país
en tres circunstancias completamente
distintas. Primero, de teloneros
de los roqueros Backyard Babies;
posteriormente, abriendo la
gira de Hammerfall y Sabaton;
y ahora, en la fiesta de presentación
del Metalway. Sin embargo, todas
vienen marcadas por un denominador
común: el salto cualitativo
que ha pegado esta gente respecto
a la primera vez que les vi
hace un par de año en
el Keep It True alemán.
Bullet poseen una característica
fundamental en directo: entretienen
al público, y eso es
impagable porque supone que
aunque no conozca su propuesta,
son capaces de atraparte con
unos riffs sencillos, de puro
hard rock a lo AC/DC un poco
más metalizado, mezclados
con esa apariencia de los bisoños
Accept del “I´m
a rebel”.
Ya ubicados
cerca del escenario, pudimos
deleitarnos con un show potente,
lleno de poses no forzadas y
canciones para corear con el
puño en alto como “Turn
it up loud” o “Leather
love” de su debut “Heading
for the top”, del cual
sigo pensando que es superior
a la continuación “Bite
the bullet”, aunque con
temas con el que le da título
me hacen dudar. Como es habitual,
un punto el dar la vuelta a
las guitarras y al bajo al final
y que ponga lo de “Bite
the bullet”. Con ella
se largaron pero no tardaron
mucho en volver a las tablas,
casi por aclamación popular
para terminar su concierto con
“Roadking” y la
genial “Bang your head”.
No dejará de sorprenderme
cómo el que presenta
al grupo es Adam Hector, el
bajista y último en incorporarse,
ya que el cantante Hell Hofer,
sin ser un animal de escena,
me parece un tipo con carisma.
Además, Hampo y Erik
saben con sus seis cuerdas regalarnos
unos cuantos movimientos coordinados
de esos que tanto gustan a la
gente.
Al llegar
ignoro si cumplieron la hora
que tenían asignada pero,
en cualquier caso, durante los
veinticinco minutos que les
vimos, la conclusión
es exactamente igual a la que
llegué en marzo. No sé
si estos tipos alcanzarán
la cima como proclamaba su primer
trabajo pero tienen los mimbres
necesarios para ello. Sabemos
que es difícil pero los
de Växjö progresan
adecuadamente, como se decía
en el colegio. Su tercer álbum
es el que puede marcarles el
camino definitivamente. Pienso
que tirarán de lo fácil
y continuarán la línea
de “Bite the bullet”.
De cara al éxito, quizá
sea lo mejor para ello, si bien
personalmente preferiría
la frescura de “Heading
for the top”. Con todo,
un prometedor inicio de festival.
OBÚS: ¿LA DECADENCIA
DEL METAL ESPAÑOL?
A estas alturas
la inclusión de Obús
en un festival de corte internacional
como es el Metalway solo se
concibe en un contexto de fiesta
de presentación, como
era el caso. Seis años
sin grabar un disco, un par
en casi dos décadas y
tirando, una vez más,
de los éxitos de los
ochenta que les hicieron los
más populares de los
barrios marginales o de aquellos
que aspiraban a ser “los
que más”, se entiende
que macarra. ¡Ojo! Esto
lo digo desde el cariño
y la admiración por una
banda que siempre me ha gustado.
Lo que ocurre es que, en mi
opinión y a diferencia
de otros contemporáneos,
su tiempo pasó, se han
quedado atávicos e identificados
con una época que jamás
volverá. Por ello, su
reclamo es para desgañitarnos
con esos himnos de asfalto que
en tantas ocasiones cantamos
y que causaban pavor en nuestros
progenitores creyendo (en muchos
casos, acertadamente) que íbamos
por el mal camino.
Que Fortu
con casi sesenta años
siga haciendo lo mismo que en
1981 no deja de ser gracioso
pero también grotesco.
Diréis: “Esto lo
hacen muchos, no solo Obús”.
Vale, de acuerdo, pero es distinto.
No tiene nada que ver cantar
“I surrender”, “Heaven
and Hell” o, si me apuras,
“Resistiré”,
que “El que más”,
“La raya”, “Yo
solo lo hago en mi moto”,
etc. Además, uno de los
hechos diferenciales de Obús
siempre fue el mantener una
formación estable. Esto
se rompió hace tiempo
con la salida de Juan Luis,
pero ahora la otra mitad de
la sección rítmica,
Fernando, tampoco está.
Los sustitutos son realmente
buenos (demasiado, incluso)
pero le quita algo de coherencia
al asunto. No obstante, esto
es generalizado en las bandas
veteranas.
El viento
ya hacía acto de presencia,
si bien no era aún tan
molesto como en el resto del
fin de semana. Esto supuso que
el sonido fuera flojo aunque
aceptable, es decir, no podemos
pedir milagros a Obús
pero, al menos, la voz de Fortu
se distinguía. El repertorio
no varía y esto sí
que hay que ponerlo en el debe
de los madrileños. La
única concesión
a la galería vino de
la mano de la infumable “Más
que un dios” de su último
“Segundos fuera”
que sustituyó a la no
menos lamentable “Esta
ronda la paga Obús”.
El resto, ninguna novedad. Comenzaron
con “Necesito más”,
algo que no entiendo porque
les queda fatal y, de ahí
en adelante, todo clásicos:
la gloriosa “La raya”,
“Autopista” donde
Fortu sigue diciendo eso de
“me la pone morcillona”,
que ya le vale, o el himno “Pesadilla
nuclear” donde sacó
a hombros a un churumbel, ignoro
si sería su nieto.
Para continuar
con la retahíla de inolvidables,
otro trío de ensueño:
“El que más”,
“Juego sucio”, que
fue precedida de una intro instrumental,
y “Te visitará
la muerte”. Para mí,
ya había interpretado
sus mejores temas, pero quedaban
las populares tipo “Yo
solo hago en mi moto”,
en donde Fortu (en general,
correcto dentro de sus posibilidades)
la cagó, “Que te
jodan” que era la más
conocida por la chavalería
(lo que hay que ver), “Dinero,
dinero” y “Vamos
muy bien”, donde el ínclito
vocalista se baja al público
con una botella de whisky. El
final fue un tanto surrealista
porque a los solos, respectivamente,
de Pepe Bao (le sobran dos dedos
y tres cuerdas para tocar el
material de Obús a este
crack del bajo), Paco el baterista,
y Paco Laguna con su guitarra,
le sucedió “Va
a estallar el obús”
para poner el colofón
a una actuación decadente,
nostálgica, pero que
cumplió su cometido.
ANGELES
DEL INFIERNO: LA DECADENCIA
DEL METAL ESPAÑOL
No, no me he
equivocado, ni repitiendo título,
ni poniendo uno entre signos
de interrogación y el
otro en afirmativo. Hace tres
años, en Guernica, presencié
por primera vez en mi vida un
concierto de Ángeles
del Infierno. Aunque hubo opiniones
para todos los gustos, salí
satisfecho de su actuación.
Es verdad que Juan Gallardo
ya no llegaba a esos agudos
imposibles que marcaron la carrera
de la banda y el sonido tampoco
fue nítido, pero me dieron
lo que les pedía: una
buena descarga de heavy metal,
como solo los guipuzcoanos afincados
al otro lado del Atlántico
saben hacer. Tres años
después, la impresión
ha sido radicalmente distinta
y solo hay un motivo principal:
Gallardo. Decepcionante sería
un epíteto muy generoso
para calificar sus prestaciones.
Tampoco les
acompañó el sonido
y, por ejemplo, en “Vives
en un cuento” se fueron
las guitarras. El viento seguía
“calentando” para
lo que sería el día
siguiente y provocaba altibajos.
La banda tampoco era para echar
cohetes y ni Roberto Álvarez
ni Ix Valieri se salieron. Además,
la presencia casi constante
del teclista carece de sentido,
salvo, lógicamente, en
las baladas. Pero esto está
relacionado con el sorprendente
set list que escogieron. ¿Cuál
fue el disco en el que se centraron?
¿”Pacto con el
diablo”? ¿”Diabolicca”?
Pues no, el protagonista de
la velada fue “666”,
hasta seis canciones cayeron.
Desde luego, nadie les podrá
tachar de repetitivos o no arriesgados.
Encima, condensaron diecinueve
composiciones en ochenta minutos
por lo que el dinamismo fue
máximo. El problema es
que si no estás en forma,
por mucho que lo intentes no
vas a convencer.
Con un video
que sirvió de introducción
y ante el público más
numeroso del primer fin de semana,
“El principio del fin”
dio el pistoletazo de salida.
Era curioso como a mi alrededor
se concentraban muchos treintañeros,
cuya relación con el
heavy metal pasó hace
tiempo, pero que venían
a rememorar sus himnos de juventud.
Como estaban para pasarlo bien
con música de fondo,
les preocupa más que
ejecutaran la pésima
“Todos somos ángeles”
(lo del rapeo es para hacérselo
mirar) que Juan destrozara “Sombras
en la oscuridad”, porque
ahí estaban ellos para
colaborar en los coros. Así,
el concierto se convirtió
en un clásico detrás
de otro pero sin pasión
ni corazón. Es complicado
no sentir nada ante cortes que
te han acompañado toda
una vida como “Prisionero”,
“Hoy por ti, mañana
por mí” o “Rocker”,
pero Ángeles fueron capaces
de lograrlo.
Mención
aparte para la ridícula
dicción de Juan Gallardo.
Este hombre, desde que hizo
las Américas, habla muy
raro. Para mayor cachondeo,
si en Guernica largó
un discursito sobre el amor
a su tierra, aquí nos
epató declarando (si
no le entendí mal, que
con ese acento todo es posible)
que él era aragonés,
en concreto de Huesca. En fin…
“Vives en un cuento”
y “Nada que perder”
son dos de esas composiciones
no esperadas y que realzan,
como sucedió en Guernica,
el amor que le profesan a “666”,
más incluso que la mayoría
de sus fans. El medley de baladas
no podía faltar aunque
esta noche individualizaron
“Al otro lado del silencio”,
uniendo exclusivamente “Pensando
en ti” (única referencia
a “Jover para morir”,
ya les vale) y “Si tú
no estás ahí”.
Fueron en las lentas donde Gallardo
naufragó menos.
La segunda
mitad del show siguió
los mismos derroteros. Entre
hits e inesperadas transcurría
la velada, intercalándose
“Dónde estaba tú”
con una deslucida “Con
las botas puestas” o “Héroes
del poder” con “Sangre”
y “A cara o cruz”.
Como ya ocurriera en el Metalway
de hace tres años, la
canción más aplaudida
y coreada fue “666”.
Seguro que los seguidores preferimos
otras pero como ésta
es más cómoda
para Juan, termina siendo la
más fiel a la grabación
original. Espectacular como
todo el recinto gritábamos
eso de “Marca el número,
el 666”. Cerraron con
“Fuera de la ley”
en el que las miserias de Gallardo
quedaron, de nuevo, al descubierto.
Para cumplir
el horario establecido, regresaron
rápidamente y encararon
los bises. “Al otro lado
del silencio” también
cosechó la ovación
unánime, más que
nada porque el público
la cantó y “Maldito
sea tu nombre”, qué
decir, que lo primero que hice
cuando regresé el lunes
a mi casa fue ponérmela
para acordarme de los míticos
agudos porque en Zaragoza no
hicieron acto de presencia.
La gente, educadamente, les
despidió entre vítores
pero lejos de la aclamación
que ese repertorio podía
haber alcanzado. Si fue un mal
día, les dejo el beneficio
de la duda; pero si el estado
habitual de las cuerdas vocales
de Juan es éste, creo
que deberían dejarlo
aquí y no mancillar su
glorioso pasado. Fueron grandes,
pero el tiempo no perdona. Cariacontecidos
nos marchamos al hotel porque
quedaban dos jornadas durísimas
y The Highway To Hell se nos
cruzarían en esta semana
varias veces en nuestro camino.
SÁBADO
20: EOLO CONQUISTA ZARAGOZA
Si había
una razón por la cual
me decidí a ir este año
al Metalway, se llama Riot.
La reunión de la formación
que giró con su disco
más glorioso, “Thundersteel”,
solo se iba a producir en el
Sweden Rock y en este festival
patrio. Junto a Savatage, son
mi grupo favorito, por lo que
merecía la pena el sacrificio
de no ir al Hellfest con tal
disfrutar. Luego, nos toparíamos
con la cruda realidad. Además,
estaba otra reunión,
mucho más publicitada,
la de los Barón Rojo
originales. ¿Qué
tirón tendrían?
Desgraciadamente, muy poco.
La coincidencia con el Kobetasonik
iba a suponer que el recinto
de Valdespartera pareciera desangelado.
Para colmo, el cierzo se erigió
en el protagonista principal
haciendo que la noche fuera
tan desapacible que mucha gente
optó por irse porque
era imposible aguantar, sin
la ropa adecuada, una sensación
térmica de siete u ocho
grados cuando el sol se ponía.
El resto del día era
bastante completo para aquellos
que no pueden o quieren disfrutar
de las giras que pasan por nuestro
país, pero para los que
solimos acudir a todas las citas,
el aliciente era mínimo
por no decir que nulo, sobre
si las bandas, como ocurrió,
se empeñaban en tirar
del “más de lo
mismo” en sus repertorios,
sin depararnos sorpresas.
AXXIS: BERNARDO, CAMBIE USTED
EL CHIP
Ya es casi
tradición en el Metalway
que, por unas u otras circunstancias,
Axxis salgan al mediodía
a tocar. Las doce de la mañana
se nos antoja una hora poco
recomendable pero es que, incluso
antes, ya habían estado
los renacidos madrileños
Sabatan dando guerra con su
nueva propuesta. Teníamos
tan reciente la mala sensación
que nos causaron de teloneros
de Rage que preferimos concentrarnos
en los germanos, que salieron
más de diez minutos tarde
al escenario y, como consecuencia,
no cumplieron la hora programada
que tenían. Además,
la falta total de dinamismo
y un set list repetitivo contribuyeron
a que me aburriera, por primera
vez en mi vida, en un show de
Axxis.
Con un nuevo
disco a publicar después
del verano, era una ocasión
perfecta para “despedir”
a “Doom of destiny”
como se merece (un trabajo notable)
e introducir alguna perlita
que nos alegrara el día
al numeroso público (comparado
con lo que vino después)
que se arremolinaba para ver
a los de Bernhard Weiss. Después
de la intro de rigor, arrancaba
con el tema título de
su aún última
entrega. El sonido no era malo
aunque los teclados estaban
excesivamente altos, hecho que
se fue corrigiendo. No me gusta
nada que Axxis tiren de pregrabados.
En el caso de la voz femenina,
desde que se largó Lakonia,
es inevitable, pero los coros
tendrían que cuidarlos
algo más porque en otros
temas son reales como, por ejemplo,
en “Tales of glory island”.
Ahí se les vio el plumero
porque las voces de acompañamiento
se oían muy bajitas,
a diferencia de “Doom
of destiny”.
Tras el típico
comienzo, llegó la no
menos recurrente charla de Weiss.
El tipo es muy gracioso y posee
un carisma innato pero si lo
ves por tercera vez en año
y medio o por quinta en un lustro,
resulta cansino. Encima, casi
era un juego de memoria para
saber qué canción
venía después.
¿”A little war”?
Afirmativo. Ese fue, reitero,
el problema principal: este
concierto, con más o
menos canciones dependiendo
de la disponibilidad de tiempo,
ya lo habíamos vivido
en el Gineta Rock del año
pasado y en la gira con Helloween
y Gamma Ray. Una vez concluida
“Blood angel” y
la seminal “Living in
a world”, tocaba subir
a una chica al escenario para
acompañarles con la pandereta.
Elisa se animó más
que sus predecesoras en otros
tours y, por lo menos, disfrutó
y no se la vio muy cohibida
durante la interpretación
de “Touch the rainbow”
con un aire bossa nova manifiestamente
mejorable.
Otra pausa
más, charla de Bernhard
y turno para el álbum
“Time machine” con
“Wind in the night (Shalom)”
y “Angel of death”,
de las mejores recibidas. El
concierto concluyó con
sus dos mayores hits, “Little
look back” y la gran “Kingdom
of the night”. Objetivamente,
siempre se disfruta con Axxis,
si bien no fueron fluidos y
se perdieron entre tema y tema,
cuando tendrían que haber
salido a matar. Si es la enésima
vez que presencias este show
y estas canciones, acabas pensando
que podría haber dado
mucho más de sí
y que con dos pinceladas todo
habría sido distinto.
Para empezar la jornada, aceptable,
pero a los germanos debe exigírseles
mucho más.
SAMAEL:
BAJO LA BANDERA DE LA OSCURIDAD
La hora del
aperitivo no parece la más
adecuada para ver a un grupo
cañero y oscuro como
Samael, pero hemos de dar gracias
de su inclusión en el
cartel. Les había visto
cuatro veces pero tenía
el aliciente de que venía
con nuevo disco debajo del brazo,
un “Above” que no
es una vuelta a los orígenes
como desde su compañía
vendían, pero sí
un regreso a los sonidos más
cañeros que tenían
un tanto abandonados en aras
de su rompedora propuesta llena
de samplers que hace de los
suizos una banda única.
“Above” es un excelente
trabajo, como todos los del
cuarteto, y aunque fuera a esas
horas había que degustarlo.
No todo el mundo pensó
igual porque estábamos
cuatro gatos en el instante
en que los Sion saltaban a escena.
Lamentable comprobar cómo
no llegábamos a dos centenares
de individuos los interesados
en escuchar a una formación
con más de dos décadas
en este mundillo. Sin duda,
en España tenemos lo
que nos merecemos.
No sabía
qué tal iba a funcionar
su propuesta en un festival
y a plena luz del día,
pero rápidamente se encargaron
de responder a esta preguntar.
Incluso sin un sonido que les
acompañase, dejaron el
pabellón de la Confederación
Helvética bien alto,
como no podía ser de
otra forma. Una pequeña
instrumental tocada por ellos
precedió a la irrupción
de Vorph que anunció
el tema de apertura, “Under
one flag”, que también
da inicio a “Above”.
Del álbum presentaron
tres composiciones pero lo mejor,
sin duda, fue el equilibrio
que intentaron mantener entre
todas sus entregas y lo bien
aprovechada de la hora.
Samael es
un grupo que amas u odias pero
no dejan indiferente. Eso sí,
espero que todos alaben las
prestaciones de Xy porque este
señor es una auténtica
máquina y en su doble
papel de baterista, teclista
da un espectáculo que
jamás he visto a ningún
compañero de instrumento.
En sus anteriores giras estaba
más centrado en el teclado
porque sus discos eran más
“electrónicos”
pero ahora casi se puede decir
que se mueve al cincuenta por
ciento. Me sorprendió,
asimismo, como el serio y distante
Vorph charló con la audiencia
y se metió en el papel
de frontman cuando aparcó
su guitarra para exclusivamente
cantar en “The ones who
came before” y la no esperada
“Infra galaxia”
del “Eternal”. Entre
medias, ya nos habían
deleitado con “Rain”
y la blackera “Baphomet´s
throne” que, últimamente,
ha desplazado a “Black
trip” como representante
en directo del glorioso “Ceremony
of opposites”.
La parte más
“bailonga”, esa
que muchos llama tecno y no
comprenden su error, surgió
con “Solar soul”
y “Reign of light”.
Es en ese disco, “Reign
of light” donde encontramos
esa controversia mayor pero,
personalmente, me parece brillante
y eché de menos “Moongate”,
“On earth” o “Telepath”.
No obstante, ellos seguían
a su rollo y parecían
encantados porque también
Masmiseim y Makro, siempre en
segundo plano, sonreían
y se movían de esa forma
tan “rara”, en especial
Masmiseim. “Black hole”
fue presentada por Vorph como
un corte muy cañero y
de lo actual viajamos al pasado
con la gran novedad del repertorio,
un “Into the pentagram”
mitiquísimo de su debut
“Worship him”. La
alegría para los pocos
conocedores de la carrera de
Samael fue enorme. “Into
the pentagram” es un himno
al maligno, black doom primitivo
(salió, por primera vez,
en el EP “Medieval prophecy”
de 1988), lento, agónico,
tétrico. En plena canícula
no pegaba mucho pero conseguimos
abstraernos a la luz del sol.
Por supuesto,
resultó el momento cumbre
de la descarga que terminó
con el single de “Solar
soul”, “Slavocracy”,
y una habitual para decir adiós,
“My saviour” de
“Passage”, probablemente
su trabajo más celebrado,
escuchado y vendido. Supongo
que no ganarían nuevos
seguidores porque la explanada
estaba vacía y los que
les seguían desde la
sombra seguro que flipaban con
el grado de frikismo de Xy,
el ropaje de Vorph o los sonidos
“maquineros”, pero,
en mi opinión, Samael
dieron un concierto notable
alto, lo máximo que podían
conseguir dadas las condiciones
de calor, falta de nitidez y
ausencia de público.
De este primer fin de semana,
fueron de los pocos grupos que
me hicieron vibrar.
SODOM:
NAPALM EN LA HORA DE LA SIESTA
Tom Angelripper
y los suyos tampoco son muy
afortunados con los horarios
que les colocan en los grandes
festivales españoles
en los que participan. Deben
ceñirse a su adorado
y más underground Heavy
Metal Heart para poder encabezar
carteles. Sodom es un gran grupo,
de eso no hay ninguna duda pero
quizá por la idiosincrasia
de su líder, en directo
no pueden competir con Kreator
o Destruction, por nombrar a
sus competidores principales
de los ochenta. Todas las veces
que les he visto he terminado
con la impresión de que
estaba bien pero podían
dar más de sí.
El problema fundamental es similar
al que hablábamos con
Axxis: hay demasiados parones
entre sus canciones, con lo
que no logran reventarnos los
tímpanos, destino último
de la música de los teutones.
Es un tema
que me encanta pero “Napalm
in the morning” no es
la idónea para desencadenar
una tormenta. Su ritmo machacón
y cadencioso es perfecto para
el headbanging pero no para
la locura. Súmale esa
revisión tan peculiar
de “Outbreak of evil”,
con su primera mitad reinventada
y decelerada, y una canción
en sí que tampoco alcanza
la velocidad de la original.
Resultado final: sí pero
no. Para arreglar esto, llegó
“Axis of evil”,
para mí la mejor composición
de su último trabajo,
pero al ser del “Sodom”
no es de las más conocidas.
La gente estaba allí,
disfrutaba, pero entre el calor
y la propia actitud de Tom y
compañía, solo
nos vinimos arriba con “The
saw is the law”. Para
colmo, el sonido era bastante
deficiente para ser solo tres
individuos.
“City
of God” sirve para tomar
un descanso porque aunque su
inicio es prometedor, en directo
no crean ese muro ni por asomo.
Además, el estribillo
me parece insustancial. Mucho
mejor en estudio. Otra cosa
que no acabo de comprender es
el por qué seguir con
“Blasphemer” en
el repertorio. Estuvo bien que
la metieran a propósito
de la regrabación de
cortes primigenios “The
final sign of evil” pero
sería mejor que introdujeran
un “Witching metal”,
por pedir algo, porque de nuevo
sucede que si los has visto
un montón de veces sientes
que presencias el mismo show
en diferentes lugares. Es más,
lo único sorprendente
fue cómo anunció
en un castellano macarrónico
e ininteligible Tom Angelripper
“Ayente naranya”o
algo así el “Agent
orange”.
La segunda
mitad del show transcurrió
por idénticos derroteros.
Correctos pero sin matar. Daba
igual que fueran cosas del siglo
XXI como “Wanted dead”
o “M-16”, o clásicos
tipo “Sodomy & lust”.
“Remember the fallen”
vino a ser el punto álgido
de una actuación que
tuvo su réquiem con “Bombehagel”,
divertido como no podía
ser menos. Curioso que no cayeran
“Ausgebombt” ni
“Wachturm” pero
la exprimidora no funcionaba
demasiado bien en Zaragoza.
No voy a decir que Sodom aburrieran
porque mentiría pero
que nunca me han gustado tanto
como deberían, lo afirmo
con rotundidad. Lo malo es que
temo que los veinticinco mejores
conciertos de los alemanes ya
han sido. Ahora están
para cumplir el expediente,
ofrecer una dosis de thrash
primitivo y a otra cosa. No
es poco pero se demanda más.
DUFF
MCKAGGAN´S LOADED: LOS
PULPOS Y EL GARAJE
A veces nos
quejamos de que en los carteles
no hay variedad pero cuando
nos ponen algo distinto, también
protestamos. Esta frase sería
la primera que me reprocharían
quienes criticaran el por qué
considero que no tiene ningún
sentido meter a la banda Duff
McKaggan, el otrora bajista
de Guns N´ Roses y Velvet
Revolver. Pues sí, digo
que Loaded no pegaban ni con
cola en el Metalway y los hechos
lo demostraron. Una cosa es
que vengan “golosinas”
no habituales y otra cosa es
la incoherencia. ¿Quién
de los presentes conocía
canciones de los dos discos
del cuarteto? El año
pasado, si mal no recuerdo,
estuvieron en el Azkena, un
evento en el que la gente sí
puede apreciar más su
propuesta o la serie de versiones
que se marcaron, peor entre
el heavy medio, eso de The Stooges,
Rolling Stones o ZZ Top suena
a chino.
Con el sonido
más aceptable de cuantos
habían por el escenario
hasta ese instante (¿sería
por su lugar de procedencia,
Estados Unidos? Si llevaban
su propio técnico, apuesto
que sí), la formación
de Seattle saltó ante
tan poco o menos público
que Samael. Imagino la cara
que tuvo que poner Duff, con
un atuendo a medio camino entre
tipo cool y antiguo metalero,
con chaleco fashion y camiseta
vintage de Venom. Creo que rápidamente
intuyó McKaggan esto
y adoptó la actitud de
ensayo con público. Por
ello, tanto “Sick”
como “Executioner´s
song”, del EP “Wasted
heart”, parecieron más
rotundas y poderosas. Duff y
su guitarra se encargaban de
los ritmos mientras que Mike
Squires ejecutaba prácticamente
todos los solos.
No obstante,
hay algo con lo que Loaded no
cuentan y es que provocan la
indiferencia más absoluta
en la gente. Incluso, los pocos
que iban predispuestos se quedaron
en el camino porque las composiciones
de estos caballeros son mediocres.
Si no hay canciones buenas,
el esfuerzo es baldío.
Daba igual que los cortes que
interpretaran fueran de “Sick”
o del debut “Dark days”,
la sensación es que estamos
ante un grupo que no aporta
nada, perdido en la inmensidad
de un hard rock medio moderno,
con espíritu punk del
77 y herencia sleazy, es decir,
un conglomerado en el que las
piezas de puzzle no encajan.
En Zaragoza contribuyó
la ignorancia de un público
al que le tocas (mal) el “So
fine” de Guns N´
Roses, que aparecía en
el “Use your illusion
2”, y ni se entera. La
versión del “Attitude”
de Misfits, que ya cantó
Duff en el “Spaghetti
incident”, algo más,
y el inmortal “I wanna
be your dog” de The Stooges,
con el medley intermedio, pues
como tampoco era familiar para
la concurrencia. En el medley,
cada miembro interpretó
su trozo correspondiente. El
bajista Jeff Rouse tiró
de ZZ Top, Squires eligió
el “TNT” de AC/DC
y el baterista Geoff Reading
optó por un “Living
alter midnight” de Judas
Priest que sí sonaba
al respetable. Por su parte,
Duff se defendió notablemente
con el “Wild horses”
de The Rolling Stones, que a
la postre fue lo que más
me gustó de su actuación
junto a la propia “Seattlehead”,
toda una declaración
de “guerra” con
Los Angeles.
El punto tragicómico
de la tarde vino cuando Duff
se enfundó el bajo y
empezaron a dibujar las notas
de “Welcome to the jungle”.
De repente, el público
despertó y fue gracioso
cómo empezaron a acercarse
al escenario. Entonces, McKaggan
comentó: “¿Qué?
¿Ahora ya despertáis?”
Y paró el “Welcome
to the jungle” para amagar
con “Paradise city”.
Tocaron la parte lenta y cuando
cambia, volvieron a parar para,
ahora sí, despedirse
con “It´s so easy”
la canción más
“Duff” de los Gunners.
De todas las aventuras que han
tenido Slash, Izzy o McKaggan,
únicamente salvo Snake´s
Pit y su increíble segundo
disco, o los Neurotics Outsiders
de Duff y Steve Jones de Sex
Pistols. El resto, para llorar.
Y estos Loaded a la cabeza.
Mediocres.
RIOT: LA DECEPCIÓN DE
MI VIDA – SEGUNDA PARTE
De esta forma
titulé la reseña
que hice de su concierto en
el extinto Atarfe Vega Rock
de Granada. Aquella fría
tarde de sábado iba con
la ilusión de un niño
pequeño, solo un peldaño
inferior de la emoción
que sentí en el Machina
Rock Festival la noche en que
Savatage reinaron en Moncofa.
Sin embargo, la decepción
con los de Nueva York fue enorme
pero no por su culpa. La bola
de sonido que había en
aquella nave hacía irreconocibles
las canciones, y os aseguro
que muchas me las sé
de memoria. Como la vida da
segunda y terceras oportunidades,
pude resarcirme en Palencia,
Madrid y, de nuevo, Madrid con
soberbias actuaciones, a la
altura del estatus en que les
tengo. Me maravilló el
peculiar Mike Tirelli, ahora
convaleciente de una operación
por un cáncer de estómago
(ponte bueno, campeón),
capaz de cantar el material
de cualquier época y
vocalista que había pasado
por la banda.
Mi demanda
de Riot había quedado
más que satisfecha pero
el destino nos guardaba una
vuelta de tuerca más:
la reunión de la formación
de su disco más mítico,
de aquel que ocupa un lugar
de privilegio en mi Olimpo personal
junto al “Operation: Mindcrime”
de Queensryche, el “Appettite
for destruction” de Guns
´N´ Roses, el “Streets”
de Savatage o el “Trascendence”
de Crimson Glory. Me refiero
a “Thundersteel”,
la obra cumbre de Mark Reale,
una sinfonía de heavy
metal en clave USA. Ahora se
nos abrían las puertas
de par en par para escuchar
los himnos en él contenidos
y también los del “Privilege
of power”, el otro magnífico
(aunque muy inferior) trabajo
que registraron con estos componentes:
Mark, Tony Moore, Don van Stavern
y Bobby Jarzombek, acompañados
por Mike Flyntz, la mano derecha
de Reale en las dos últimas
décadas y que hizo esas
giras aunque no grabó
los discos.
El estado de voz de Tony Moore
era una duda y sobre él
recaían gran parte de
las expectativas pero desde
un punto de vista muy personal
y subjetivo, este concierto
venía marcado por una
canción: “Bloodstreets”.
El único videoclip que
registraron en esa etapa y una
odisea callejera en clave de
medio tiempo, vibrante, emotivo,
glorioso, una de los temas que
me acompañará
siempre. Quizá esté
siendo excesivamente meticuloso
pero después de cuatro
conciertos de Riot, tres de
ellos geniales, tenía
que centrarme en objetivos concretos.
Juré no mirar los set
lists de las dos actuaciones
previas pero no pude resistirme:
allí estaba ella, “Bloodstreets”,
dominando un repertorio increíble.
En Zaragoza disponían
de diez minutos menos que en
el Sweden Rock pero no creía
posible que se cayera precisamente
la composición por la
cual había obviado el
Hellfest, el Kobetasonik y cualquier
otro festival que se celebrara
este fin de semana.
Un par de
minutos antes y con el viento
arreciando, los acordes de “Narita”
nos dieron la bienvenida. No
me voy a parar mucho en el concierto
porque la reseña la hago,
a diferencia de otros, desde
las entrañas. El sonido
empezó embarullado pero,
sin ser destacable, sí
que se arregló lo suficiente
como poder distinguir los instrumentos.
La guitarra de Mark, no obstante,
estaba un poco baja. Por cierto,
temí porque su peluca
se volara pero no, los problemas
en este aspecto los tuvo Bobby
a quien le tenían que
sujetar los aéreos. No
me extraña con esa pegada
tan descomunal que posee. Tony
Moore salió con una camiseta
de fútbol americana con
el número 44 y el nombre
de Obama. Si bien se quedó
a medio camino en unos cuantos
agudos, la impresión
global es que el vocalista superó
con creces la prueba. Quizá
esperaba menos pero le calificaría
de notable alto. Muy bien por
el gran Tony.
El repertorio
resultó del agrado de
la mayoría. Tuvieron
protagonismo principal “Thundersteel”
y “The privilege of power”
pero no total. Entiendo que
la inicial “Narita”
y “Warrior” sean
imprescindible pero me hubiera
saltado “Swords &
tequila” y “Outlaw”,
sobretodo viendo lo que pasó
después. Presentaron
un corte nuevo, “Wings
are for angels”, con buenas
estrofas y estribillo prescindible.
De los álbumes que se
recordaban cayeron los temas
típicos que ya hacían
Riot con Tirelli, Pete Pérez
y Frank Gilchriest, es decir,
“Johnny´s back”,
“Flight of the warrior”,
“Thundersteel” y
“Dance of death”.
Además, interpretaron
la genial “Fight of fall”
que llegó después
de “Narita”, una
brutalísima “On
your knees”, “Metal
soldiers” y “Storming
the gates of hell”, con
un interludio central del “Racing
with the devil on a spanish
highway” de Al DiMeola,
esto es, de las “raras”
tres de “Privilege”
y una “Thundersteel”…
… pero
no, no estaba “Bloodstreets”.
Del set list del Sweden Rock
se cayeron “Sing of the
crimson storm” y la canción
que era mi leif motiv del festival.
Cuando fui consciente de que
no iba a ser tocada, mi euforia
desapareció. Me eché
las manos a la cabeza y me entraron
ganas de llorar. Sí,
es muy fuerte, quizá
ridículo, pero mentiría
si contara otra cosa. Ese tema
era “mi festival”.
De ahí lo de “la
decepción de mi vida”.
Con un significado muy distinto
que en Atarfe pero de consecuencias
iguales o peores. Sin ganas
de hablar, los dos miembros
de esta redacción que
cubríamos el evento,
nos alejamos, cabizbajos, con
el final de “Warrior”.
Reitero, si soy objetivo, triunfaron,
pero yo estaba “en otro
concierto”. Estos barcos
solo pasan una vez y en Zaragoza
se olvidaron de “Bloodstreets”.
Lo que venía después,
me importaba poco.
EUROPE:
¿UNA ÚLTIMA MIRADA
AL PASADO?
Poquísimas
ganas tenía de ver a
Europe tras el berrinche que
había cogido por lo acontecido
con Riot. Cuatro veces desde
su reunión y temiendo
que se dedicaran a ofrecernos
nuevas joyas (según ellos)
para nuestros delicados oídos,
para colmo un problema con el
teclado de Mic Michaeli hizo
que el show comenzara con veinte
minutos de retraso (como consecuencia
de esto, se saltaron unas cuantas
canciones como “Carrie”,
“Seven doors hotel”
o “Ready or not”)
y con una mezcla infame, de
ahí las caras largas
con que saltaron a escena los
cinco suecos. Joey Tempest miraba
cabreado a los técnicos
y Norum intentaba capear el
temporal con una tonalidad de
guitarra muy extraña,
como desafinada. Esto implicó
no poder formarme una opinión
sobre la reciente “Last
look at Eden” aunque en
estudio no me convence nada.
Ella fue la única referencia
a lo que será su próxima
obra.
Ahora bien,
pensaba que estando en el contexto
de un festival y con un público
predispuesto, se decantarían
por un material más clásico
para que todos los presentes
corearan los temas. Además,
contaban con la ventaja de un
buen horario y que fue el concierto
más numeroso del sábado.
Pero no, Europe vienen a defender
su etapa actual a capa y espada,
algo loable pero no excesivamente
adecuado en esta situación.
Por eso, continuaron con “Love
is not the enemy” y también
incluyeron las notables “Always
the pretenders” y “Start
from the dark”. Como si
quisieran retroalimentarse y
justificar la dureza que demuestran
sobre las tablas, han recuperado
“Scream of anger”
del “Wings of tomorrow”
que desde la gira de reunión
había sido dejada de
lado. Me encanta esta canción
pero les queda embarullada,
sobre todo a un John Norum empeñado
en dar más y más
crudeza a sus seis cuerdas.
Tendrían que cambiarla
ya por “Stormwind”.
Este espíritu
de “a la vejez, viruelas”,
se refleja en cada ejecución.
Así, por ejemplo, “Superstitious”
era un tema dulce, fino y delicado.
No digo que ahora no lo sea,
pero aparecen los aires metaleros
que originariamente no se intuían.
Con “Sign of the times”
descubrimos que el sonido se
había arreglado un poquito
y grata, por inesperada, resultó
“Seventh sign” del
“Prisoners in paradise”.
Eso sí, es un elección
errónea porque el tema
título o algún
otro habrían gozado de
mejor respuesta. Además
de esa dualidad en la que se
mueve John, Tempest sigue sin
ser el mejor cantante del mundo.
Creo que más debido al
enfado que a otra cosa no tuvo
su tarde aunque sus personales
registros le salvan de la debacle.
El resto, oscuros, bastante
oscuros. El teclado de Mic se
arregló pero no una de
los dos micrófonos lo
que impidió escuchar
los coros en multitud de ocasiones.
Desgraciadamente
para Europe, por muchos que
los cuatro discos acompañantes
de sus primeros años
sean impresionantes y que, incluso,
“Start from the dark”
me parezca excelente, para el
público que se decanta
por los hits (como sucede en
festivales) y no en la profundidad
de sus discografía, los
escandinavos están ligados
a un único álbum.
De ahí que los compases
del “Rock the night”
pusieran patas arriba Valdespartera.
Es una gran canción pero
tiene el fallo de que repite
el estribillo hasta la saciedad.
Momentáneamente abandonaron
el escenario siendo el primero
en regresar Ian Haughland que
con su batería marcó
el inmortal redoble de “Cherokee”.
No la esperaba (porque en el
tour del “Secret society”
no sonó) y por eso me
hizo recobrar la sonrisa perdida
una hora antes. Para mí,
fue, de largo, lo más
grande de una descarga que culminó,
como no podía ser de
otra forma, con “The final
countdown”. Algún
día me explicaran por
qué samplean los teclados
iniciales. El caso es que a
la gente no pareció importarle
porque disfrutaron al máximo.
Europe fueron de menos a más
y, al final, se congraciaron
y cuajaron un show digno cuando
el ocaso de la tarde se acercaba.
A mí ya no me seducen
pero lograron rehacerse con
profesionalidad a las circunstancias
adversas con las que lidiaron.
Eso hay que reconocerlo y resaltar
su mérito.
WASP:
EL REY SOL
“Cuando
el rey quería, era el
hombre más agradable
y amable del mundo. Sin ser
perfecto, nuestro rey tenía
grandes y bellas cualidades
y no mereció ser tan
difamado y despreciado por sus
súbditos a su muerte.
Mientras vivió, le adularon
hasta la idolatría.”
Así definió su
cuñada a Luis XIV de
Francia, el conocido como “El
Rey Sol”. Si su adorado
Jim Morrison era “El Rey
Lagarto” había
que poner a Blackie Lawless
un mote a la altura de su leyenda.
Sí, muchas veces le he
llamado prestidigitador, vendedor
de crecepelo, vende burras,
etc. Lo pienso y me reafirmo,
pero el tipo tiene tal magnetismo
entre sus fans que merece ser
elevado de estadio y colocarse
en una posición magna,
noble o real. ¿Por qué
“El Rey Sol”? Además
de que creo que casa con la
sentencia con que comenzábamos
el párrafo, ya en un
tono jocoso y cariñoso,
también porque a Luis
XIV no se le podía mirar
a la cara. A nuestro ídolo
Lawless tampoco, aunque por
otros motivos que podréis
comprobar en alguna de las fotos
que acompañan a este
reportaje.
Últimamente,
me ha dado por meditar sobre
fenómenos extraños
y, en el caso paranormal que
nos ocupa, me he convencido
de que Blackie es más
grande que la vida. Cuando creía
que su carrera no daba más
de sí y que se arrastraba
por los escenarios del mundo
engañando a los pocos
fieles que le quedaban, nuestro
héroe se saca de la chistera
un discazo magnífico
como “Dominator”,
se embarca en una gira temática
de su seminal “The crimson
idol” que hace caer rendido
al más escéptico
y derroche carisma. Esto último
diréis que siempre lo
ha tenido pero el pájaro
está en la madurez (casi
senectud je, je) y sabe cómo
provocarnos sin parecer chulesco
o zafio. Tan aborregada (en
el buen sentido) está
su masa de fervientes seguidores
que da igual que WASP ofrezcan
un concierto casi igual al Monster
Of Rock de Zaragoza de hace
tres años porque se le
va a aplaudir, ¡qué
digo!, ovacionar, vitorear y
alabar unánimemente.
¿Cuál
es el secreto? Lo ignoro pero
me quito el sombrero. ¿Qué
la sombra de los pregrabados
acecha? Nada, infamia de mediocres
críticos. ¿Qué
curiosamente la voz sube y baja
cuan montaña rusa se
tratara? El viento que, incluso,
corre en los clubes donde toca…
¿Qué repetimos
repertorio? ¡Coño,
es WASP! Yo quiero oír
el “I wanna be somebody”
y el “Blind in Texas”.
En fin… El medley de inicio
fue, de nuevo, compuesto por
“On your knees”,
“Inside the electric circus”
y “Hate to love me”,
esta última interpretada
en su totalidad. El sonido,
reitero, era curioso. Las voces
iban y venían de manera
caprichosa. La música
también pero ésta
más relacionada con la
fuerza de Eolo. Blackie está
tan seguro de sus fuerzas que
ni se molesta en cambiar el
orden de los temas o su presentación.
“L.O.V.E. Machine”
desató la locura y “Wild
child” provocó
el delirio generalizado. Lawless
se movía más que
sus compañeros, resultando
que el siempre hiperactivo Mike
Duda estuvo un poco más
gris de lo habitual, mermado
por una lesión de rodilla.
El momento
más alucinante fue “Take
me up”. Me pareció
tan increíble el vozarrón
que se gastó Blackie
y lo bien que sonó que,
lo siento, dudo mucho que no
estuviera grabado. No lo puedo
demostrar y prefiero quedarme
con la brutal ejecución
de este genial medio tiempo
pero, no sé, me pareció
tan perfecto como irreal. Continuamos
con las maravillas y “Chainsaw
Charlie” hizo vibrar a
los más fanáticos.
También “The idol”
donde, como es norma, Doug Blair
alarga el solo final para que
las cuerdas vocales de Lawless
descansen. Como ellos no recuperaron
tiempo respecto a Europe, también
acortaron su actuación
diez minutos. Por lo tanto,
solo quedaba espacio para “I
wanna be somebody” y la
festiva “Blind in Texas”.
Todos los asistentes reverenciaron
a su rey. El monarca saludó
satisfecho aunque creo que en
el Hellfest el día anterior
había sido el acabose
con los franceses. No sé
qué decir, Blackie me
deja sin palabras. Me parece
que voy a aplicar lo de la famosa
rumba: “Obi, oba, cada
día te quiero más”.
Menudo crack.
BLIND
GUARDIAN: VUELVA USTED MAÑANA
¿Qué
es lo peor que puede ocurrir
en un festival cuando la noche
cae y la sensación térmica
es gélida? Que salga
un grupo y te deje frío.
Con Blind Guardian existían
grandes posibilidades de que
esto sucediera. El Rey Sol,
Blackie, había dejado
su estela, y su homónimo,
el de verdad, desaparecía
en lontananza. El dueño
del fin de semana, el viento,
seguía soplando con fuerza
y la mayoría no veníamos
preparados por lo precisábamos
algo movidito, marchoso y con
ritmo. Hansi Kursch y los suyos
serán muy buenos en estudio
(que hace años lo fueron)
pero sobre un escenario la imagen
que ofrecen es pobre en comparación.
Hansi es la antítesis
del frontman y haría
mejor volviéndose a enfundar
el bajo; los amigos Olbrich
y Siepen se dedican a tocar,
y el resto son meras comparsas
que tienen su stand y no pueden
participar en la fiesta.
Existía
una posibilidad de que esto
se convirtiera en algo interesante
porque había prometido
un lavado de cara importante
al repertorio. Es verdad, lo
hicieron en parte pero la elección
fue tan ridícula que
casi resultó contraproducente.
Comencemos. El retraso acumulado
era de media hora, la gente
se impacientaba pero, sin alardes
y con el tono discreto habitual,
salieron los bardos comandados
por un Kursch que ha decidido
para un hombre de negocios de
mediana edad con ese corte de
pelo y raya a un lado que se
esfumó en segundos. No
tuvieron mejor ocurrencia que
abrir con “This will never
end”, como si “A
twist in the myth” hubiera
calado entre sus seguidores
y no fuera considerado aún
peor que el “A night at
the opera”. Sin duda,
para hacérselo mirar.
Con “Another holy war”
parecía que aquello tenía
que remontar pero la insulsa
interpretación solo contento
a los irredentos de los germanos.
Considerar
“Nightfall” como
un lavado de cara del repertorio
es una broma de mal gusto pero
supuse que alguna típica
tendría que caer. No
es de mis preferidas pero a
su gente le encanta. Eso sí,
Hansi sufriendo más cada
año. Lo que me parece
un cachondeo es lo de “Fly”.
No contentos con tener que soportarla
en la susodicha gira, insisten
en que este bodrio continúe
torturándonos. ¿Por
qué? Ellos sabrán.
Para darles el caramelito a
los menos exigentes tiraron
de “Valhalla”. Y
me vuelvo a preguntar: ¿Es
éste el set list cambiado
prometido? Marca de la casa
es el coro eterno del respetable
pero es que ni el propio Hansi
ya se cree. Pone el micro al
público con una desgana
que parece que le hubieran obligado
a estar ahí. A su lado,
André y Marcus eran tipos
activos.
Por fin, anunciaban
algo novedoso…errr, vale,
el problema es que interpretaron
una canción de lo que
será su próxima
entrega. “Sacred”
se titula y preveo negros nubarrones
en el horizonte porque como
todas sean así, pueden
llegar a superar en mediocridad
a “A twist in the myth”.
Aquello no tenía vuelta
atrás; el aburrimiento
se había adueñado
de la mayoría. Finalmente,
sí recuperaron un corte
antiguo pero escogieron una
composición más
“difícil”
como “The quest for Tanelorn”.
Patinazo porque del “Somewhere
far beyond” tenían
como alternativas más
viables y festivaleras el propio
tema que le da nombre o las
geniales “Time what is
time” o “A journey
through the dark”, pero
Blind Guardian se empecinaban
en ir a su bola. Otra prueba
de este hecho es la inclusión
de “Punishment divine”
de “A night at the opera”.
Pues muy bien. Si tienes dos
horas, de acuerdo, pero con
menos de sesenta minutos, es
para mandarles a esparragar.
Afortunadamente,
había que abreviar y
aquí ya se acabaron las
tonterías. ¿Qué
quiere la masa? Démosles
lo que piden: “Script
for my requiem” y la inefable
“Mirror mirror”,
un auténtico cáncer
en todo concierto de Blind Guardian
que se precie. Lo más
grande es que se quedaron sin
tiempo para el karaoke metal
de “The Bard´s song
- in the forest”. Lo más
lamentable es que la gente salía
cariacontecida y hasta indignada
porque no la habían tocado.
Más aún, faltaban
imprescindibles como “Imaginations
from the other side”,
“Bright eyes”, etc.
Es decir, toda la colección
de temas que siempre caen en
sus giras y muchos estamos hartos
de escuchar. No sé qué
fue más penoso, el show
decadente de Blind Guardian
o sus seguidores más
radicales. Con prácticamente
la mayoría de temas de
sus cuatro primeras obras se
podrían haber apuntado
un tanto, mas eligieron el camino
incorrecto. Un horror.
CHILDREN
OF BODOM: PESADILLA ANTES DE
NAVIDAD
Seguíamos
con el retraso acumulado y el
frío in crescendo cuando
llegó el tuno de unos
chicos acostumbrados a las temperaturas
bajo cero. Children Of Bodom
volvían a la actividad
después de suspender
un tramo de su gira americana
como consecuencia de la rotura
de clavícula de Alexi
Laiho y es que, amigos, el alcohol
descontrolado es muy malo. El
enfant terrible finlandés
intentó continuar pero
era imposible acomodarse la
guitarra. Estas lesiones son
dolorosas y necesitan reposo.
Dolorosa también era
la espera que afrontaban muchos
viejos roqueros. Con WASP disfrutaron,
con Blind Guardian bostezaron
pero, para muchos, Children
Of Bodom fue un muro imposible
de franquear porque no había
sitio (salvo los coches) para
refugiarse de la adversa climatología.
Los más
jóvenes, por el contrario,
aguardaban en las primeras filas
a que el maestro de ceremonias
saltara a escena. Llevaban ya
un par de años ausentes
de nuestro país porque
el tour europeo de enero y febrero
con Caníbal Corpse no
sobrepasó los Pirineos.
Por esta razón, sus seguidores
no habían podido escuchar
los temas de “Blooddrunk”
en directo. Ese era el principal
aliciente para muchos que Laiho,
el borrachín de Warmen
(siempre con una cerveza en
la mano) y compañía
tenían otras ideas porque
optaron por un repertorio en
el que el principal protagonista
iba a ser su, en mi opinión,
mejor entrega “Hatecrew
deathroll”. Eso sí,
me sigue pareciendo imperdonable
que ignoren su debut “Something
wild”. Quizá a
nivel compositivo haya sido
superado por todo lo posterior
pero la frescura que desprendía
aquel álbum no la han
alcanzado jamás.
La puesta
en escena muy sobria, justo
lo opuesto a su estado habitual.
Salieron, se enfundaron sus
instrumentos y arrancaron con
la fantástica “Needled
24/7”. El sonido no era
todo lo nítido que podríamos
haber deseado pero en las circunstancias
en que se desarrollaba el festival,
tampoco fue de los peores. Los
ojos siempre se centran en el
dúo Warmen – Laiho
pero me pareció ver a
Roope Latvala más activo
que en otras ocasiones. Comenzaron
muy calientes, algo que era
imprescindible para no dormir
al personal, porque rápidamente
enlazaron con “Bodom beach
terror”, también
recogida en “Hatecrew
deathroll”. Así,
sus entusiastas seguidores intentaron
llevarles en volandas, si bien
algún que otro parón
entre tema y tema les perjudicó.
“Hate me” es otra
favorita de los fans, single
de “Follow the reaper”,
para muchos su preferido.
Seguíamos
con un recorrido por su trayectoria
y nos acercábamos a la
actualidad con “In your
face” y “Living
dead beat”, buenos cortes
que pertenecen al disco con
el que me desenganché
de su propuesta, “Are
you dead yet?”. Algunos
no lo entenderán pero
Children Of Bodom me empezaron
a parecer muy cansinos, tanto
que hoy no los tengo como referencia
ni la vigésima parte
de lo que significaron para
mí hace siete u ocho
años. Cosas de la vida,
será. A la sexta fue
la vencida y, finalmente, cayó
el tema título de su
reciente obra “Blooddrunk”,
con notable acogida entre las
primeras filas. Prueba de que
eligieron un repertorio bastante
equilibrado resultó esa
especie de medley que crearon
entre “Children of decadence”
y “Bed of razors”.
En distintas giras de los finlandeses
pienso que ya he escuchado prácticamente
enteros “Hatebreeder”,
“Follow the reaper”
y “Hatecrew deathroll”.
Buena señal.
La parte final
del concierto tuvo, para mí,
unos minutos de decaimiento
porque “Hellhounds on
my trail” no me convence
y “Angels don´t
kill” mola pero no a la
una de la madrugada, en el último
segmento de la actuación
y con la que estaba cayendo.
Habría sido más
inteligente “Sixpounder”,
“Bodom beach terror”
o “Warheart”, por
poner ejemplos típicos.
No obstante, ellos decidieron
y hay respetarlo, aunque no
me agrade. Para concluir, dos
que sí tienen que estar
prácticamente en cada
show: “Downfall”
y “Hatecrew deathroll”.
Alexi tuvo un detalle bastante
gracioso y es que antes de la
última canción,
y en una de las referidas pausas,
Warmen dibujó la archiconocida
melodía del “The
final countdown”. Laiho
le abroncó (en broma)
y comentó: “Al
menos tú lo tocas en
directo”. Fue un punto
divertido para culminar una
hora de buena actuación.
Quizá los que les siguen
con fervor disfrutaran más.
A mí terminaron por hastiarme
pero estoy seguro que con otro
clima, mi impresión habría
sido más favorable. Me
esperaba poco y cumplieron con
creces.
BARÓN
ROJO: VUELO RASANTE
No sé
por dónde empezar…
Es complicado hablar de esto…
Veamos, mis expectativas ante
la reunión de Barón
Rojo no eran grandes. En bastantes
ocasiones he visto a los hermanos
de Castro (con los dos acompañantes
de turno) y me he sentido muy
frustrado; por otro lado, un
concierto de Sherpa (con Hermes
en los tambores) no me reportó
nada más que un tío,
que sí, que era la voz
de Barón en la mayoría
de hits pero recitando las canciones
más que cantando. Por
la motivación de la pasta
no hay problema: todos los hacen.
A ver si os creéis que
las rencillas se pasan de un
día para otro y todos
tan amigos. Ni Harris es colega
de Dickinson ni Halford se va
de farra con Downing y Tipton.
Por lo tanto, si el cheque fue
tan suculento como para aceptar,
mejor para sus cuentas corrientes.
Lo que no
parece ni medio normal es cómo
se montó esto. La reunión
de la formación original
de la banda más grande
de hard & heavy que ha habido
y habrá en este puñetero
país no puede empezar
a las dos y cuarto de la madrugada
con siete grados de sensación
térmica. Es indecente
y ridículo. La hora programada
(la una y media) era de por
sí intempestiva pero
que haya retraso es de coña
porque esto tuvo efectos posteriores.
Tenían más canciones
preparadas que se quedaron en
el tintero. Contra el frío
no se puede luchar, diréis.
De acuerdo, pero si aquello
comienza a las diez, cuando
los cabezas de carteles en festivales
normales, todos los que habían
acudido al festival ese día
estarían delante del
escenario. Ocurrió que
el aspecto era descorazonador.
¿De verdad menos de cinco
mil personas es la capacidad
de atracción que tenía
este evento único? Seguro
que no, pero la propia contribución
de los protagonistas tirándose
mierda durante años,
los programadores del Metalway,
el Kobetasonik, etc… Entre
todos la mataron y ella sola
se murió.
Mi sensación,
debido a esto, fue agridulce
porque el concierto estuvo francamente
bien. No memorable pero sí
una actuación digna y,
por momentos, brillante donde
a Serpa se le notó que
se había preparado a
conciencia, ejerció de
maestro de ceremonias (algo
que a Carlos no le gustó
en exceso), incluso soltó
alguna puyita o indirecta, y
únicamente flaqueó
en las postrimerías cuando
se le acumuló el trabajo
vocal. Armando de Castro es
el gran valedor de la vigencia
del Barón. Con la guitarra,
el número y ayudando
a los coros en multitud de ocasiones,
encargándose de la voz
principal en “Hermano
del rock”. Carlos se vio
completamente superado por Sherpa,
si bien en sus últimas
aportaciones solistas en el
repertorio (“Cuerdas de
acero”, “Larga vida
al rock and roll”) se
recuperó y estuvo a la
altura. Hermes Calabria es un
metrónomo y, qué
demonios, si estaba el resto,
él también.
El set list
resultó de ensueño.
Seguro que todos queríamos
tal o cual canción pero
si no les dejaron tocar todo
lo que tenían preparado,
nos podemos dar con un canto
en los dientes. Veintiséis
composiciones, tocadas del tirón,
sin parones, sin solo, con poco
karaoke metal, acompañados
de unas proyecciones un tanto
cutres pero kitsch y ochenteras.
¿Qué más
se puede pedir? ¿”Anda
suelto satanás”?
¿”El pobre”?
¿”Diosa razón”?
¿”Casi me mato”?
¿”Chicos del rock”?
¿Alguna de “Obstinato”
o “No va más”?
Seguro que “Los desertores
del rock” habría
sido el morbazo je, je…A
lo mejor, pero unas cuantas
reitero que estaban previstas
y se las tuvieron que saltar
porque la policía dijo
que ya era tarde (casi como
en los viejos tiempos).
Aunque la
química personal sea
nula, la musical es indudable
y entre, sobre todo, Sherpa
y Armando funciona. Verles aparecer
y encarar “Concierto para
ellos” nos hizo un nudo
en la garganta hasta a los más
escépticos entre los
presentes, lo juro. Con el “Otra
vez aquí, sintonízamos…”
a más de uno se le cayeron
las lágrimas. ¿De
alegría? ¿De nostalgia?
¿De emoción? ¡Qué
más da! José Luis
Campuzano al bajo y voz, los
hermanos de Castro a las guitarras
y Hermes Calabria con su batería.
Quedaba la prueba de fuego.
Después del impacto inicial,
qué sucedería.
No estaba claro si aquello se
derrumbaría como un castillo
de arena y muchos deseaban que
acabaran tirándose los
trastos sobre el escenario.
Para nada. Insisto en que no
fue el concierto del año
(en ese contexto era inviable)
pero la sucesión de composiciones
que nos han acompañado
en la vida, bien tocadas (a
pesar del mal sonido que hacía
que la guitarra de Armando se
oyera baja), decentemente cantadas
y bastante aplaudidas, me supuso
recuperar la sonrisa perdida
en Riot.
“Tierra
de vándalos”, “Campo
de concentración”,
“Las flores del mal”,
la ovacionada “El malo”,...
Unas más habituales,
otras menos, pero todas esperadas.
¿Con qué nos sorprendieron?
Con unas cuantas. El trío
“Hermano del rock”,
la instrumental “Buenos
aires” y “Herencia
letal” no eran de las
fijas. En concreto, esta última
la ejecutaron en su versión
original, en la cañera,
no en el remake infumable de
“Obstinato”. Lástima
que terminara aturullada y caótica
porque habría sido lo
más grande del fin de
semana si la hubieran interpretado
bien. “Tierra de nadie”
es una habitual de los shows
de Sherpa, pero imaginaba que
con “Hijos de Caín”
y “Siempre estás
allí” de por medio,
a lo mejor la aparcaban, pero
no. Tampoco les quedó
especialmente bien, justo lo
contrario de “Un caso
perdido”, donde Carlos
dio el 100% de su voz y el propio
Sherpa reconoció que
el tema le pone los pelos de
punta y le parece increíble.
“Se
escapa el tiempo” es otra
de esas que estaba en la cuerda
floja y se salió. Nada
os digo de “Breakthoven”,
con muchísima gente a
mi alrededor dejándose
la garganta. Excelente. De ahí
en adelante se zafaron con sus
éxitos más importantes,
casualmente en su gran mayoría
del dúo Campuzano –
Carolina Cortés. Gran
detalle el de Armando cuando
invitó a la compañera
de Sherpa a salir a saludar
presentándola como una
parte fundamental de Barón
Rojo. Carolina correspondió
con dos besos a los hermanos
y así se cerró
la polémica que Armando,
innecesariamente, había
generado días antes en
su web cuando, de alguna forma,
minusvaloró el papel
de Cortés en la historia
del grupo.
El hecho de
tocar seguidas “Con las
botas sucias”, “Siempre
estás allí”,
“Cuerdas de acero”,
“Los roqueros van al infierno”,
“Barón Rojo”,
“Resistiré”
(precedida por la instrumental
“Efluvios”), “Incomunicación”
e “Hijos de Caín”
implicó que Sherpa terminara
justito pero, en términos
generales, desarrolló
una notable labor. Esa traca
definitiva levantó el
ánimo de los valientes
que aguantábamos estoicamente
el cierzo aragonés hasta
que nos anunciaron que la fiesta
se acababa y era hora de marcharse
a dormir. ¿Habrá
más? No lo sé.
Creo que si todo lo que giraba
alrededor del concierto hubiera
sido idónea, como ellos
comentan en su tema emblema,
hubiera sido “un gran
final”. Me imagino la
Plaza de las Ventas llena, horario
normal, público entregado,
buena temperatura, sin restricciones
de repertorio y ellos diciendo:
“Buenas noches y hasta
siempre”. Como no ocurrió
de esta manera, tal vez el dinero
haga milagros. En cualquier
caso, yo estuve allí.
DOMINGO 21: UN HOMBRE SIN PIEDAD
Mal que bien,
el primer día oficial
del Metalway había concluido
con algún que otro resfriado,
poco público, regulares
sensaciones, pero sin alteraciones
sobresalientes. Esto lo digo
a posteriori porque no imaginábamos
qué iba a concurrir cuando
al concluir Barón Rojo
casi a las cinco de la madrugada
nos acostábamos. Y es
que llegó Tony Iommi,
o su espalda, o el viento, o
vaya usted a saber qué,
pero el festival se diluyó
como un azucarillo entre la
impotencia, la indignación
y el desánimo. Si a esto
le unimos que Fear Factory también
cancelaron en el último
instante su concierto, el día
resultó frustrante. En
la sección “El
otro Metalway” analizamos
en profundidad los hechos. Total,
que solo el señor Jon
Oliva y los de siempre, Saxon
lograron desperezarnos y hacernos
vibrar. Un fallo en la alarma
del móvil supuso que
nos despertáramos demasiado
tarde, con lo que nos perdimos
a Cannibal Queen y Lauren Harris.
Lo mío con esta chica
es de coña. Son cuatro
veces las que he tenido la oportunidad
de verla y, por “h”
o por “b”, nunca
se ha dado la circunstancia.
Eso sí, lo que no esperábamos
es que al acceder al recinto
Heaveans Basement ya hubiera
terminado su actuación.
Me sorprendió que les
dieran sesenta minutos porque
no tienen material editado para
ello pero me parece fatal que
toquen menos y se larguen, si
bien no es su culpa porque se
dejaron la piel según
me contaron. Otra vez será.
LITA FORD: LA IMPORTANCIA DE
LAS EXPECTATIVAS
Sería
una necedad decir que uno de
los pocos alicientes (a nivel
de novedad) de esta edición
del Metalway era la presencia
de Carmelita Ford. Jamás
había tocado en nuestro
país y si bien no me
considero su principal fan (me
gustan canciones sueltas y punto)
era un lujo que la organización
no debería haber relegado
a la hora de la comida. Incomprensible
resulta, asimismo, que saliera
a tocar quince minutos antes
de lo previsto con lo que ahí
estábamos cuatro gatos
que nos pertrechábamos
en la sombra de las carpas y
quedamos sorprendidos ante tan
súbita presencia. Se
veía que estaban probando
instrumentos pero no pensé
que la cosa iba a ser inminente.
¿Intentaban dar margen
por si acaso luego se producían
retrasos? Ni idea aunque supongo
que esa no es la respuesta.
Antes de comentar
lo que fue el show un par de
apuntes previos. En primer lugar,
las críticas de gente
que había estado en el
Sweden Rock fueron demoledoras.
Ni ganas, ni fuerza, ni pasión.
Seguidores de Lita decepcionados
por su concierto. Hay un factor
importante. Si no estoy equivocado,
en Suecia ella era la única
guitarrista pero desde Zaragoza
tuvo una inestimable ayuda.
Aunque muchos no le conocieron,
nada menos que Ron Thal (o lo
que es lo mismo, Bumblefoot
de Guns ´N´ Roses)
hizo el papel de rítmico
o solista en según qué
temas. Fichaje extraño
pero de lujo porque el tío
toca realmente bien. Además,
la banda de acompañamiento
era excelente y con renombre
(aunque, reitero, ahí
ni dios se enteraba). El batería
no fue el habitual Stet Howland
(ex WASP) sino Dennis Leeflang.
Dennis es un holandés
que toca con Bumblefoot desde
que emigró a Estados
Unidos pero que en sus inicios
fue miembro de unos noveles
Within Temptation, justo antes
de editar su glorioso debut
“Enter”. Por su
parte, a los teclados teníamos
a Michael T. Ross, que a principios
de siglo militó en Hardline
y los míticos Angel.
Por último, al bajo y
con unas pintas criticadas,
PJ Farley, el bajista de Trixter
y 40ft. Ringo.
Me parecía
difícil que fallaran
con esta formación de
lujo pero todo dependía
del estado vocal de Lita y la
manera de encarar el show. Con
una guitarra chulísima
con motivos de una marca de
vodka, Ford apareció
en escena con la excelente “Larger
than life”, quizá
mi favorita. El sonido no era
malo y a Lita no la vi floja
de cuerdas vocales. Es cierto
que soltó algún
gallo pero vamos, para la edad
que tiene se conserva bien,
no solo para cantar sino físicamente.
En la cara y el cuello (que
se protegía coquetamente
con un collar) se nota el paso
de los años, pero ya
les gustaría a la mayoría
de veintañeras tener
el cuerpo de esta mujer. Sin
solución de continuidad,
enlazaron “Blakc widow”
y la cañera “Can´t
catch me”. Con eso me
ganaron porque podría
hablar de mis tres preferidas
junto a “Kiss me deadly”.
Increíble
que la mayoría de los
escasos asistentes no tenía
ni idea de qué canción
estaban sonando e, imagino,
ni quién era esta cincuentona
americana. Flipante. En “Gotta
let go” dejó las
labores de guitarra a Ron ejerciendo
el papel de frontwoman. Hasta
aquí mi impresión
era notable pero con el alargamiento
de “Back to the cave”
entramos en un etapa de sopor
ya que siguieron con “Falling
in and out of love” que
ni me gusta ni su ubicación
era la adecuada. Para colmo,
llegaba la hora de Jim Gillete.
El que fuera cantante de Nitro
estaba desconocido. Con el pelo
de pincho y pinta de motero,
se ve que Lita le debe alimentar
bien porque está tremendo,
nada que ver con el rubio casi
blanco cardado que peinaba en
su banda. Ni tan siquiera en
la voz porque en vez de los
agudos imposibles que rompían
vidrios nos encontramos con
graves simplones y nada espectaculares
en los dos temas nuevos que
presentaron: “Crave”
y “Betrayal”. Además
de ser malas, se alejan tanto
del estilo de Lita Ford que
no le veo sentido alguno a su
grabación en un futuro
disco. Para babeo de unos pocos,
Jim se despachó a gusto
metiendo mano a su esposa sin
rubor. Sin comentarios.
El aburrimiento
se había adueñado
de Valdespartera y “Close
my eyes forever”, donde
más falló Lita,
tampoco sirvió para levantar
el ánimo de los asistentes
ya que, incomprensiblemente,
seguía siendo “desconocida”.
Solo “Kiss me deadly”
tuvo más de diez personas
a los coros y, lógicamente,
puso punto final a una actuación
desigual. La primera mitad,
notable; la segunda, mejorable.
En cualquier caso, esperaba
bastante menos de Carmelita
y me fui contento porque, al
menos, no me había defraudado.
Como en estas ocasiones “únicas”,
me faltaron algunos temas que
podían haber entrado
si no hubieran alargado “Back
to the cave” u omitieran
cortes recientes, pero era previsible.
Por si acaso no se vuelve a
repetir, estuvo bien.
PARADISE
LOST: LA MADRE DE TODOS LOS
DESASTRES
Los quince
minutos de adelanto y los tres
que se dejó Lita Ford
sin tocar para cumplir la hora,
fueron rápidamente paliaos
por el Paraíso Perdido
saliendo en el tiempo previsto
inicialmente, es decir, casi
cincuenta minutos después
de la estadounidense. Si solo
hubiera sido éste es
el problema, nada que objetar,
estas cosas pasan en la mejores
familias, pero con los británicos
sé que nada bueno puede
suceder. Por si se me olvida,
lo diré ya: es imposible
(salvo que estés autoconvencido)
que a estas alturas de la película
nadie pueda salir satisfecho
de un show de Paradise Lost.
El motivo es claro: Nick Holmes.
Este señor no puede subir
a un escenario, no puede cantar,
se le acabó la voz hace
años y, por si esto fuera
poco, le echa cero ganas. Por
estas razones, si alguien me
dice que este engendro le pareció
un buen concierto pues le respetaré
pero, para mí, perderá
su credibilidad.
Lo peor es
que el concierto tuvo detalles
que pudieron ser positivos pero
todo queda minimizado por la
sombra de Holmes. Por ejemplo,
Gregor Mackintosh vuelve a tener
una imagen decente, como en
los días del “Icon”,
con el pelo largísimo
y perilla. Aaron ha adelgazado
y si bien nunca volverá
a ser “un cuadro de El
Greco” tampoco podría
ya ser el doble del muñeco
de Michelín. En lo estrictamente
musical, tienen un batería,
albricias. Después de
años viendo como el kit
era maltratado, la adición
de Adrian Erlandsson es un acierto
para la banda. Luego, podríamos
hablar del set list, con unos
temas iniciales que si hubieran
tenido a Nick y no a eso que
salió, habría
sido espectacular. No obstante,
y para que los de Yorkshire
lo tengan en cuenta en otra
vida, normalmente tus clásicos
los tocas al final, no en el
inicio, pero claro, eso es pedir
peras al olmo porque, efectivamente,
para esta gente y para los fans
que les quedan, sus “clásicos”
serán cosa como “Say
just words” y “One
second”.
Paradise Lost
lo tuvieron todo para despegar
pero arruinaron su carrera.
Con “Draconian times”
(un disco que a mí no
me agrada en exceso) reventaron
la gira europea. Sin embargo,
“One second”, aunque
entonces vendiera más,
resultó contraproducente.
Ese éxito provocó
el fichaje por EMI y el indigno
“Host”, un álbum
desvergonzado para los creadores
de “Gothic”. De
ahí en adelante, pues
eso, a navegar sin rumbo. La
última vez que les vi
(creo que 2003) juré
que “Nunca mais”
pero como estaban en el Metalway,
allí nos postramos para
escuchar, con mal sonido, “Hallowed
land”, buen comienzo y
es que, reitero, la mitad del
show fue alternando temas sin
interés para mí
como “Never for the damned”
o “Erased” con composiciones
inmortales tipo “As I
die” o la recuperada “Pity
the sadness” que, finalmente,
no hacían sino incrementar
mi cabreo por la lamentable
ejecución de Nick.
Otra de las sorpresas, tras
la insustancial “Ash and
debris”, fue “Embers
fire”, la apertura de
“Icon” pero ni en
un corte menos exigente como
éste Holmes aprobó.
Probablemente sea una cuestión
de gustos con la forma de elegir
el repertorio pero si “The
enemy” ya me tira mucho
para atrás, no os cuento
“The last time”
(digna de unos Metallica de
quinta), en mi opinión
la fuente de todo mal en Paradise
Lost, una canción horrible
que fue un hit a nivel europeo.
Comparado con ésta, “Say
just words” será
“pachanguera”, comercial
y facilona pero es buena, notable
diría yo. “One
second”, por el contrario,
me parece insustancial y que
cierren con “Requiem”,
el tema título del último,
pues eso, muy propio de un quinteto
que lleva dando tumbos demasiado
tiempo. En estos sesenta minutos
me reafirmé en mi posición
de “Nunca mais”
porque el recuperar canciones
antiguas solo sirvió
para aumentar mi enfado. Que
se retiren lo más rápido
posible para no ensuciar aún
más, si cabe, su otrora
genial legado.
JON OLIVA´S PAIN: AL LÍMITE
DEL BIEN
Si alguien
me podía arreglar este
decepcionante fin de semana
era Jon Oliva. The Mountain
King es el amo, punto y final.
Es una opinión pero como
este artículo lo escribo
yo pues he de expresar lo que
pienso y si Savatage son mi
grupo favorito, blanco y en
botella, pues eso. Además,
después del bodrio del
Paraíso Perdido, al menos
sabía que el mayor de
los Oliva no defraudaría.
En los festivales suele centrarse
en el material de Savatage por
lo que la alegría era
doble. En mi fuero interno albergaba
la esperanza de que tocaran
“When the crowds are gone”,
única manera de compensar
la decepción de que Riot
no interpretaran “Bloodstreets”.
Son dos de esas canciones que
están en un hipotético
top10 de tu vida y asumir no
escucharlas jamás me
cuesta.
Aunque parezca
mentira, bastante gente se acercó
a ver la descarga de los de
Florida, todo lo contrario que
ocurrió en su gira del
año pasado donde aquí
reseñamos el concierto
de Vitoria donde acudimos menos
de medio centenar de individuos.
Una intro de teclados que me
sonaba familiar sirvió
para que saliera el sexteto
comandado por un Jon que estaba
¡aún más
gordo que hace trece meses!
Este hombre necesita una operación
ya porque tiene una obesidad
mórbida muy preocupante.
Comenzar con “City beneath
the surface” del EP de
Savatage “The dungeons
are calling” fue la leche,
tanto que la gente se descolocó
(incluido yo, que hace siglos
que no me lo ponía en
casa). El sonido era mejorable
pero a Jon se le oía
y los teclados (tanto los suyos
como los de Jon Zahner se oían
bastante bien, no tanto las
guitarras. Este inicio fue totalmente
“old school” porque
enlazaron la parte lenta y sabbathica
del final de “City beneath
the surface” con el riff
principal de “Sirens”
y ahí los fieles seguidores
de Savatage despegamos.
Si tengo que
poner, que la pongo, una pega
importante al concierto es que
el repertorio de temas de la
banda que le dio renombre resultó
igual a lo que vimos en Vitoria
cambiando “City…”
por “Unusual”. Es
una lástima porque estoy
seguro que esta gente podría
variar un poco más. De
hecho, en el Gods Of Metal la
semana siguiente ejecutaron
“Edge of thorns”
para delirio del personal. La
única excepción
al legado de Savatage fue “Through
the eyes of the king”
de “Maniacal renderings”
que pasó desapercibida
aunque moló bastante.
De ahí hasta la conclusión
una orgía de sensaciones
positivas. Sigo creyendo que
no deberían tocar “Chance”
pero como a Jon le encanta y
tiene bula, pues perfecto. Las
voces dobladas las hacen bastante
bien colaborando casi todo el
grupo, con mención especial
al baterista Chris Kinder, excelente
cantando. Por supuesto, no debo
olvidarme de Matt LaPorte. Nunca
tendrá el nombre que
se merece pero, para mí,
es el tipo que mejor recupera
el espíritu Criss Oliva
en los solos de guitarra, superior
a Chris Caffery o Al Pitrelli.
Jon permaneció
casi todo el concierto sentado
detrás de su piano y
desde ahí nos regala
la preciosa introducción
de “Gutter ballet”,
de los temas más aplaudidos
y celebrados por la concurrencia.
“Tonight he grins again”
y “Hounds” no gozan
de tanto favor popular pero
en la oscuridad que desprenden
reside su encanto. Me emocionó
la interpretación de
la primera, puro sentimiento,
y la conclusión de la
segunda después del segmento
atmosférico. Con la siempre
esperada “Believe”
quedó claro que tampoco
era el día de “When
the crowds are gone” pero
nos dejamos las cuerdas vocales
en cada una de sus emotivas
frases. “Believe”
es el principio del fin y solo
quedaban las más recordadas.
“Jesus saves” significó
la puesta en pie de Jon Oliva
para que el público acompañará
coreando el estribillo y “Hall
of the mountain king”
pasa por ser el tema emblema
de Savatage. De acuerdo que
es de las más famosas,
si bien hay otras composiciones
más adecuadas para cerrar
el show.
Cuando el
universo Savatage entra en mi
vida siempre soy muy subjetivo
pero creo no engañar
a nadie al afirmar que Jon Oliva´s
Pain fueron de lo mejorcito
del primer fin de semana del
Metalway. Salieron sin grandes
fanfarrias pero dispuesto a
ofrecernos una colección
de canciones insuperables. Superaron
los problemas del viento y el
regular sonido, se centraron
en tocar y ganaron la partida.
Qué pena que no tengan
ni el mínimo reconocimiento
entre la gente. Ojalá
estas apariciones en festivales
les sirvan de algo porque se
nos avecina nuevo disco. La
reunión de Savatage caerá,
estoy seguro, con Zach Steven,
Johnny Lee Middleton, Caffery,
Oliva y, esperemos, Steve “Dr.
Killdrums” Wacholz, además
de otro guitarrista. Mientras
tanto, loas, vítores
y honores para Jon.
OPETH: MARCHANDO UN BOCADILLO…
DE MORTADELA
Las siete de
la tarde es una hora rara. Ya
repuesto de la siesta (el que
se la eche) estás a medio
camino antes de afrontar la
noche y que te vuelva a entrar
el sueño. Si eres noctámbulo
únicamente esperas a
que el astro rey se oculte para
sacar a relucir tu personalidad.
En este contexto, afrontar un
concierto de Opeth no es tarea
sencilla. Cualquier día
les van a dar un premio en España
porque ya vinieron en diciembre
y volverán como parte
del Progressive Nation el próximo
noviembre. Además, esta
actuación festivalera
en el Metalway. Menos mal que
Akerfeldt y los suyos tienen
algo positivo, intentar no tocar
siempre lo mismo. Sería
excesivamente tedioso que los
suecos, con las composiciones
tan largas que tienen, repitieran
sistemáticamente repertorios
porque con nueve discos de estudio
se quedan demasiadas sin tocar.
Lo que no termina de agradarme
es que considero que han entrado
en un sendero de autocomplacencia
nada favorable.
Para mi gusto,
“Watershed” está
por encima de “Ghost reveries”
disco que, sin contar “Damnation”,
me parece el más flojo
de su carrera. Pero de ahí
a creerte que estás a
otro nivel media un abismo,
aunque sea verdad. Porque Mikael
siempre está en su papel
de “El club de la comedia”
pero en Zaragoza adoptó
el disfraz de “rey de
la ironía”, lanzando
alguna que otra puya al público,
de manera injusta, por cierto.
A lo mejor es una interpretación
mía y sus palabras eran
inocentes. Puede ser porque
me extraña que Akerfeldt
entre en esa dinámica
pero fue una impresión,
quizá errónea.
El caso es que se congregó
un buen número de gente
para presenciar la descarga
del quinteto escandinavo. Tenían
a sus seguidores acérrimos
copando las primeras filas pero
también bastantes curiosos
que, amantes del heavy tradicional,
no quisieron perderse esta oportunidad
ya que fijo que en una gira
normal ni se lo plantean.
¿Es
verdad que un festival no es
el mejor entorno para Opeth?
A lo mejor sí pero una
de las primeras veces que les
vi, en el Bélgica, fue
en un evento así y me
dejaron boquiabierto. Siendo
justos, mi enamoramiento de
los suecos pasó hace
ya unos cuantos años
y, entonces, 2001, estaba cerca
del clímax. Pero vamos,
se puede entender que en un
club, con sus técnicos
y los fans conocedores de su
obra, la música de Opeth
brille de distinta forma. Con
el viento soplando con fuerza
moviendo la melena hippie de
Mikael y Per, el quinteto saludó
a la audiencia y, sin dilación,
encararon “Heir apparent”.
De nuevo hemos de mencionar
los problemas de sonido porque
desde donde yo estaba, en los
primeros temas se escuchaba
en demasía los teclados
de un Per Wiberg con unas pintas
de macarra impresionantes y
convertido en el doble del vocalista
de los madrileños Wolfencross.
En sesenta
minutos no se puede hacer mucho
pero se les vio el plumero porque
en su gira nada más interpretaban
ocho canciones y en el Metalway
les dio tiempo a seis, con lo
que nos da la razón a
quienes pensamos que en el tour
europeo de “Watershed”
racanearon en exceso. “Ghost
of perdition” ha sido
elevada al olimpo entre sus
fieles (vale que es la mejor
de “Ghost reveries”
pero no es de las más
excelsas de su trayectoria)
y me temo que se quedará
para los anales. No estuvo mal
y coincidió con el rato
más animado porque recuperaron
“The leper affinity”
del loado hasta la saciedad
“Blackwater park”.
Estuvo bien porque en noviembre
la elegida fue “The drappery
falls”. Por entonces,
habían arreglado un poquito
el sonido, si bien Mikael siguió
bajo hasta el final. Martín
Méndez anduvo a su rollo
y Fredrik Akesson estuvo comedido
en los solos. No obstante, hubo
un momento que sobraba muchísimo
aunque entiendo que lo hicieron
por la longitud de las composiciones.
Uno de sus lentos, “Closure”,
sirvió de vehículo
para improvisar una jam donde
todos tuvieron un instante de
gloria. Fueron tres o cuatro
minutos pero me pareció
una eternidad y, para mí,
hizo que el concierto entrara
en la dimensión del sopor.
El estado
catatónico no se me pasó
en “Lotus eaters”,
y eso que me gusta bastante,
sobre todo por el sorprendente
comienzo. Para entonces, había
tirado la toalla. No me andaré
con eufemismos y ambages: me
aburría como nunca. Mira
que Opeth habían amagado
en sus giras con “desconectarme”
pero en el Metalway lo lograron
sin contemplaciones. Incluso
“Bleak”, que en
otro tiempo la adoraba, me pareció
cansina y prescindible por reiterada.
Cualquier cosa no tan típica
(es decir, todas menos ella
y “Demon of the fall”)
hubiera conmovido mis sentidos
pero “Bleak” los
contrajo y se acabó lo
que se daba. Cumplieron, encandilaron
a su público y durmieron
al resto. No hay más
que decir. En la Plaza de toros
Cubierta de Leganés,
durante el Progressive Nation,
aunque lo hagan como el culo,
saldrán a hombros, con
las dos orejas y el rabo. Es
lo que tiene la tauromaquia.
Te formas tu grupo de partidarios
y vives de las rentas.
WARCRY: ¿QUIÉNES
SON WARCRY?
No puedo resistirme
a ponerlo: “Warcry, ¿quiénes
son Warcry?... Warcry tiene
dos mundos; este mundo y el
otro… ¿tú
me entiendes, no?... Víctor
García, mala persona…
Egoísta, egoísta,
egoístaaaaa…”
Esta joyita, como todos conocéis,
es uno de los más grandes
momentos de la historia de la
radio española de los
últimos años.
Desde el mítico “Fibergráááááán”
de mi ex jefe Carlos Pumares
creo que no me había
reído tanto. Un locutor
muy conocido en el mundillo,
poseído por el dios Baco,
soltando una sarta de sandeces
memorables ante un impávido
Víctor García,
que aguanta el tirón
como puede, hasta que se cansa
harto de incoherencias salidas
de la boca de este pobre borrachín.
Sí, da vergüenza
ajena, pero es desternillante
y la animación en youtube
es de premio. En fin, así
está el periodismo metalero
patrio con sujetos como éste
y otros.
La inclusión
de Warcry generó cierta
polémica. ¿Merecían
estar en este festival? ¿Eran
un grupo adecuado? Depende de
la edad que se tenga. Entre
aquellos que sobrepasan los
veinticinco, la proporción
sería de nueva a uno
contra los asturianos. Con los
menores de esa edad estaría
más equilibrado. Personalmente,
considero que hay que dar cancha
a grupos españoles pero
que ni Mago de Oz hace un par
de años en el Monsters
Of Rock ni ahora Warcry eran
las bandas idóneas. Tenemos
muchísimo material para
escoger como para ir a dos consolidadas
que no casaban demasiado con
la filosofía del Metalway.
Por otra parte, es incomprensible
que se les diera estatus de
estrellas. Vale que todos tocaban
una hora salvo los cabezas de
cartel pero el horario que les
dieron fue de lujo: cuando el
sol ya no pegaba, antes de Heaven
and Hell, etc. Incomprensible.
Hace unos
meses comentamos aquí
su reciente obra “Revolución”
con el cambio de personal que
ha habido en el seno de la formación.
Ahí no ha quedado la
cosa porque el lastre de quedarse
sin el magnífico guitarrista
José Rubio y, para colmo,
no sustituirle me parece demasiado.
¿Qué ocurre si
tus canciones están preparadas
para dos hachas y solo hay uno
en tu grupo? Pues que terminas
sonando vacío y hueco,
además de mal pero esto
fue endémico a casi todos
ese fin de semana. La notable
“La última esperanza”,
primer tema de “Revolución”,
sirvió para dar el pistoletazo
de salida. Nunca había
visto a Víctor García
en directo y me pareció
un vocalista correcto, aunque
se ahoga en ocasiones. Busca
mucho la colaboración
del público, tanto que
a mí me resultó
cargante. Está muy bien
eso de interactuar (aunque no
es lo que prefiero) pero en
su justa medida. Lo que sucede
es que los chavales que adoran
a Warcry se sienten identificados
con eso y el líder del
grupo se lo pone en bandeja
porque, actualmente y por si
antes no fuera lo suficientemente
diáfano, Víctor
es el comanda todas las operación,
secundado por Pablo y Roberto
García, el bajista, bien
en los coros de apoyo.
No soy el
mayor conocedor de la discografía
de los ovetenses pero equilibraron
el repertorio al tiempo que
disponían. Presentaron
algunos temas nuevos, como el
mencionado “La última
esperanza” o “Devorando
el corazón”, y
seleccionaron muchos de sus
cortes más conocidos
dando cancha a sus seis entregas
discográficas. “Nuevo
mundo” fue la segunda
en caer y, en esta primera mitad,
aparecieron también “La
vieja guardia”, coreada
desde el comienzo, y la alegórica
“Contra el viento”.
Sus seguidores debían
estar pasándolo bien
pero a mí temas como
“Tú mismo”
o “Capitán Lawrence”,
qué queréis que
os diga, considero que no tiene
empaque para un evento internacional
y sí para cosas más
ibéricas tipo el Viñarock
y demás festivales eclécticos.
Esto no es una crítica
a Warcry, ni mucho menos. Ellos
salieron, lo dieron todo, a
sus fans les gustarían
y al resto nos dejaron indiferentes
mirando el reloj para ver cuánto
quedaba. Mi conclusión
es: ¿alguien se cree
que Warcry atrajeron a un solo
espectador al Metalway? ¿Quién
va a pagar casi setenta euros
por ver a este grupo cuando
lo puede hacer por un tercio
o, incluso, gratis en alguna
fiesta popular? Para el próximo,
si es que hay, que me pregunten
los señores de Rock N
Rock que les voy a dar una lista
de más de cien bandas
españolas con potencial
y nivel para tener proyección
internaciones aunque no la consigan
jamás.
SAXON: EL PODER Y LA GLORIA
Desde que se
largaron Warcry hasta que hubo
música en directo de
nuevo pasaron dos horas y tres
cuartos. Si a esto le sumamos
los acontecimientos acaecidos
entre medias, suspensiones,
cancelaciones, chirigota, grupos
que aparecen de repente y demás,
nos encontramos en Valdespartera
con un panorama desolador. A
saber: el escaso público
más cabreado que una
mona por lo que muchos optan
por irse a su casa a darse cabezazos
contra la pared por estar viviendo
un día de la marmota
doce meses después; los
que se quedan pelados de frío
y bebiendo para olvidar; otros
tantos, vagando por el recinto
con pocas ganas y bastante frío;
sensación de desconsuelo.
Se anuncia, antes de aparecer
Ronnie James Dio con Geezer
y Vinnie, que Saxon se ofrecen
para tocar un poco más
de lo establecido. En principio
disponían de sesenta
minutos que, finalmente, se
convirtieron en ochenta. No
sé si les dieron más
dinero o no, pero, en cualquier
caso, es un detalle.
Cuando has
visto a los sajones una docena
de veces se produce una situación
extraña. Estos tíos
son la leche, con perdón.
Lo que pasa en que en un festival
es lógico que tiren de
las más conocidas y celebradas.
Esto supone conocerse al dedillo
el repertorio, las gracietas
de Biff Byford, los modelos
de guitarra de Paul Quinn, etc.
Sin embargo, existe un factor
diferencial: Saxon siempre pueden
sorprendernos. Teóricamente,
venían con el águila
y por eso les cambiaron en el
orden de salida hasta el último
lugar pero, evidentemente, si
ni tan siquiera se podían
poner telones, intentan subir
el águila y acaba en
la cúpula de la Basílica
del Pilar. No importa. ¿Por
qué? Porque mientras
otros anuncian giras temáticas,
rememoran discos, viven del
pasado o sacan álbumes
para poder justificar giras
y más giras tocando lo
mismo, Saxon son todo lo contrario:
Editan discos, cuanto menos,
notables y los defienden, tienen
un directo arrollador, dos veteranos
como Paul Quinn y Nigel Glockler
están rejuvenidos, hechos
unos chavales, el uno correteando
y el otro aporreando la batería
como si fuera lo último
que hiciera en esta vida. Encima
cuenta con el mejor frontman
del mundo del heavy clásico.
Biff es dios y el resto, humanos.
Impresiona con su legendario
guardapolvos, lleva a la gente
a su antojo, es simpático,
chistoso y canta mejor que nunca.
El resultado
es que ninguno de sus contemporáneos
les llega a la suela del zapato.
Que sí, que serán
cansinos, que los metes hasta
en fiestas de pueblos, que tocan
en España tanto o más
que cualquier banda local, ¿y?
Estos tíos son la repera
en Fuenlabrada, Graspop, Villaba
o Wacken. De verdad que lo de
esta noche es memorable porque
mi único pensamiento
era coger la cama, descansar
y regresar a Madrid al día
siguiente, pero los británicos
nos hicieron olvidar, por un
rato, las penurias vividas.
Arrancaron con “Batallions
of steel”, que también
sirve para iniciar el reciente
“Into the labyrinth”.
En los compases iniciales intercalaron
temas nuevos con clásicos
básicos pero sin resentirse
ningún momento la dinámica
del concierto. Así, las
habituales “Heavy metal
thunder”, “Strong
armo f the law” y “Motorcycle
man” se vieron flanqueadas
por la buenísimo “Demon
Sweeney Todd” o “Valley
of the kings”.
Por supuesto,
Bifford tiró de clichés,
pero con clase, para romper
el set list o pregonar eso de
“España, grandes
cojones” que tanto gusta
a la masa. Por cierto, el escenario
estaba montado como en su última
gira de clubes que pasó
por nuestro país (la
de “The inner sanctum”)
con la batería elevado,
unas escaleras para subirse
junto a Nigel y el brillante
juego de luces. Del grupo, qué
decir, solo nos falta por nombrar
al hiperactivo Nibbs Carter
y a un siempre fiable Doug Scarrat
que completan la mejor formación
que Saxon tendrá jamás.
Para más inri, llegaba
la cumbre del show. Como suele
ser norma en la mayoría
de festivales, Saxon interpretan
“And the bands played
on”, como un himno que
no puede faltar dedicado a los
de arriba de las tablas y a
los que abajo apoyamos con nuestra
presencia. Pero había
más. En salas suele caer
mas en repertorios reducidos
no hay cabida para “The
power and the glory” que
trajo consigo infinidad de puños
al aire. Eso sí, el cenit
se alcanzó cuando Biff
comentó que no la iban
a tocar pero que, dadas las
circunstancias, estaban “obligados”
y se la dedicaban a sus roadies
que habían luchado contra
la adversidad y el reloj. ¡Sí!
Allí estaba, “Ride
like the wind” que solo
la había oído
en la gira del “Lionheart”,
en un memorable concierto de
dos hora y media en la sala
Heineken.
Con ella se
ganaron a los pocos tristes
que quedaban y la sensación
de que eran, de nuevo, los mejores
de un festival era generalizada.
Con “Wheels of steel”
se marcharon, como para marcar
que tenían diez canciones
previstas pero nos iban a regalar
unas cuantas más. Por
eso, tardaron poco en regresar
con la novedosa “Live
to rock” y, otra sorpresa,
“20.000 feet” que
tampoco está entre las
fijas. La traca final, esta
sí, llegó con
“Crusader”, “Denim
and leather” y “Princesa
of the night” con un Quinn
desbocado, corriendo como si
tuviera veinte años.
Por supuesto, Saxon los grandes
triunfadores, un concierto de
diez, capaz de levantar a un
muerto y sacar una sonrisa al
más decepcionado. Gracias.
La noche terminaba
para nosotros pero ahí
estaban God Forbid, que venían
del Kobetasonik, como espectadores
para ver a Heaven And Hell pero
que se ofrecieron amablemente
para tocar en una muestra más
del surrealismo vivido todo
el fin de semana. Lo más
curioso es que noventa minutos
después de que les anunciaran
el escenario (poco antes de
salir a tocar Saxon), cuando
nos marchamos, paramos un segundo
en la tienda de merchandising
oficial y ¿a que no adivináis
de qué grupo había
más camisetas? Pues sí,
de God Forbid. A eso le llamo
yo eficiencia…
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