Principal / Planeta Sonoro / Crónicas / Metalway 09 / Primer fin de semana 19-21 Junio

PRIMER FIN DE SEMANA 19-21 DE JUNIO

VIERNES 19: FIESTA DE PRESENTACIÓN

Me pareció una buena idea programar una fiesta de presentación, y encima gratuita. El cartel podría haber sido de saldo pero, dentro de las posibilidades y dadas las circunstancias, pienso que tenía bastante atractivo. Además de algún grupo novel como Extrema, teníamos a los siempre emergentes y efectivos Angelus Apátrida, a los suecos Bullet, y a dos pesos pesados para los jurásicos como Obús y Ángeles del Infierno. Para cerrar, a la banda que más conciertos ha debido dar en la historia de un único festival: The Highway to Hell Band, el tributo a AC/DC. Desgraciadamente, la salida del trabajo desde Madrid se complicó un poco más de lo necesario, privándonos de llegar a las primeras descargas. En particular, me apenó perderme a los manchegos Angelus Apátrida, que seguro reventaron el recinto de Valdespartera.

NOTA: Reseñar que todos los errores, fallos, cancelaciones, opinión, anécdotas fuera de lo musical, etc. las podéis ver en la sección “El otro Metalway”, un artículo descarnado de lo que allí ocurrió.

BULLET: HACIA ARRIBA

Cuando accedimos a las instalaciones del Metalway Festival, el quinteto escandinavo estaba a mitad de actuación. Es curioso porque en ocho meses han visitado nuestro país en tres circunstancias completamente distintas. Primero, de teloneros de los roqueros Backyard Babies; posteriormente, abriendo la gira de Hammerfall y Sabaton; y ahora, en la fiesta de presentación del Metalway. Sin embargo, todas vienen marcadas por un denominador común: el salto cualitativo que ha pegado esta gente respecto a la primera vez que les vi hace un par de año en el Keep It True alemán. Bullet poseen una característica fundamental en directo: entretienen al público, y eso es impagable porque supone que aunque no conozca su propuesta, son capaces de atraparte con unos riffs sencillos, de puro hard rock a lo AC/DC un poco más metalizado, mezclados con esa apariencia de los bisoños Accept del “I´m a rebel”.

Ya ubicados cerca del escenario, pudimos deleitarnos con un show potente, lleno de poses no forzadas y canciones para corear con el puño en alto como “Turn it up loud” o “Leather love” de su debut “Heading for the top”, del cual sigo pensando que es superior a la continuación “Bite the bullet”, aunque con temas con el que le da título me hacen dudar. Como es habitual, un punto el dar la vuelta a las guitarras y al bajo al final y que ponga lo de “Bite the bullet”. Con ella se largaron pero no tardaron mucho en volver a las tablas, casi por aclamación popular para terminar su concierto con “Roadking” y la genial “Bang your head”. No dejará de sorprenderme cómo el que presenta al grupo es Adam Hector, el bajista y último en incorporarse, ya que el cantante Hell Hofer, sin ser un animal de escena, me parece un tipo con carisma. Además, Hampo y Erik saben con sus seis cuerdas regalarnos unos cuantos movimientos coordinados de esos que tanto gustan a la gente.

Al llegar ignoro si cumplieron la hora que tenían asignada pero, en cualquier caso, durante los veinticinco minutos que les vimos, la conclusión es exactamente igual a la que llegué en marzo. No sé si estos tipos alcanzarán la cima como proclamaba su primer trabajo pero tienen los mimbres necesarios para ello. Sabemos que es difícil pero los de Växjö progresan adecuadamente, como se decía en el colegio. Su tercer álbum es el que puede marcarles el camino definitivamente. Pienso que tirarán de lo fácil y continuarán la línea de “Bite the bullet”. De cara al éxito, quizá sea lo mejor para ello, si bien personalmente preferiría la frescura de “Heading for the top”. Con todo, un prometedor inicio de festival.


OBÚS: ¿LA DECADENCIA DEL METAL ESPAÑOL?

A estas alturas la inclusión de Obús en un festival de corte internacional como es el Metalway solo se concibe en un contexto de fiesta de presentación, como era el caso. Seis años sin grabar un disco, un par en casi dos décadas y tirando, una vez más, de los éxitos de los ochenta que les hicieron los más populares de los barrios marginales o de aquellos que aspiraban a ser “los que más”, se entiende que macarra. ¡Ojo! Esto lo digo desde el cariño y la admiración por una banda que siempre me ha gustado. Lo que ocurre es que, en mi opinión y a diferencia de otros contemporáneos, su tiempo pasó, se han quedado atávicos e identificados con una época que jamás volverá. Por ello, su reclamo es para desgañitarnos con esos himnos de asfalto que en tantas ocasiones cantamos y que causaban pavor en nuestros progenitores creyendo (en muchos casos, acertadamente) que íbamos por el mal camino.

Que Fortu con casi sesenta años siga haciendo lo mismo que en 1981 no deja de ser gracioso pero también grotesco. Diréis: “Esto lo hacen muchos, no solo Obús”. Vale, de acuerdo, pero es distinto. No tiene nada que ver cantar “I surrender”, “Heaven and Hell” o, si me apuras, “Resistiré”, que “El que más”, “La raya”, “Yo solo lo hago en mi moto”, etc. Además, uno de los hechos diferenciales de Obús siempre fue el mantener una formación estable. Esto se rompió hace tiempo con la salida de Juan Luis, pero ahora la otra mitad de la sección rítmica, Fernando, tampoco está. Los sustitutos son realmente buenos (demasiado, incluso) pero le quita algo de coherencia al asunto. No obstante, esto es generalizado en las bandas veteranas.

El viento ya hacía acto de presencia, si bien no era aún tan molesto como en el resto del fin de semana. Esto supuso que el sonido fuera flojo aunque aceptable, es decir, no podemos pedir milagros a Obús pero, al menos, la voz de Fortu se distinguía. El repertorio no varía y esto sí que hay que ponerlo en el debe de los madrileños. La única concesión a la galería vino de la mano de la infumable “Más que un dios” de su último “Segundos fuera” que sustituyó a la no menos lamentable “Esta ronda la paga Obús”. El resto, ninguna novedad. Comenzaron con “Necesito más”, algo que no entiendo porque les queda fatal y, de ahí en adelante, todo clásicos: la gloriosa “La raya”, “Autopista” donde Fortu sigue diciendo eso de “me la pone morcillona”, que ya le vale, o el himno “Pesadilla nuclear” donde sacó a hombros a un churumbel, ignoro si sería su nieto.

Para continuar con la retahíla de inolvidables, otro trío de ensueño: “El que más”, “Juego sucio”, que fue precedida de una intro instrumental, y “Te visitará la muerte”. Para mí, ya había interpretado sus mejores temas, pero quedaban las populares tipo “Yo solo hago en mi moto”, en donde Fortu (en general, correcto dentro de sus posibilidades) la cagó, “Que te jodan” que era la más conocida por la chavalería (lo que hay que ver), “Dinero, dinero” y “Vamos muy bien”, donde el ínclito vocalista se baja al público con una botella de whisky. El final fue un tanto surrealista porque a los solos, respectivamente, de Pepe Bao (le sobran dos dedos y tres cuerdas para tocar el material de Obús a este crack del bajo), Paco el baterista, y Paco Laguna con su guitarra, le sucedió “Va a estallar el obús” para poner el colofón a una actuación decadente, nostálgica, pero que cumplió su cometido.

ANGELES DEL INFIERNO: LA DECADENCIA DEL METAL ESPAÑOL

No, no me he equivocado, ni repitiendo título, ni poniendo uno entre signos de interrogación y el otro en afirmativo. Hace tres años, en Guernica, presencié por primera vez en mi vida un concierto de Ángeles del Infierno. Aunque hubo opiniones para todos los gustos, salí satisfecho de su actuación. Es verdad que Juan Gallardo ya no llegaba a esos agudos imposibles que marcaron la carrera de la banda y el sonido tampoco fue nítido, pero me dieron lo que les pedía: una buena descarga de heavy metal, como solo los guipuzcoanos afincados al otro lado del Atlántico saben hacer. Tres años después, la impresión ha sido radicalmente distinta y solo hay un motivo principal: Gallardo. Decepcionante sería un epíteto muy generoso para calificar sus prestaciones.

Tampoco les acompañó el sonido y, por ejemplo, en “Vives en un cuento” se fueron las guitarras. El viento seguía “calentando” para lo que sería el día siguiente y provocaba altibajos. La banda tampoco era para echar cohetes y ni Roberto Álvarez ni Ix Valieri se salieron. Además, la presencia casi constante del teclista carece de sentido, salvo, lógicamente, en las baladas. Pero esto está relacionado con el sorprendente set list que escogieron. ¿Cuál fue el disco en el que se centraron? ¿”Pacto con el diablo”? ¿”Diabolicca”? Pues no, el protagonista de la velada fue “666”, hasta seis canciones cayeron. Desde luego, nadie les podrá tachar de repetitivos o no arriesgados. Encima, condensaron diecinueve composiciones en ochenta minutos por lo que el dinamismo fue máximo. El problema es que si no estás en forma, por mucho que lo intentes no vas a convencer.

Con un video que sirvió de introducción y ante el público más numeroso del primer fin de semana, “El principio del fin” dio el pistoletazo de salida. Era curioso como a mi alrededor se concentraban muchos treintañeros, cuya relación con el heavy metal pasó hace tiempo, pero que venían a rememorar sus himnos de juventud. Como estaban para pasarlo bien con música de fondo, les preocupa más que ejecutaran la pésima “Todos somos ángeles” (lo del rapeo es para hacérselo mirar) que Juan destrozara “Sombras en la oscuridad”, porque ahí estaban ellos para colaborar en los coros. Así, el concierto se convirtió en un clásico detrás de otro pero sin pasión ni corazón. Es complicado no sentir nada ante cortes que te han acompañado toda una vida como “Prisionero”, “Hoy por ti, mañana por mí” o “Rocker”, pero Ángeles fueron capaces de lograrlo.

Mención aparte para la ridícula dicción de Juan Gallardo. Este hombre, desde que hizo las Américas, habla muy raro. Para mayor cachondeo, si en Guernica largó un discursito sobre el amor a su tierra, aquí nos epató declarando (si no le entendí mal, que con ese acento todo es posible) que él era aragonés, en concreto de Huesca. En fin… “Vives en un cuento” y “Nada que perder” son dos de esas composiciones no esperadas y que realzan, como sucedió en Guernica, el amor que le profesan a “666”, más incluso que la mayoría de sus fans. El medley de baladas no podía faltar aunque esta noche individualizaron “Al otro lado del silencio”, uniendo exclusivamente “Pensando en ti” (única referencia a “Jover para morir”, ya les vale) y “Si tú no estás ahí”. Fueron en las lentas donde Gallardo naufragó menos.

La segunda mitad del show siguió los mismos derroteros. Entre hits e inesperadas transcurría la velada, intercalándose “Dónde estaba tú” con una deslucida “Con las botas puestas” o “Héroes del poder” con “Sangre” y “A cara o cruz”. Como ya ocurriera en el Metalway de hace tres años, la canción más aplaudida y coreada fue “666”. Seguro que los seguidores preferimos otras pero como ésta es más cómoda para Juan, termina siendo la más fiel a la grabación original. Espectacular como todo el recinto gritábamos eso de “Marca el número, el 666”. Cerraron con “Fuera de la ley” en el que las miserias de Gallardo quedaron, de nuevo, al descubierto.

Para cumplir el horario establecido, regresaron rápidamente y encararon los bises. “Al otro lado del silencio” también cosechó la ovación unánime, más que nada porque el público la cantó y “Maldito sea tu nombre”, qué decir, que lo primero que hice cuando regresé el lunes a mi casa fue ponérmela para acordarme de los míticos agudos porque en Zaragoza no hicieron acto de presencia. La gente, educadamente, les despidió entre vítores pero lejos de la aclamación que ese repertorio podía haber alcanzado. Si fue un mal día, les dejo el beneficio de la duda; pero si el estado habitual de las cuerdas vocales de Juan es éste, creo que deberían dejarlo aquí y no mancillar su glorioso pasado. Fueron grandes, pero el tiempo no perdona. Cariacontecidos nos marchamos al hotel porque quedaban dos jornadas durísimas y The Highway To Hell se nos cruzarían en esta semana varias veces en nuestro camino.

SÁBADO 20: EOLO CONQUISTA ZARAGOZA

Si había una razón por la cual me decidí a ir este año al Metalway, se llama Riot. La reunión de la formación que giró con su disco más glorioso, “Thundersteel”, solo se iba a producir en el Sweden Rock y en este festival patrio. Junto a Savatage, son mi grupo favorito, por lo que merecía la pena el sacrificio de no ir al Hellfest con tal disfrutar. Luego, nos toparíamos con la cruda realidad. Además, estaba otra reunión, mucho más publicitada, la de los Barón Rojo originales. ¿Qué tirón tendrían? Desgraciadamente, muy poco. La coincidencia con el Kobetasonik iba a suponer que el recinto de Valdespartera pareciera desangelado. Para colmo, el cierzo se erigió en el protagonista principal haciendo que la noche fuera tan desapacible que mucha gente optó por irse porque era imposible aguantar, sin la ropa adecuada, una sensación térmica de siete u ocho grados cuando el sol se ponía. El resto del día era bastante completo para aquellos que no pueden o quieren disfrutar de las giras que pasan por nuestro país, pero para los que solimos acudir a todas las citas, el aliciente era mínimo por no decir que nulo, sobre si las bandas, como ocurrió, se empeñaban en tirar del “más de lo mismo” en sus repertorios, sin depararnos sorpresas.


AXXIS: BERNARDO, CAMBIE USTED EL CHIP

Ya es casi tradición en el Metalway que, por unas u otras circunstancias, Axxis salgan al mediodía a tocar. Las doce de la mañana se nos antoja una hora poco recomendable pero es que, incluso antes, ya habían estado los renacidos madrileños Sabatan dando guerra con su nueva propuesta. Teníamos tan reciente la mala sensación que nos causaron de teloneros de Rage que preferimos concentrarnos en los germanos, que salieron más de diez minutos tarde al escenario y, como consecuencia, no cumplieron la hora programada que tenían. Además, la falta total de dinamismo y un set list repetitivo contribuyeron a que me aburriera, por primera vez en mi vida, en un show de Axxis.

Con un nuevo disco a publicar después del verano, era una ocasión perfecta para “despedir” a “Doom of destiny” como se merece (un trabajo notable) e introducir alguna perlita que nos alegrara el día al numeroso público (comparado con lo que vino después) que se arremolinaba para ver a los de Bernhard Weiss. Después de la intro de rigor, arrancaba con el tema título de su aún última entrega. El sonido no era malo aunque los teclados estaban excesivamente altos, hecho que se fue corrigiendo. No me gusta nada que Axxis tiren de pregrabados. En el caso de la voz femenina, desde que se largó Lakonia, es inevitable, pero los coros tendrían que cuidarlos algo más porque en otros temas son reales como, por ejemplo, en “Tales of glory island”. Ahí se les vio el plumero porque las voces de acompañamiento se oían muy bajitas, a diferencia de “Doom of destiny”.

Tras el típico comienzo, llegó la no menos recurrente charla de Weiss. El tipo es muy gracioso y posee un carisma innato pero si lo ves por tercera vez en año y medio o por quinta en un lustro, resulta cansino. Encima, casi era un juego de memoria para saber qué canción venía después. ¿”A little war”? Afirmativo. Ese fue, reitero, el problema principal: este concierto, con más o menos canciones dependiendo de la disponibilidad de tiempo, ya lo habíamos vivido en el Gineta Rock del año pasado y en la gira con Helloween y Gamma Ray. Una vez concluida “Blood angel” y la seminal “Living in a world”, tocaba subir a una chica al escenario para acompañarles con la pandereta. Elisa se animó más que sus predecesoras en otros tours y, por lo menos, disfrutó y no se la vio muy cohibida durante la interpretación de “Touch the rainbow” con un aire bossa nova manifiestamente mejorable.

Otra pausa más, charla de Bernhard y turno para el álbum “Time machine” con “Wind in the night (Shalom)” y “Angel of death”, de las mejores recibidas. El concierto concluyó con sus dos mayores hits, “Little look back” y la gran “Kingdom of the night”. Objetivamente, siempre se disfruta con Axxis, si bien no fueron fluidos y se perdieron entre tema y tema, cuando tendrían que haber salido a matar. Si es la enésima vez que presencias este show y estas canciones, acabas pensando que podría haber dado mucho más de sí y que con dos pinceladas todo habría sido distinto. Para empezar la jornada, aceptable, pero a los germanos debe exigírseles mucho más.

SAMAEL: BAJO LA BANDERA DE LA OSCURIDAD

La hora del aperitivo no parece la más adecuada para ver a un grupo cañero y oscuro como Samael, pero hemos de dar gracias de su inclusión en el cartel. Les había visto cuatro veces pero tenía el aliciente de que venía con nuevo disco debajo del brazo, un “Above” que no es una vuelta a los orígenes como desde su compañía vendían, pero sí un regreso a los sonidos más cañeros que tenían un tanto abandonados en aras de su rompedora propuesta llena de samplers que hace de los suizos una banda única. “Above” es un excelente trabajo, como todos los del cuarteto, y aunque fuera a esas horas había que degustarlo. No todo el mundo pensó igual porque estábamos cuatro gatos en el instante en que los Sion saltaban a escena. Lamentable comprobar cómo no llegábamos a dos centenares de individuos los interesados en escuchar a una formación con más de dos décadas en este mundillo. Sin duda, en España tenemos lo que nos merecemos.

No sabía qué tal iba a funcionar su propuesta en un festival y a plena luz del día, pero rápidamente se encargaron de responder a esta preguntar. Incluso sin un sonido que les acompañase, dejaron el pabellón de la Confederación Helvética bien alto, como no podía ser de otra forma. Una pequeña instrumental tocada por ellos precedió a la irrupción de Vorph que anunció el tema de apertura, “Under one flag”, que también da inicio a “Above”. Del álbum presentaron tres composiciones pero lo mejor, sin duda, fue el equilibrio que intentaron mantener entre todas sus entregas y lo bien aprovechada de la hora.

Samael es un grupo que amas u odias pero no dejan indiferente. Eso sí, espero que todos alaben las prestaciones de Xy porque este señor es una auténtica máquina y en su doble papel de baterista, teclista da un espectáculo que jamás he visto a ningún compañero de instrumento. En sus anteriores giras estaba más centrado en el teclado porque sus discos eran más “electrónicos” pero ahora casi se puede decir que se mueve al cincuenta por ciento. Me sorprendió, asimismo, como el serio y distante Vorph charló con la audiencia y se metió en el papel de frontman cuando aparcó su guitarra para exclusivamente cantar en “The ones who came before” y la no esperada “Infra galaxia” del “Eternal”. Entre medias, ya nos habían deleitado con “Rain” y la blackera “Baphomet´s throne” que, últimamente, ha desplazado a “Black trip” como representante en directo del glorioso “Ceremony of opposites”.

La parte más “bailonga”, esa que muchos llama tecno y no comprenden su error, surgió con “Solar soul” y “Reign of light”. Es en ese disco, “Reign of light” donde encontramos esa controversia mayor pero, personalmente, me parece brillante y eché de menos “Moongate”, “On earth” o “Telepath”. No obstante, ellos seguían a su rollo y parecían encantados porque también Masmiseim y Makro, siempre en segundo plano, sonreían y se movían de esa forma tan “rara”, en especial Masmiseim. “Black hole” fue presentada por Vorph como un corte muy cañero y de lo actual viajamos al pasado con la gran novedad del repertorio, un “Into the pentagram” mitiquísimo de su debut “Worship him”. La alegría para los pocos conocedores de la carrera de Samael fue enorme. “Into the pentagram” es un himno al maligno, black doom primitivo (salió, por primera vez, en el EP “Medieval prophecy” de 1988), lento, agónico, tétrico. En plena canícula no pegaba mucho pero conseguimos abstraernos a la luz del sol.

Por supuesto, resultó el momento cumbre de la descarga que terminó con el single de “Solar soul”, “Slavocracy”, y una habitual para decir adiós, “My saviour” de “Passage”, probablemente su trabajo más celebrado, escuchado y vendido. Supongo que no ganarían nuevos seguidores porque la explanada estaba vacía y los que les seguían desde la sombra seguro que flipaban con el grado de frikismo de Xy, el ropaje de Vorph o los sonidos “maquineros”, pero, en mi opinión, Samael dieron un concierto notable alto, lo máximo que podían conseguir dadas las condiciones de calor, falta de nitidez y ausencia de público. De este primer fin de semana, fueron de los pocos grupos que me hicieron vibrar.

SODOM: NAPALM EN LA HORA DE LA SIESTA

Tom Angelripper y los suyos tampoco son muy afortunados con los horarios que les colocan en los grandes festivales españoles en los que participan. Deben ceñirse a su adorado y más underground Heavy Metal Heart para poder encabezar carteles. Sodom es un gran grupo, de eso no hay ninguna duda pero quizá por la idiosincrasia de su líder, en directo no pueden competir con Kreator o Destruction, por nombrar a sus competidores principales de los ochenta. Todas las veces que les he visto he terminado con la impresión de que estaba bien pero podían dar más de sí. El problema fundamental es similar al que hablábamos con Axxis: hay demasiados parones entre sus canciones, con lo que no logran reventarnos los tímpanos, destino último de la música de los teutones.

Es un tema que me encanta pero “Napalm in the morning” no es la idónea para desencadenar una tormenta. Su ritmo machacón y cadencioso es perfecto para el headbanging pero no para la locura. Súmale esa revisión tan peculiar de “Outbreak of evil”, con su primera mitad reinventada y decelerada, y una canción en sí que tampoco alcanza la velocidad de la original. Resultado final: sí pero no. Para arreglar esto, llegó “Axis of evil”, para mí la mejor composición de su último trabajo, pero al ser del “Sodom” no es de las más conocidas. La gente estaba allí, disfrutaba, pero entre el calor y la propia actitud de Tom y compañía, solo nos vinimos arriba con “The saw is the law”. Para colmo, el sonido era bastante deficiente para ser solo tres individuos.

“City of God” sirve para tomar un descanso porque aunque su inicio es prometedor, en directo no crean ese muro ni por asomo. Además, el estribillo me parece insustancial. Mucho mejor en estudio. Otra cosa que no acabo de comprender es el por qué seguir con “Blasphemer” en el repertorio. Estuvo bien que la metieran a propósito de la regrabación de cortes primigenios “The final sign of evil” pero sería mejor que introdujeran un “Witching metal”, por pedir algo, porque de nuevo sucede que si los has visto un montón de veces sientes que presencias el mismo show en diferentes lugares. Es más, lo único sorprendente fue cómo anunció en un castellano macarrónico e ininteligible Tom Angelripper “Ayente naranya”o algo así el “Agent orange”.

La segunda mitad del show transcurrió por idénticos derroteros. Correctos pero sin matar. Daba igual que fueran cosas del siglo XXI como “Wanted dead” o “M-16”, o clásicos tipo “Sodomy & lust”. “Remember the fallen” vino a ser el punto álgido de una actuación que tuvo su réquiem con “Bombehagel”, divertido como no podía ser menos. Curioso que no cayeran “Ausgebombt” ni “Wachturm” pero la exprimidora no funcionaba demasiado bien en Zaragoza. No voy a decir que Sodom aburrieran porque mentiría pero que nunca me han gustado tanto como deberían, lo afirmo con rotundidad. Lo malo es que temo que los veinticinco mejores conciertos de los alemanes ya han sido. Ahora están para cumplir el expediente, ofrecer una dosis de thrash primitivo y a otra cosa. No es poco pero se demanda más.

DUFF MCKAGGAN´S LOADED: LOS PULPOS Y EL GARAJE

A veces nos quejamos de que en los carteles no hay variedad pero cuando nos ponen algo distinto, también protestamos. Esta frase sería la primera que me reprocharían quienes criticaran el por qué considero que no tiene ningún sentido meter a la banda Duff McKaggan, el otrora bajista de Guns N´ Roses y Velvet Revolver. Pues sí, digo que Loaded no pegaban ni con cola en el Metalway y los hechos lo demostraron. Una cosa es que vengan “golosinas” no habituales y otra cosa es la incoherencia. ¿Quién de los presentes conocía canciones de los dos discos del cuarteto? El año pasado, si mal no recuerdo, estuvieron en el Azkena, un evento en el que la gente sí puede apreciar más su propuesta o la serie de versiones que se marcaron, peor entre el heavy medio, eso de The Stooges, Rolling Stones o ZZ Top suena a chino.

Con el sonido más aceptable de cuantos habían por el escenario hasta ese instante (¿sería por su lugar de procedencia, Estados Unidos? Si llevaban su propio técnico, apuesto que sí), la formación de Seattle saltó ante tan poco o menos público que Samael. Imagino la cara que tuvo que poner Duff, con un atuendo a medio camino entre tipo cool y antiguo metalero, con chaleco fashion y camiseta vintage de Venom. Creo que rápidamente intuyó McKaggan esto y adoptó la actitud de ensayo con público. Por ello, tanto “Sick” como “Executioner´s song”, del EP “Wasted heart”, parecieron más rotundas y poderosas. Duff y su guitarra se encargaban de los ritmos mientras que Mike Squires ejecutaba prácticamente todos los solos.

No obstante, hay algo con lo que Loaded no cuentan y es que provocan la indiferencia más absoluta en la gente. Incluso, los pocos que iban predispuestos se quedaron en el camino porque las composiciones de estos caballeros son mediocres. Si no hay canciones buenas, el esfuerzo es baldío. Daba igual que los cortes que interpretaran fueran de “Sick” o del debut “Dark days”, la sensación es que estamos ante un grupo que no aporta nada, perdido en la inmensidad de un hard rock medio moderno, con espíritu punk del 77 y herencia sleazy, es decir, un conglomerado en el que las piezas de puzzle no encajan. En Zaragoza contribuyó la ignorancia de un público al que le tocas (mal) el “So fine” de Guns N´ Roses, que aparecía en el “Use your illusion 2”, y ni se entera. La versión del “Attitude” de Misfits, que ya cantó Duff en el “Spaghetti incident”, algo más, y el inmortal “I wanna be your dog” de The Stooges, con el medley intermedio, pues como tampoco era familiar para la concurrencia. En el medley, cada miembro interpretó su trozo correspondiente. El bajista Jeff Rouse tiró de ZZ Top, Squires eligió el “TNT” de AC/DC y el baterista Geoff Reading optó por un “Living alter midnight” de Judas Priest que sí sonaba al respetable. Por su parte, Duff se defendió notablemente con el “Wild horses” de The Rolling Stones, que a la postre fue lo que más me gustó de su actuación junto a la propia “Seattlehead”, toda una declaración de “guerra” con Los Angeles.

El punto tragicómico de la tarde vino cuando Duff se enfundó el bajo y empezaron a dibujar las notas de “Welcome to the jungle”. De repente, el público despertó y fue gracioso cómo empezaron a acercarse al escenario. Entonces, McKaggan comentó: “¿Qué? ¿Ahora ya despertáis?” Y paró el “Welcome to the jungle” para amagar con “Paradise city”. Tocaron la parte lenta y cuando cambia, volvieron a parar para, ahora sí, despedirse con “It´s so easy” la canción más “Duff” de los Gunners. De todas las aventuras que han tenido Slash, Izzy o McKaggan, únicamente salvo Snake´s Pit y su increíble segundo disco, o los Neurotics Outsiders de Duff y Steve Jones de Sex Pistols. El resto, para llorar. Y estos Loaded a la cabeza. Mediocres.

RIOT: LA DECEPCIÓN DE MI VIDA – SEGUNDA PARTE

De esta forma titulé la reseña que hice de su concierto en el extinto Atarfe Vega Rock de Granada. Aquella fría tarde de sábado iba con la ilusión de un niño pequeño, solo un peldaño inferior de la emoción que sentí en el Machina Rock Festival la noche en que Savatage reinaron en Moncofa. Sin embargo, la decepción con los de Nueva York fue enorme pero no por su culpa. La bola de sonido que había en aquella nave hacía irreconocibles las canciones, y os aseguro que muchas me las sé de memoria. Como la vida da segunda y terceras oportunidades, pude resarcirme en Palencia, Madrid y, de nuevo, Madrid con soberbias actuaciones, a la altura del estatus en que les tengo. Me maravilló el peculiar Mike Tirelli, ahora convaleciente de una operación por un cáncer de estómago (ponte bueno, campeón), capaz de cantar el material de cualquier época y vocalista que había pasado por la banda.

Mi demanda de Riot había quedado más que satisfecha pero el destino nos guardaba una vuelta de tuerca más: la reunión de la formación de su disco más mítico, de aquel que ocupa un lugar de privilegio en mi Olimpo personal junto al “Operation: Mindcrime” de Queensryche, el “Appettite for destruction” de Guns ´N´ Roses, el “Streets” de Savatage o el “Trascendence” de Crimson Glory. Me refiero a “Thundersteel”, la obra cumbre de Mark Reale, una sinfonía de heavy metal en clave USA. Ahora se nos abrían las puertas de par en par para escuchar los himnos en él contenidos y también los del “Privilege of power”, el otro magnífico (aunque muy inferior) trabajo que registraron con estos componentes: Mark, Tony Moore, Don van Stavern y Bobby Jarzombek, acompañados por Mike Flyntz, la mano derecha de Reale en las dos últimas décadas y que hizo esas giras aunque no grabó los discos.
El estado de voz de Tony Moore era una duda y sobre él recaían gran parte de las expectativas pero desde un punto de vista muy personal y subjetivo, este concierto venía marcado por una canción: “Bloodstreets”. El único videoclip que registraron en esa etapa y una odisea callejera en clave de medio tiempo, vibrante, emotivo, glorioso, una de los temas que me acompañará siempre. Quizá esté siendo excesivamente meticuloso pero después de cuatro conciertos de Riot, tres de ellos geniales, tenía que centrarme en objetivos concretos. Juré no mirar los set lists de las dos actuaciones previas pero no pude resistirme: allí estaba ella, “Bloodstreets”, dominando un repertorio increíble. En Zaragoza disponían de diez minutos menos que en el Sweden Rock pero no creía posible que se cayera precisamente la composición por la cual había obviado el Hellfest, el Kobetasonik y cualquier otro festival que se celebrara este fin de semana.

Un par de minutos antes y con el viento arreciando, los acordes de “Narita” nos dieron la bienvenida. No me voy a parar mucho en el concierto porque la reseña la hago, a diferencia de otros, desde las entrañas. El sonido empezó embarullado pero, sin ser destacable, sí que se arregló lo suficiente como poder distinguir los instrumentos. La guitarra de Mark, no obstante, estaba un poco baja. Por cierto, temí porque su peluca se volara pero no, los problemas en este aspecto los tuvo Bobby a quien le tenían que sujetar los aéreos. No me extraña con esa pegada tan descomunal que posee. Tony Moore salió con una camiseta de fútbol americana con el número 44 y el nombre de Obama. Si bien se quedó a medio camino en unos cuantos agudos, la impresión global es que el vocalista superó con creces la prueba. Quizá esperaba menos pero le calificaría de notable alto. Muy bien por el gran Tony.

El repertorio resultó del agrado de la mayoría. Tuvieron protagonismo principal “Thundersteel” y “The privilege of power” pero no total. Entiendo que la inicial “Narita” y “Warrior” sean imprescindible pero me hubiera saltado “Swords & tequila” y “Outlaw”, sobretodo viendo lo que pasó después. Presentaron un corte nuevo, “Wings are for angels”, con buenas estrofas y estribillo prescindible. De los álbumes que se recordaban cayeron los temas típicos que ya hacían Riot con Tirelli, Pete Pérez y Frank Gilchriest, es decir, “Johnny´s back”, “Flight of the warrior”, “Thundersteel” y “Dance of death”. Además, interpretaron la genial “Fight of fall” que llegó después de “Narita”, una brutalísima “On your knees”, “Metal soldiers” y “Storming the gates of hell”, con un interludio central del “Racing with the devil on a spanish highway” de Al DiMeola, esto es, de las “raras” tres de “Privilege” y una “Thundersteel”…

… pero no, no estaba “Bloodstreets”. Del set list del Sweden Rock se cayeron “Sing of the crimson storm” y la canción que era mi leif motiv del festival. Cuando fui consciente de que no iba a ser tocada, mi euforia desapareció. Me eché las manos a la cabeza y me entraron ganas de llorar. Sí, es muy fuerte, quizá ridículo, pero mentiría si contara otra cosa. Ese tema era “mi festival”. De ahí lo de “la decepción de mi vida”. Con un significado muy distinto que en Atarfe pero de consecuencias iguales o peores. Sin ganas de hablar, los dos miembros de esta redacción que cubríamos el evento, nos alejamos, cabizbajos, con el final de “Warrior”. Reitero, si soy objetivo, triunfaron, pero yo estaba “en otro concierto”. Estos barcos solo pasan una vez y en Zaragoza se olvidaron de “Bloodstreets”. Lo que venía después, me importaba poco.

EUROPE: ¿UNA ÚLTIMA MIRADA AL PASADO?

Poquísimas ganas tenía de ver a Europe tras el berrinche que había cogido por lo acontecido con Riot. Cuatro veces desde su reunión y temiendo que se dedicaran a ofrecernos nuevas joyas (según ellos) para nuestros delicados oídos, para colmo un problema con el teclado de Mic Michaeli hizo que el show comenzara con veinte minutos de retraso (como consecuencia de esto, se saltaron unas cuantas canciones como “Carrie”, “Seven doors hotel” o “Ready or not”) y con una mezcla infame, de ahí las caras largas con que saltaron a escena los cinco suecos. Joey Tempest miraba cabreado a los técnicos y Norum intentaba capear el temporal con una tonalidad de guitarra muy extraña, como desafinada. Esto implicó no poder formarme una opinión sobre la reciente “Last look at Eden” aunque en estudio no me convence nada. Ella fue la única referencia a lo que será su próxima obra.

Ahora bien, pensaba que estando en el contexto de un festival y con un público predispuesto, se decantarían por un material más clásico para que todos los presentes corearan los temas. Además, contaban con la ventaja de un buen horario y que fue el concierto más numeroso del sábado. Pero no, Europe vienen a defender su etapa actual a capa y espada, algo loable pero no excesivamente adecuado en esta situación. Por eso, continuaron con “Love is not the enemy” y también incluyeron las notables “Always the pretenders” y “Start from the dark”. Como si quisieran retroalimentarse y justificar la dureza que demuestran sobre las tablas, han recuperado “Scream of anger” del “Wings of tomorrow” que desde la gira de reunión había sido dejada de lado. Me encanta esta canción pero les queda embarullada, sobre todo a un John Norum empeñado en dar más y más crudeza a sus seis cuerdas. Tendrían que cambiarla ya por “Stormwind”.

Este espíritu de “a la vejez, viruelas”, se refleja en cada ejecución. Así, por ejemplo, “Superstitious” era un tema dulce, fino y delicado. No digo que ahora no lo sea, pero aparecen los aires metaleros que originariamente no se intuían. Con “Sign of the times” descubrimos que el sonido se había arreglado un poquito y grata, por inesperada, resultó “Seventh sign” del “Prisoners in paradise”. Eso sí, es un elección errónea porque el tema título o algún otro habrían gozado de mejor respuesta. Además de esa dualidad en la que se mueve John, Tempest sigue sin ser el mejor cantante del mundo. Creo que más debido al enfado que a otra cosa no tuvo su tarde aunque sus personales registros le salvan de la debacle. El resto, oscuros, bastante oscuros. El teclado de Mic se arregló pero no una de los dos micrófonos lo que impidió escuchar los coros en multitud de ocasiones.

Desgraciadamente para Europe, por muchos que los cuatro discos acompañantes de sus primeros años sean impresionantes y que, incluso, “Start from the dark” me parezca excelente, para el público que se decanta por los hits (como sucede en festivales) y no en la profundidad de sus discografía, los escandinavos están ligados a un único álbum. De ahí que los compases del “Rock the night” pusieran patas arriba Valdespartera. Es una gran canción pero tiene el fallo de que repite el estribillo hasta la saciedad. Momentáneamente abandonaron el escenario siendo el primero en regresar Ian Haughland que con su batería marcó el inmortal redoble de “Cherokee”. No la esperaba (porque en el tour del “Secret society” no sonó) y por eso me hizo recobrar la sonrisa perdida una hora antes. Para mí, fue, de largo, lo más grande de una descarga que culminó, como no podía ser de otra forma, con “The final countdown”. Algún día me explicaran por qué samplean los teclados iniciales. El caso es que a la gente no pareció importarle porque disfrutaron al máximo. Europe fueron de menos a más y, al final, se congraciaron y cuajaron un show digno cuando el ocaso de la tarde se acercaba. A mí ya no me seducen pero lograron rehacerse con profesionalidad a las circunstancias adversas con las que lidiaron. Eso hay que reconocerlo y resaltar su mérito.

WASP: EL REY SOL

“Cuando el rey quería, era el hombre más agradable y amable del mundo. Sin ser perfecto, nuestro rey tenía grandes y bellas cualidades y no mereció ser tan difamado y despreciado por sus súbditos a su muerte. Mientras vivió, le adularon hasta la idolatría.” Así definió su cuñada a Luis XIV de Francia, el conocido como “El Rey Sol”. Si su adorado Jim Morrison era “El Rey Lagarto” había que poner a Blackie Lawless un mote a la altura de su leyenda. Sí, muchas veces le he llamado prestidigitador, vendedor de crecepelo, vende burras, etc. Lo pienso y me reafirmo, pero el tipo tiene tal magnetismo entre sus fans que merece ser elevado de estadio y colocarse en una posición magna, noble o real. ¿Por qué “El Rey Sol”? Además de que creo que casa con la sentencia con que comenzábamos el párrafo, ya en un tono jocoso y cariñoso, también porque a Luis XIV no se le podía mirar a la cara. A nuestro ídolo Lawless tampoco, aunque por otros motivos que podréis comprobar en alguna de las fotos que acompañan a este reportaje.

Últimamente, me ha dado por meditar sobre fenómenos extraños y, en el caso paranormal que nos ocupa, me he convencido de que Blackie es más grande que la vida. Cuando creía que su carrera no daba más de sí y que se arrastraba por los escenarios del mundo engañando a los pocos fieles que le quedaban, nuestro héroe se saca de la chistera un discazo magnífico como “Dominator”, se embarca en una gira temática de su seminal “The crimson idol” que hace caer rendido al más escéptico y derroche carisma. Esto último diréis que siempre lo ha tenido pero el pájaro está en la madurez (casi senectud je, je) y sabe cómo provocarnos sin parecer chulesco o zafio. Tan aborregada (en el buen sentido) está su masa de fervientes seguidores que da igual que WASP ofrezcan un concierto casi igual al Monster Of Rock de Zaragoza de hace tres años porque se le va a aplaudir, ¡qué digo!, ovacionar, vitorear y alabar unánimemente.

¿Cuál es el secreto? Lo ignoro pero me quito el sombrero. ¿Qué la sombra de los pregrabados acecha? Nada, infamia de mediocres críticos. ¿Qué curiosamente la voz sube y baja cuan montaña rusa se tratara? El viento que, incluso, corre en los clubes donde toca… ¿Qué repetimos repertorio? ¡Coño, es WASP! Yo quiero oír el “I wanna be somebody” y el “Blind in Texas”. En fin… El medley de inicio fue, de nuevo, compuesto por “On your knees”, “Inside the electric circus” y “Hate to love me”, esta última interpretada en su totalidad. El sonido, reitero, era curioso. Las voces iban y venían de manera caprichosa. La música también pero ésta más relacionada con la fuerza de Eolo. Blackie está tan seguro de sus fuerzas que ni se molesta en cambiar el orden de los temas o su presentación. “L.O.V.E. Machine” desató la locura y “Wild child” provocó el delirio generalizado. Lawless se movía más que sus compañeros, resultando que el siempre hiperactivo Mike Duda estuvo un poco más gris de lo habitual, mermado por una lesión de rodilla.

El momento más alucinante fue “Take me up”. Me pareció tan increíble el vozarrón que se gastó Blackie y lo bien que sonó que, lo siento, dudo mucho que no estuviera grabado. No lo puedo demostrar y prefiero quedarme con la brutal ejecución de este genial medio tiempo pero, no sé, me pareció tan perfecto como irreal. Continuamos con las maravillas y “Chainsaw Charlie” hizo vibrar a los más fanáticos. También “The idol” donde, como es norma, Doug Blair alarga el solo final para que las cuerdas vocales de Lawless descansen. Como ellos no recuperaron tiempo respecto a Europe, también acortaron su actuación diez minutos. Por lo tanto, solo quedaba espacio para “I wanna be somebody” y la festiva “Blind in Texas”. Todos los asistentes reverenciaron a su rey. El monarca saludó satisfecho aunque creo que en el Hellfest el día anterior había sido el acabose con los franceses. No sé qué decir, Blackie me deja sin palabras. Me parece que voy a aplicar lo de la famosa rumba: “Obi, oba, cada día te quiero más”. Menudo crack.

BLIND GUARDIAN: VUELVA USTED MAÑANA

¿Qué es lo peor que puede ocurrir en un festival cuando la noche cae y la sensación térmica es gélida? Que salga un grupo y te deje frío. Con Blind Guardian existían grandes posibilidades de que esto sucediera. El Rey Sol, Blackie, había dejado su estela, y su homónimo, el de verdad, desaparecía en lontananza. El dueño del fin de semana, el viento, seguía soplando con fuerza y la mayoría no veníamos preparados por lo precisábamos algo movidito, marchoso y con ritmo. Hansi Kursch y los suyos serán muy buenos en estudio (que hace años lo fueron) pero sobre un escenario la imagen que ofrecen es pobre en comparación. Hansi es la antítesis del frontman y haría mejor volviéndose a enfundar el bajo; los amigos Olbrich y Siepen se dedican a tocar, y el resto son meras comparsas que tienen su stand y no pueden participar en la fiesta.

Existía una posibilidad de que esto se convirtiera en algo interesante porque había prometido un lavado de cara importante al repertorio. Es verdad, lo hicieron en parte pero la elección fue tan ridícula que casi resultó contraproducente. Comencemos. El retraso acumulado era de media hora, la gente se impacientaba pero, sin alardes y con el tono discreto habitual, salieron los bardos comandados por un Kursch que ha decidido para un hombre de negocios de mediana edad con ese corte de pelo y raya a un lado que se esfumó en segundos. No tuvieron mejor ocurrencia que abrir con “This will never end”, como si “A twist in the myth” hubiera calado entre sus seguidores y no fuera considerado aún peor que el “A night at the opera”. Sin duda, para hacérselo mirar. Con “Another holy war” parecía que aquello tenía que remontar pero la insulsa interpretación solo contento a los irredentos de los germanos.

Considerar “Nightfall” como un lavado de cara del repertorio es una broma de mal gusto pero supuse que alguna típica tendría que caer. No es de mis preferidas pero a su gente le encanta. Eso sí, Hansi sufriendo más cada año. Lo que me parece un cachondeo es lo de “Fly”. No contentos con tener que soportarla en la susodicha gira, insisten en que este bodrio continúe torturándonos. ¿Por qué? Ellos sabrán. Para darles el caramelito a los menos exigentes tiraron de “Valhalla”. Y me vuelvo a preguntar: ¿Es éste el set list cambiado prometido? Marca de la casa es el coro eterno del respetable pero es que ni el propio Hansi ya se cree. Pone el micro al público con una desgana que parece que le hubieran obligado a estar ahí. A su lado, André y Marcus eran tipos activos.

Por fin, anunciaban algo novedoso…errr, vale, el problema es que interpretaron una canción de lo que será su próxima entrega. “Sacred” se titula y preveo negros nubarrones en el horizonte porque como todas sean así, pueden llegar a superar en mediocridad a “A twist in the myth”. Aquello no tenía vuelta atrás; el aburrimiento se había adueñado de la mayoría. Finalmente, sí recuperaron un corte antiguo pero escogieron una composición más “difícil” como “The quest for Tanelorn”. Patinazo porque del “Somewhere far beyond” tenían como alternativas más viables y festivaleras el propio tema que le da nombre o las geniales “Time what is time” o “A journey through the dark”, pero Blind Guardian se empecinaban en ir a su bola. Otra prueba de este hecho es la inclusión de “Punishment divine” de “A night at the opera”. Pues muy bien. Si tienes dos horas, de acuerdo, pero con menos de sesenta minutos, es para mandarles a esparragar.

Afortunadamente, había que abreviar y aquí ya se acabaron las tonterías. ¿Qué quiere la masa? Démosles lo que piden: “Script for my requiem” y la inefable “Mirror mirror”, un auténtico cáncer en todo concierto de Blind Guardian que se precie. Lo más grande es que se quedaron sin tiempo para el karaoke metal de “The Bard´s song - in the forest”. Lo más lamentable es que la gente salía cariacontecida y hasta indignada porque no la habían tocado. Más aún, faltaban imprescindibles como “Imaginations from the other side”, “Bright eyes”, etc. Es decir, toda la colección de temas que siempre caen en sus giras y muchos estamos hartos de escuchar. No sé qué fue más penoso, el show decadente de Blind Guardian o sus seguidores más radicales. Con prácticamente la mayoría de temas de sus cuatro primeras obras se podrían haber apuntado un tanto, mas eligieron el camino incorrecto. Un horror.

CHILDREN OF BODOM: PESADILLA ANTES DE NAVIDAD

Seguíamos con el retraso acumulado y el frío in crescendo cuando llegó el tuno de unos chicos acostumbrados a las temperaturas bajo cero. Children Of Bodom volvían a la actividad después de suspender un tramo de su gira americana como consecuencia de la rotura de clavícula de Alexi Laiho y es que, amigos, el alcohol descontrolado es muy malo. El enfant terrible finlandés intentó continuar pero era imposible acomodarse la guitarra. Estas lesiones son dolorosas y necesitan reposo. Dolorosa también era la espera que afrontaban muchos viejos roqueros. Con WASP disfrutaron, con Blind Guardian bostezaron pero, para muchos, Children Of Bodom fue un muro imposible de franquear porque no había sitio (salvo los coches) para refugiarse de la adversa climatología.

Los más jóvenes, por el contrario, aguardaban en las primeras filas a que el maestro de ceremonias saltara a escena. Llevaban ya un par de años ausentes de nuestro país porque el tour europeo de enero y febrero con Caníbal Corpse no sobrepasó los Pirineos. Por esta razón, sus seguidores no habían podido escuchar los temas de “Blooddrunk” en directo. Ese era el principal aliciente para muchos que Laiho, el borrachín de Warmen (siempre con una cerveza en la mano) y compañía tenían otras ideas porque optaron por un repertorio en el que el principal protagonista iba a ser su, en mi opinión, mejor entrega “Hatecrew deathroll”. Eso sí, me sigue pareciendo imperdonable que ignoren su debut “Something wild”. Quizá a nivel compositivo haya sido superado por todo lo posterior pero la frescura que desprendía aquel álbum no la han alcanzado jamás.

La puesta en escena muy sobria, justo lo opuesto a su estado habitual. Salieron, se enfundaron sus instrumentos y arrancaron con la fantástica “Needled 24/7”. El sonido no era todo lo nítido que podríamos haber deseado pero en las circunstancias en que se desarrollaba el festival, tampoco fue de los peores. Los ojos siempre se centran en el dúo Warmen – Laiho pero me pareció ver a Roope Latvala más activo que en otras ocasiones. Comenzaron muy calientes, algo que era imprescindible para no dormir al personal, porque rápidamente enlazaron con “Bodom beach terror”, también recogida en “Hatecrew deathroll”. Así, sus entusiastas seguidores intentaron llevarles en volandas, si bien algún que otro parón entre tema y tema les perjudicó. “Hate me” es otra favorita de los fans, single de “Follow the reaper”, para muchos su preferido.

Seguíamos con un recorrido por su trayectoria y nos acercábamos a la actualidad con “In your face” y “Living dead beat”, buenos cortes que pertenecen al disco con el que me desenganché de su propuesta, “Are you dead yet?”. Algunos no lo entenderán pero Children Of Bodom me empezaron a parecer muy cansinos, tanto que hoy no los tengo como referencia ni la vigésima parte de lo que significaron para mí hace siete u ocho años. Cosas de la vida, será. A la sexta fue la vencida y, finalmente, cayó el tema título de su reciente obra “Blooddrunk”, con notable acogida entre las primeras filas. Prueba de que eligieron un repertorio bastante equilibrado resultó esa especie de medley que crearon entre “Children of decadence” y “Bed of razors”. En distintas giras de los finlandeses pienso que ya he escuchado prácticamente enteros “Hatebreeder”, “Follow the reaper” y “Hatecrew deathroll”. Buena señal.

La parte final del concierto tuvo, para mí, unos minutos de decaimiento porque “Hellhounds on my trail” no me convence y “Angels don´t kill” mola pero no a la una de la madrugada, en el último segmento de la actuación y con la que estaba cayendo. Habría sido más inteligente “Sixpounder”, “Bodom beach terror” o “Warheart”, por poner ejemplos típicos. No obstante, ellos decidieron y hay respetarlo, aunque no me agrade. Para concluir, dos que sí tienen que estar prácticamente en cada show: “Downfall” y “Hatecrew deathroll”. Alexi tuvo un detalle bastante gracioso y es que antes de la última canción, y en una de las referidas pausas, Warmen dibujó la archiconocida melodía del “The final countdown”. Laiho le abroncó (en broma) y comentó: “Al menos tú lo tocas en directo”. Fue un punto divertido para culminar una hora de buena actuación. Quizá los que les siguen con fervor disfrutaran más. A mí terminaron por hastiarme pero estoy seguro que con otro clima, mi impresión habría sido más favorable. Me esperaba poco y cumplieron con creces.

BARÓN ROJO: VUELO RASANTE

No sé por dónde empezar… Es complicado hablar de esto… Veamos, mis expectativas ante la reunión de Barón Rojo no eran grandes. En bastantes ocasiones he visto a los hermanos de Castro (con los dos acompañantes de turno) y me he sentido muy frustrado; por otro lado, un concierto de Sherpa (con Hermes en los tambores) no me reportó nada más que un tío, que sí, que era la voz de Barón en la mayoría de hits pero recitando las canciones más que cantando. Por la motivación de la pasta no hay problema: todos los hacen. A ver si os creéis que las rencillas se pasan de un día para otro y todos tan amigos. Ni Harris es colega de Dickinson ni Halford se va de farra con Downing y Tipton. Por lo tanto, si el cheque fue tan suculento como para aceptar, mejor para sus cuentas corrientes.

Lo que no parece ni medio normal es cómo se montó esto. La reunión de la formación original de la banda más grande de hard & heavy que ha habido y habrá en este puñetero país no puede empezar a las dos y cuarto de la madrugada con siete grados de sensación térmica. Es indecente y ridículo. La hora programada (la una y media) era de por sí intempestiva pero que haya retraso es de coña porque esto tuvo efectos posteriores. Tenían más canciones preparadas que se quedaron en el tintero. Contra el frío no se puede luchar, diréis. De acuerdo, pero si aquello comienza a las diez, cuando los cabezas de carteles en festivales normales, todos los que habían acudido al festival ese día estarían delante del escenario. Ocurrió que el aspecto era descorazonador. ¿De verdad menos de cinco mil personas es la capacidad de atracción que tenía este evento único? Seguro que no, pero la propia contribución de los protagonistas tirándose mierda durante años, los programadores del Metalway, el Kobetasonik, etc… Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Mi sensación, debido a esto, fue agridulce porque el concierto estuvo francamente bien. No memorable pero sí una actuación digna y, por momentos, brillante donde a Serpa se le notó que se había preparado a conciencia, ejerció de maestro de ceremonias (algo que a Carlos no le gustó en exceso), incluso soltó alguna puyita o indirecta, y únicamente flaqueó en las postrimerías cuando se le acumuló el trabajo vocal. Armando de Castro es el gran valedor de la vigencia del Barón. Con la guitarra, el número y ayudando a los coros en multitud de ocasiones, encargándose de la voz principal en “Hermano del rock”. Carlos se vio completamente superado por Sherpa, si bien en sus últimas aportaciones solistas en el repertorio (“Cuerdas de acero”, “Larga vida al rock and roll”) se recuperó y estuvo a la altura. Hermes Calabria es un metrónomo y, qué demonios, si estaba el resto, él también.

El set list resultó de ensueño. Seguro que todos queríamos tal o cual canción pero si no les dejaron tocar todo lo que tenían preparado, nos podemos dar con un canto en los dientes. Veintiséis composiciones, tocadas del tirón, sin parones, sin solo, con poco karaoke metal, acompañados de unas proyecciones un tanto cutres pero kitsch y ochenteras. ¿Qué más se puede pedir? ¿”Anda suelto satanás”? ¿”El pobre”? ¿”Diosa razón”? ¿”Casi me mato”? ¿”Chicos del rock”? ¿Alguna de “Obstinato” o “No va más”? Seguro que “Los desertores del rock” habría sido el morbazo je, je…A lo mejor, pero unas cuantas reitero que estaban previstas y se las tuvieron que saltar porque la policía dijo que ya era tarde (casi como en los viejos tiempos).

Aunque la química personal sea nula, la musical es indudable y entre, sobre todo, Sherpa y Armando funciona. Verles aparecer y encarar “Concierto para ellos” nos hizo un nudo en la garganta hasta a los más escépticos entre los presentes, lo juro. Con el “Otra vez aquí, sintonízamos…” a más de uno se le cayeron las lágrimas. ¿De alegría? ¿De nostalgia? ¿De emoción? ¡Qué más da! José Luis Campuzano al bajo y voz, los hermanos de Castro a las guitarras y Hermes Calabria con su batería. Quedaba la prueba de fuego. Después del impacto inicial, qué sucedería. No estaba claro si aquello se derrumbaría como un castillo de arena y muchos deseaban que acabaran tirándose los trastos sobre el escenario. Para nada. Insisto en que no fue el concierto del año (en ese contexto era inviable) pero la sucesión de composiciones que nos han acompañado en la vida, bien tocadas (a pesar del mal sonido que hacía que la guitarra de Armando se oyera baja), decentemente cantadas y bastante aplaudidas, me supuso recuperar la sonrisa perdida en Riot.

“Tierra de vándalos”, “Campo de concentración”, “Las flores del mal”, la ovacionada “El malo”,... Unas más habituales, otras menos, pero todas esperadas. ¿Con qué nos sorprendieron? Con unas cuantas. El trío “Hermano del rock”, la instrumental “Buenos aires” y “Herencia letal” no eran de las fijas. En concreto, esta última la ejecutaron en su versión original, en la cañera, no en el remake infumable de “Obstinato”. Lástima que terminara aturullada y caótica porque habría sido lo más grande del fin de semana si la hubieran interpretado bien. “Tierra de nadie” es una habitual de los shows de Sherpa, pero imaginaba que con “Hijos de Caín” y “Siempre estás allí” de por medio, a lo mejor la aparcaban, pero no. Tampoco les quedó especialmente bien, justo lo contrario de “Un caso perdido”, donde Carlos dio el 100% de su voz y el propio Sherpa reconoció que el tema le pone los pelos de punta y le parece increíble.

“Se escapa el tiempo” es otra de esas que estaba en la cuerda floja y se salió. Nada os digo de “Breakthoven”, con muchísima gente a mi alrededor dejándose la garganta. Excelente. De ahí en adelante se zafaron con sus éxitos más importantes, casualmente en su gran mayoría del dúo Campuzano – Carolina Cortés. Gran detalle el de Armando cuando invitó a la compañera de Sherpa a salir a saludar presentándola como una parte fundamental de Barón Rojo. Carolina correspondió con dos besos a los hermanos y así se cerró la polémica que Armando, innecesariamente, había generado días antes en su web cuando, de alguna forma, minusvaloró el papel de Cortés en la historia del grupo.

El hecho de tocar seguidas “Con las botas sucias”, “Siempre estás allí”, “Cuerdas de acero”, “Los roqueros van al infierno”, “Barón Rojo”, “Resistiré” (precedida por la instrumental “Efluvios”), “Incomunicación” e “Hijos de Caín” implicó que Sherpa terminara justito pero, en términos generales, desarrolló una notable labor. Esa traca definitiva levantó el ánimo de los valientes que aguantábamos estoicamente el cierzo aragonés hasta que nos anunciaron que la fiesta se acababa y era hora de marcharse a dormir. ¿Habrá más? No lo sé. Creo que si todo lo que giraba alrededor del concierto hubiera sido idónea, como ellos comentan en su tema emblema, hubiera sido “un gran final”. Me imagino la Plaza de las Ventas llena, horario normal, público entregado, buena temperatura, sin restricciones de repertorio y ellos diciendo: “Buenas noches y hasta siempre”. Como no ocurrió de esta manera, tal vez el dinero haga milagros. En cualquier caso, yo estuve allí.


DOMINGO 21: UN HOMBRE SIN PIEDAD

Mal que bien, el primer día oficial del Metalway había concluido con algún que otro resfriado, poco público, regulares sensaciones, pero sin alteraciones sobresalientes. Esto lo digo a posteriori porque no imaginábamos qué iba a concurrir cuando al concluir Barón Rojo casi a las cinco de la madrugada nos acostábamos. Y es que llegó Tony Iommi, o su espalda, o el viento, o vaya usted a saber qué, pero el festival se diluyó como un azucarillo entre la impotencia, la indignación y el desánimo. Si a esto le unimos que Fear Factory también cancelaron en el último instante su concierto, el día resultó frustrante. En la sección “El otro Metalway” analizamos en profundidad los hechos. Total, que solo el señor Jon Oliva y los de siempre, Saxon lograron desperezarnos y hacernos vibrar. Un fallo en la alarma del móvil supuso que nos despertáramos demasiado tarde, con lo que nos perdimos a Cannibal Queen y Lauren Harris. Lo mío con esta chica es de coña. Son cuatro veces las que he tenido la oportunidad de verla y, por “h” o por “b”, nunca se ha dado la circunstancia. Eso sí, lo que no esperábamos es que al acceder al recinto Heaveans Basement ya hubiera terminado su actuación. Me sorprendió que les dieran sesenta minutos porque no tienen material editado para ello pero me parece fatal que toquen menos y se larguen, si bien no es su culpa porque se dejaron la piel según me contaron. Otra vez será.


LITA FORD: LA IMPORTANCIA DE LAS EXPECTATIVAS

Sería una necedad decir que uno de los pocos alicientes (a nivel de novedad) de esta edición del Metalway era la presencia de Carmelita Ford. Jamás había tocado en nuestro país y si bien no me considero su principal fan (me gustan canciones sueltas y punto) era un lujo que la organización no debería haber relegado a la hora de la comida. Incomprensible resulta, asimismo, que saliera a tocar quince minutos antes de lo previsto con lo que ahí estábamos cuatro gatos que nos pertrechábamos en la sombra de las carpas y quedamos sorprendidos ante tan súbita presencia. Se veía que estaban probando instrumentos pero no pensé que la cosa iba a ser inminente. ¿Intentaban dar margen por si acaso luego se producían retrasos? Ni idea aunque supongo que esa no es la respuesta.

Antes de comentar lo que fue el show un par de apuntes previos. En primer lugar, las críticas de gente que había estado en el Sweden Rock fueron demoledoras. Ni ganas, ni fuerza, ni pasión. Seguidores de Lita decepcionados por su concierto. Hay un factor importante. Si no estoy equivocado, en Suecia ella era la única guitarrista pero desde Zaragoza tuvo una inestimable ayuda. Aunque muchos no le conocieron, nada menos que Ron Thal (o lo que es lo mismo, Bumblefoot de Guns ´N´ Roses) hizo el papel de rítmico o solista en según qué temas. Fichaje extraño pero de lujo porque el tío toca realmente bien. Además, la banda de acompañamiento era excelente y con renombre (aunque, reitero, ahí ni dios se enteraba). El batería no fue el habitual Stet Howland (ex WASP) sino Dennis Leeflang. Dennis es un holandés que toca con Bumblefoot desde que emigró a Estados Unidos pero que en sus inicios fue miembro de unos noveles Within Temptation, justo antes de editar su glorioso debut “Enter”. Por su parte, a los teclados teníamos a Michael T. Ross, que a principios de siglo militó en Hardline y los míticos Angel. Por último, al bajo y con unas pintas criticadas, PJ Farley, el bajista de Trixter y 40ft. Ringo.

Me parecía difícil que fallaran con esta formación de lujo pero todo dependía del estado vocal de Lita y la manera de encarar el show. Con una guitarra chulísima con motivos de una marca de vodka, Ford apareció en escena con la excelente “Larger than life”, quizá mi favorita. El sonido no era malo y a Lita no la vi floja de cuerdas vocales. Es cierto que soltó algún gallo pero vamos, para la edad que tiene se conserva bien, no solo para cantar sino físicamente. En la cara y el cuello (que se protegía coquetamente con un collar) se nota el paso de los años, pero ya les gustaría a la mayoría de veintañeras tener el cuerpo de esta mujer. Sin solución de continuidad, enlazaron “Blakc widow” y la cañera “Can´t catch me”. Con eso me ganaron porque podría hablar de mis tres preferidas junto a “Kiss me deadly”.

Increíble que la mayoría de los escasos asistentes no tenía ni idea de qué canción estaban sonando e, imagino, ni quién era esta cincuentona americana. Flipante. En “Gotta let go” dejó las labores de guitarra a Ron ejerciendo el papel de frontwoman. Hasta aquí mi impresión era notable pero con el alargamiento de “Back to the cave” entramos en un etapa de sopor ya que siguieron con “Falling in and out of love” que ni me gusta ni su ubicación era la adecuada. Para colmo, llegaba la hora de Jim Gillete. El que fuera cantante de Nitro estaba desconocido. Con el pelo de pincho y pinta de motero, se ve que Lita le debe alimentar bien porque está tremendo, nada que ver con el rubio casi blanco cardado que peinaba en su banda. Ni tan siquiera en la voz porque en vez de los agudos imposibles que rompían vidrios nos encontramos con graves simplones y nada espectaculares en los dos temas nuevos que presentaron: “Crave” y “Betrayal”. Además de ser malas, se alejan tanto del estilo de Lita Ford que no le veo sentido alguno a su grabación en un futuro disco. Para babeo de unos pocos, Jim se despachó a gusto metiendo mano a su esposa sin rubor. Sin comentarios.

El aburrimiento se había adueñado de Valdespartera y “Close my eyes forever”, donde más falló Lita, tampoco sirvió para levantar el ánimo de los asistentes ya que, incomprensiblemente, seguía siendo “desconocida”. Solo “Kiss me deadly” tuvo más de diez personas a los coros y, lógicamente, puso punto final a una actuación desigual. La primera mitad, notable; la segunda, mejorable. En cualquier caso, esperaba bastante menos de Carmelita y me fui contento porque, al menos, no me había defraudado. Como en estas ocasiones “únicas”, me faltaron algunos temas que podían haber entrado si no hubieran alargado “Back to the cave” u omitieran cortes recientes, pero era previsible. Por si acaso no se vuelve a repetir, estuvo bien.

PARADISE LOST: LA MADRE DE TODOS LOS DESASTRES

Los quince minutos de adelanto y los tres que se dejó Lita Ford sin tocar para cumplir la hora, fueron rápidamente paliaos por el Paraíso Perdido saliendo en el tiempo previsto inicialmente, es decir, casi cincuenta minutos después de la estadounidense. Si solo hubiera sido éste es el problema, nada que objetar, estas cosas pasan en la mejores familias, pero con los británicos sé que nada bueno puede suceder. Por si se me olvida, lo diré ya: es imposible (salvo que estés autoconvencido) que a estas alturas de la película nadie pueda salir satisfecho de un show de Paradise Lost. El motivo es claro: Nick Holmes. Este señor no puede subir a un escenario, no puede cantar, se le acabó la voz hace años y, por si esto fuera poco, le echa cero ganas. Por estas razones, si alguien me dice que este engendro le pareció un buen concierto pues le respetaré pero, para mí, perderá su credibilidad.

Lo peor es que el concierto tuvo detalles que pudieron ser positivos pero todo queda minimizado por la sombra de Holmes. Por ejemplo, Gregor Mackintosh vuelve a tener una imagen decente, como en los días del “Icon”, con el pelo largísimo y perilla. Aaron ha adelgazado y si bien nunca volverá a ser “un cuadro de El Greco” tampoco podría ya ser el doble del muñeco de Michelín. En lo estrictamente musical, tienen un batería, albricias. Después de años viendo como el kit era maltratado, la adición de Adrian Erlandsson es un acierto para la banda. Luego, podríamos hablar del set list, con unos temas iniciales que si hubieran tenido a Nick y no a eso que salió, habría sido espectacular. No obstante, y para que los de Yorkshire lo tengan en cuenta en otra vida, normalmente tus clásicos los tocas al final, no en el inicio, pero claro, eso es pedir peras al olmo porque, efectivamente, para esta gente y para los fans que les quedan, sus “clásicos” serán cosa como “Say just words” y “One second”.

Paradise Lost lo tuvieron todo para despegar pero arruinaron su carrera. Con “Draconian times” (un disco que a mí no me agrada en exceso) reventaron la gira europea. Sin embargo, “One second”, aunque entonces vendiera más, resultó contraproducente. Ese éxito provocó el fichaje por EMI y el indigno “Host”, un álbum desvergonzado para los creadores de “Gothic”. De ahí en adelante, pues eso, a navegar sin rumbo. La última vez que les vi (creo que 2003) juré que “Nunca mais” pero como estaban en el Metalway, allí nos postramos para escuchar, con mal sonido, “Hallowed land”, buen comienzo y es que, reitero, la mitad del show fue alternando temas sin interés para mí como “Never for the damned” o “Erased” con composiciones inmortales tipo “As I die” o la recuperada “Pity the sadness” que, finalmente, no hacían sino incrementar mi cabreo por la lamentable ejecución de Nick.
Otra de las sorpresas, tras la insustancial “Ash and debris”, fue “Embers fire”, la apertura de “Icon” pero ni en un corte menos exigente como éste Holmes aprobó. Probablemente sea una cuestión de gustos con la forma de elegir el repertorio pero si “The enemy” ya me tira mucho para atrás, no os cuento “The last time” (digna de unos Metallica de quinta), en mi opinión la fuente de todo mal en Paradise Lost, una canción horrible que fue un hit a nivel europeo. Comparado con ésta, “Say just words” será “pachanguera”, comercial y facilona pero es buena, notable diría yo. “One second”, por el contrario, me parece insustancial y que cierren con “Requiem”, el tema título del último, pues eso, muy propio de un quinteto que lleva dando tumbos demasiado tiempo. En estos sesenta minutos me reafirmé en mi posición de “Nunca mais” porque el recuperar canciones antiguas solo sirvió para aumentar mi enfado. Que se retiren lo más rápido posible para no ensuciar aún más, si cabe, su otrora genial legado.

JON OLIVA´S PAIN: AL LÍMITE DEL BIEN

Si alguien me podía arreglar este decepcionante fin de semana era Jon Oliva. The Mountain King es el amo, punto y final. Es una opinión pero como este artículo lo escribo yo pues he de expresar lo que pienso y si Savatage son mi grupo favorito, blanco y en botella, pues eso. Además, después del bodrio del Paraíso Perdido, al menos sabía que el mayor de los Oliva no defraudaría. En los festivales suele centrarse en el material de Savatage por lo que la alegría era doble. En mi fuero interno albergaba la esperanza de que tocaran “When the crowds are gone”, única manera de compensar la decepción de que Riot no interpretaran “Bloodstreets”. Son dos de esas canciones que están en un hipotético top10 de tu vida y asumir no escucharlas jamás me cuesta.

Aunque parezca mentira, bastante gente se acercó a ver la descarga de los de Florida, todo lo contrario que ocurrió en su gira del año pasado donde aquí reseñamos el concierto de Vitoria donde acudimos menos de medio centenar de individuos. Una intro de teclados que me sonaba familiar sirvió para que saliera el sexteto comandado por un Jon que estaba ¡aún más gordo que hace trece meses! Este hombre necesita una operación ya porque tiene una obesidad mórbida muy preocupante. Comenzar con “City beneath the surface” del EP de Savatage “The dungeons are calling” fue la leche, tanto que la gente se descolocó (incluido yo, que hace siglos que no me lo ponía en casa). El sonido era mejorable pero a Jon se le oía y los teclados (tanto los suyos como los de Jon Zahner se oían bastante bien, no tanto las guitarras. Este inicio fue totalmente “old school” porque enlazaron la parte lenta y sabbathica del final de “City beneath the surface” con el riff principal de “Sirens” y ahí los fieles seguidores de Savatage despegamos.

Si tengo que poner, que la pongo, una pega importante al concierto es que el repertorio de temas de la banda que le dio renombre resultó igual a lo que vimos en Vitoria cambiando “City…” por “Unusual”. Es una lástima porque estoy seguro que esta gente podría variar un poco más. De hecho, en el Gods Of Metal la semana siguiente ejecutaron “Edge of thorns” para delirio del personal. La única excepción al legado de Savatage fue “Through the eyes of the king” de “Maniacal renderings” que pasó desapercibida aunque moló bastante. De ahí hasta la conclusión una orgía de sensaciones positivas. Sigo creyendo que no deberían tocar “Chance” pero como a Jon le encanta y tiene bula, pues perfecto. Las voces dobladas las hacen bastante bien colaborando casi todo el grupo, con mención especial al baterista Chris Kinder, excelente cantando. Por supuesto, no debo olvidarme de Matt LaPorte. Nunca tendrá el nombre que se merece pero, para mí, es el tipo que mejor recupera el espíritu Criss Oliva en los solos de guitarra, superior a Chris Caffery o Al Pitrelli.

Jon permaneció casi todo el concierto sentado detrás de su piano y desde ahí nos regala la preciosa introducción de “Gutter ballet”, de los temas más aplaudidos y celebrados por la concurrencia. “Tonight he grins again” y “Hounds” no gozan de tanto favor popular pero en la oscuridad que desprenden reside su encanto. Me emocionó la interpretación de la primera, puro sentimiento, y la conclusión de la segunda después del segmento atmosférico. Con la siempre esperada “Believe” quedó claro que tampoco era el día de “When the crowds are gone” pero nos dejamos las cuerdas vocales en cada una de sus emotivas frases. “Believe” es el principio del fin y solo quedaban las más recordadas. “Jesus saves” significó la puesta en pie de Jon Oliva para que el público acompañará coreando el estribillo y “Hall of the mountain king” pasa por ser el tema emblema de Savatage. De acuerdo que es de las más famosas, si bien hay otras composiciones más adecuadas para cerrar el show.

Cuando el universo Savatage entra en mi vida siempre soy muy subjetivo pero creo no engañar a nadie al afirmar que Jon Oliva´s Pain fueron de lo mejorcito del primer fin de semana del Metalway. Salieron sin grandes fanfarrias pero dispuesto a ofrecernos una colección de canciones insuperables. Superaron los problemas del viento y el regular sonido, se centraron en tocar y ganaron la partida. Qué pena que no tengan ni el mínimo reconocimiento entre la gente. Ojalá estas apariciones en festivales les sirvan de algo porque se nos avecina nuevo disco. La reunión de Savatage caerá, estoy seguro, con Zach Steven, Johnny Lee Middleton, Caffery, Oliva y, esperemos, Steve “Dr. Killdrums” Wacholz, además de otro guitarrista. Mientras tanto, loas, vítores y honores para Jon.


OPETH: MARCHANDO UN BOCADILLO… DE MORTADELA

Las siete de la tarde es una hora rara. Ya repuesto de la siesta (el que se la eche) estás a medio camino antes de afrontar la noche y que te vuelva a entrar el sueño. Si eres noctámbulo únicamente esperas a que el astro rey se oculte para sacar a relucir tu personalidad. En este contexto, afrontar un concierto de Opeth no es tarea sencilla. Cualquier día les van a dar un premio en España porque ya vinieron en diciembre y volverán como parte del Progressive Nation el próximo noviembre. Además, esta actuación festivalera en el Metalway. Menos mal que Akerfeldt y los suyos tienen algo positivo, intentar no tocar siempre lo mismo. Sería excesivamente tedioso que los suecos, con las composiciones tan largas que tienen, repitieran sistemáticamente repertorios porque con nueve discos de estudio se quedan demasiadas sin tocar. Lo que no termina de agradarme es que considero que han entrado en un sendero de autocomplacencia nada favorable.

Para mi gusto, “Watershed” está por encima de “Ghost reveries” disco que, sin contar “Damnation”, me parece el más flojo de su carrera. Pero de ahí a creerte que estás a otro nivel media un abismo, aunque sea verdad. Porque Mikael siempre está en su papel de “El club de la comedia” pero en Zaragoza adoptó el disfraz de “rey de la ironía”, lanzando alguna que otra puya al público, de manera injusta, por cierto. A lo mejor es una interpretación mía y sus palabras eran inocentes. Puede ser porque me extraña que Akerfeldt entre en esa dinámica pero fue una impresión, quizá errónea. El caso es que se congregó un buen número de gente para presenciar la descarga del quinteto escandinavo. Tenían a sus seguidores acérrimos copando las primeras filas pero también bastantes curiosos que, amantes del heavy tradicional, no quisieron perderse esta oportunidad ya que fijo que en una gira normal ni se lo plantean.

¿Es verdad que un festival no es el mejor entorno para Opeth? A lo mejor sí pero una de las primeras veces que les vi, en el Bélgica, fue en un evento así y me dejaron boquiabierto. Siendo justos, mi enamoramiento de los suecos pasó hace ya unos cuantos años y, entonces, 2001, estaba cerca del clímax. Pero vamos, se puede entender que en un club, con sus técnicos y los fans conocedores de su obra, la música de Opeth brille de distinta forma. Con el viento soplando con fuerza moviendo la melena hippie de Mikael y Per, el quinteto saludó a la audiencia y, sin dilación, encararon “Heir apparent”. De nuevo hemos de mencionar los problemas de sonido porque desde donde yo estaba, en los primeros temas se escuchaba en demasía los teclados de un Per Wiberg con unas pintas de macarra impresionantes y convertido en el doble del vocalista de los madrileños Wolfencross.

En sesenta minutos no se puede hacer mucho pero se les vio el plumero porque en su gira nada más interpretaban ocho canciones y en el Metalway les dio tiempo a seis, con lo que nos da la razón a quienes pensamos que en el tour europeo de “Watershed” racanearon en exceso. “Ghost of perdition” ha sido elevada al olimpo entre sus fieles (vale que es la mejor de “Ghost reveries” pero no es de las más excelsas de su trayectoria) y me temo que se quedará para los anales. No estuvo mal y coincidió con el rato más animado porque recuperaron “The leper affinity” del loado hasta la saciedad “Blackwater park”. Estuvo bien porque en noviembre la elegida fue “The drappery falls”. Por entonces, habían arreglado un poquito el sonido, si bien Mikael siguió bajo hasta el final. Martín Méndez anduvo a su rollo y Fredrik Akesson estuvo comedido en los solos. No obstante, hubo un momento que sobraba muchísimo aunque entiendo que lo hicieron por la longitud de las composiciones. Uno de sus lentos, “Closure”, sirvió de vehículo para improvisar una jam donde todos tuvieron un instante de gloria. Fueron tres o cuatro minutos pero me pareció una eternidad y, para mí, hizo que el concierto entrara en la dimensión del sopor.

El estado catatónico no se me pasó en “Lotus eaters”, y eso que me gusta bastante, sobre todo por el sorprendente comienzo. Para entonces, había tirado la toalla. No me andaré con eufemismos y ambages: me aburría como nunca. Mira que Opeth habían amagado en sus giras con “desconectarme” pero en el Metalway lo lograron sin contemplaciones. Incluso “Bleak”, que en otro tiempo la adoraba, me pareció cansina y prescindible por reiterada. Cualquier cosa no tan típica (es decir, todas menos ella y “Demon of the fall”) hubiera conmovido mis sentidos pero “Bleak” los contrajo y se acabó lo que se daba. Cumplieron, encandilaron a su público y durmieron al resto. No hay más que decir. En la Plaza de toros Cubierta de Leganés, durante el Progressive Nation, aunque lo hagan como el culo, saldrán a hombros, con las dos orejas y el rabo. Es lo que tiene la tauromaquia. Te formas tu grupo de partidarios y vives de las rentas.


WARCRY: ¿QUIÉNES SON WARCRY?

No puedo resistirme a ponerlo: “Warcry, ¿quiénes son Warcry?... Warcry tiene dos mundos; este mundo y el otro… ¿tú me entiendes, no?... Víctor García, mala persona… Egoísta, egoísta, egoístaaaaa…” Esta joyita, como todos conocéis, es uno de los más grandes momentos de la historia de la radio española de los últimos años. Desde el mítico “Fibergráááááán” de mi ex jefe Carlos Pumares creo que no me había reído tanto. Un locutor muy conocido en el mundillo, poseído por el dios Baco, soltando una sarta de sandeces memorables ante un impávido Víctor García, que aguanta el tirón como puede, hasta que se cansa harto de incoherencias salidas de la boca de este pobre borrachín. Sí, da vergüenza ajena, pero es desternillante y la animación en youtube es de premio. En fin, así está el periodismo metalero patrio con sujetos como éste y otros.

La inclusión de Warcry generó cierta polémica. ¿Merecían estar en este festival? ¿Eran un grupo adecuado? Depende de la edad que se tenga. Entre aquellos que sobrepasan los veinticinco, la proporción sería de nueva a uno contra los asturianos. Con los menores de esa edad estaría más equilibrado. Personalmente, considero que hay que dar cancha a grupos españoles pero que ni Mago de Oz hace un par de años en el Monsters Of Rock ni ahora Warcry eran las bandas idóneas. Tenemos muchísimo material para escoger como para ir a dos consolidadas que no casaban demasiado con la filosofía del Metalway. Por otra parte, es incomprensible que se les diera estatus de estrellas. Vale que todos tocaban una hora salvo los cabezas de cartel pero el horario que les dieron fue de lujo: cuando el sol ya no pegaba, antes de Heaven and Hell, etc. Incomprensible.

Hace unos meses comentamos aquí su reciente obra “Revolución” con el cambio de personal que ha habido en el seno de la formación. Ahí no ha quedado la cosa porque el lastre de quedarse sin el magnífico guitarrista José Rubio y, para colmo, no sustituirle me parece demasiado. ¿Qué ocurre si tus canciones están preparadas para dos hachas y solo hay uno en tu grupo? Pues que terminas sonando vacío y hueco, además de mal pero esto fue endémico a casi todos ese fin de semana. La notable “La última esperanza”, primer tema de “Revolución”, sirvió para dar el pistoletazo de salida. Nunca había visto a Víctor García en directo y me pareció un vocalista correcto, aunque se ahoga en ocasiones. Busca mucho la colaboración del público, tanto que a mí me resultó cargante. Está muy bien eso de interactuar (aunque no es lo que prefiero) pero en su justa medida. Lo que sucede es que los chavales que adoran a Warcry se sienten identificados con eso y el líder del grupo se lo pone en bandeja porque, actualmente y por si antes no fuera lo suficientemente diáfano, Víctor es el comanda todas las operación, secundado por Pablo y Roberto García, el bajista, bien en los coros de apoyo.

No soy el mayor conocedor de la discografía de los ovetenses pero equilibraron el repertorio al tiempo que disponían. Presentaron algunos temas nuevos, como el mencionado “La última esperanza” o “Devorando el corazón”, y seleccionaron muchos de sus cortes más conocidos dando cancha a sus seis entregas discográficas. “Nuevo mundo” fue la segunda en caer y, en esta primera mitad, aparecieron también “La vieja guardia”, coreada desde el comienzo, y la alegórica “Contra el viento”. Sus seguidores debían estar pasándolo bien pero a mí temas como “Tú mismo” o “Capitán Lawrence”, qué queréis que os diga, considero que no tiene empaque para un evento internacional y sí para cosas más ibéricas tipo el Viñarock y demás festivales eclécticos. Esto no es una crítica a Warcry, ni mucho menos. Ellos salieron, lo dieron todo, a sus fans les gustarían y al resto nos dejaron indiferentes mirando el reloj para ver cuánto quedaba. Mi conclusión es: ¿alguien se cree que Warcry atrajeron a un solo espectador al Metalway? ¿Quién va a pagar casi setenta euros por ver a este grupo cuando lo puede hacer por un tercio o, incluso, gratis en alguna fiesta popular? Para el próximo, si es que hay, que me pregunten los señores de Rock N Rock que les voy a dar una lista de más de cien bandas españolas con potencial y nivel para tener proyección internaciones aunque no la consigan jamás.


SAXON: EL PODER Y LA GLORIA

Desde que se largaron Warcry hasta que hubo música en directo de nuevo pasaron dos horas y tres cuartos. Si a esto le sumamos los acontecimientos acaecidos entre medias, suspensiones, cancelaciones, chirigota, grupos que aparecen de repente y demás, nos encontramos en Valdespartera con un panorama desolador. A saber: el escaso público más cabreado que una mona por lo que muchos optan por irse a su casa a darse cabezazos contra la pared por estar viviendo un día de la marmota doce meses después; los que se quedan pelados de frío y bebiendo para olvidar; otros tantos, vagando por el recinto con pocas ganas y bastante frío; sensación de desconsuelo. Se anuncia, antes de aparecer Ronnie James Dio con Geezer y Vinnie, que Saxon se ofrecen para tocar un poco más de lo establecido. En principio disponían de sesenta minutos que, finalmente, se convirtieron en ochenta. No sé si les dieron más dinero o no, pero, en cualquier caso, es un detalle.

Cuando has visto a los sajones una docena de veces se produce una situación extraña. Estos tíos son la leche, con perdón. Lo que pasa en que en un festival es lógico que tiren de las más conocidas y celebradas. Esto supone conocerse al dedillo el repertorio, las gracietas de Biff Byford, los modelos de guitarra de Paul Quinn, etc. Sin embargo, existe un factor diferencial: Saxon siempre pueden sorprendernos. Teóricamente, venían con el águila y por eso les cambiaron en el orden de salida hasta el último lugar pero, evidentemente, si ni tan siquiera se podían poner telones, intentan subir el águila y acaba en la cúpula de la Basílica del Pilar. No importa. ¿Por qué? Porque mientras otros anuncian giras temáticas, rememoran discos, viven del pasado o sacan álbumes para poder justificar giras y más giras tocando lo mismo, Saxon son todo lo contrario: Editan discos, cuanto menos, notables y los defienden, tienen un directo arrollador, dos veteranos como Paul Quinn y Nigel Glockler están rejuvenidos, hechos unos chavales, el uno correteando y el otro aporreando la batería como si fuera lo último que hiciera en esta vida. Encima cuenta con el mejor frontman del mundo del heavy clásico. Biff es dios y el resto, humanos. Impresiona con su legendario guardapolvos, lleva a la gente a su antojo, es simpático, chistoso y canta mejor que nunca.

El resultado es que ninguno de sus contemporáneos les llega a la suela del zapato. Que sí, que serán cansinos, que los metes hasta en fiestas de pueblos, que tocan en España tanto o más que cualquier banda local, ¿y? Estos tíos son la repera en Fuenlabrada, Graspop, Villaba o Wacken. De verdad que lo de esta noche es memorable porque mi único pensamiento era coger la cama, descansar y regresar a Madrid al día siguiente, pero los británicos nos hicieron olvidar, por un rato, las penurias vividas. Arrancaron con “Batallions of steel”, que también sirve para iniciar el reciente “Into the labyrinth”. En los compases iniciales intercalaron temas nuevos con clásicos básicos pero sin resentirse ningún momento la dinámica del concierto. Así, las habituales “Heavy metal thunder”, “Strong armo f the law” y “Motorcycle man” se vieron flanqueadas por la buenísimo “Demon Sweeney Todd” o “Valley of the kings”.

Por supuesto, Bifford tiró de clichés, pero con clase, para romper el set list o pregonar eso de “España, grandes cojones” que tanto gusta a la masa. Por cierto, el escenario estaba montado como en su última gira de clubes que pasó por nuestro país (la de “The inner sanctum”) con la batería elevado, unas escaleras para subirse junto a Nigel y el brillante juego de luces. Del grupo, qué decir, solo nos falta por nombrar al hiperactivo Nibbs Carter y a un siempre fiable Doug Scarrat que completan la mejor formación que Saxon tendrá jamás. Para más inri, llegaba la cumbre del show. Como suele ser norma en la mayoría de festivales, Saxon interpretan “And the bands played on”, como un himno que no puede faltar dedicado a los de arriba de las tablas y a los que abajo apoyamos con nuestra presencia. Pero había más. En salas suele caer mas en repertorios reducidos no hay cabida para “The power and the glory” que trajo consigo infinidad de puños al aire. Eso sí, el cenit se alcanzó cuando Biff comentó que no la iban a tocar pero que, dadas las circunstancias, estaban “obligados” y se la dedicaban a sus roadies que habían luchado contra la adversidad y el reloj. ¡Sí! Allí estaba, “Ride like the wind” que solo la había oído en la gira del “Lionheart”, en un memorable concierto de dos hora y media en la sala Heineken.

Con ella se ganaron a los pocos tristes que quedaban y la sensación de que eran, de nuevo, los mejores de un festival era generalizada. Con “Wheels of steel” se marcharon, como para marcar que tenían diez canciones previstas pero nos iban a regalar unas cuantas más. Por eso, tardaron poco en regresar con la novedosa “Live to rock” y, otra sorpresa, “20.000 feet” que tampoco está entre las fijas. La traca final, esta sí, llegó con “Crusader”, “Denim and leather” y “Princesa of the night” con un Quinn desbocado, corriendo como si tuviera veinte años. Por supuesto, Saxon los grandes triunfadores, un concierto de diez, capaz de levantar a un muerto y sacar una sonrisa al más decepcionado. Gracias.

La noche terminaba para nosotros pero ahí estaban God Forbid, que venían del Kobetasonik, como espectadores para ver a Heaven And Hell pero que se ofrecieron amablemente para tocar en una muestra más del surrealismo vivido todo el fin de semana. Lo más curioso es que noventa minutos después de que les anunciaran el escenario (poco antes de salir a tocar Saxon), cuando nos marchamos, paramos un segundo en la tienda de merchandising oficial y ¿a que no adivináis de qué grupo había más camisetas? Pues sí, de God Forbid. A eso le llamo yo eficiencia…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

http://www.metalwayfestival.com

Marco Antonio Romero
Fotografias: David Ortego