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SINOPSIS
Una historia
en la que la familia, la fe,
el poder y el petróleo
se entrelazan en un solo ser:
Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis),
un minero que pasa de ser un
minero miserable que tiene que
sacar adelante a un hijo, a
convertirse en un magnate del
petróleo. Esta película,
ambientada en la frontera de
California a finales del siglo
XIX, está basada en la
novela “Oil” de
Upton Sinclair.
LA
HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...
Codicia, ambición,
dinero y fe son las máximas
de un país, Estados Unidos,
creado a base de gestas personales.
Pozos de ambición, exactamente
eso, es lo que refleja la última
película de Paul Thomas
Anderson.
No crean que
el director de “Magnolia”
(1999) y “Embriagado de
amor (Punch-Drunk Love)”
(2002), se ha dejado cautivar
por los efectismos de Hollywood.
A pesar del cartel, a pesar
de la ambientación histórica,
no esperen una película
grandilocuente.
Su último
film es otra película
diferente. Una descripción
sin remilgos del nacimiento
de una nación, que se
apoya en el duelo interpretativo
entre Daniel
Day-Lewis y Paul
Dano, quien ya asombró
en “Little Miss Sunshine”.
Pero también, en una
fantástica
banda sonora, en el uso
inteligentísimo de los
silencios y en una mirada angustiosa.
La
codicia de los personajes,
la violencia y la crudeza de
los escenarios, esos paisajes
desérticos donde sólo
crecen las piedras, definen
“Pozos
de Ambición”.
Una película difícil,
que a veces se hace larga, pero
que aún así consiguió
convencer a los académicos
para que le concedieran ocho
candidaturas para los Oscar
2008.
Sin grandes
alardes, sin ser pretencioso,
donde los hechos y las imágenes
van más allá de
las palabras, este largometraje
invita a una reflexión
sobre el llamado “sueño
americano”. |



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